SEIS O SIETE MESES
Como acostumbro a hacer, me retraso una vez más (casi una semana!!) al día de los enamorados... voilà la carta que envié al concurso de la Escuela de Escitores...
J'espère qu'elle vous plaira!!!

De “la última que viniste a verme” han pasado ya seis meses. Me refiero con esto a la última vez que viniste a verme en son de última vez. Brindamos precisamente por eso, porque iba ser “la última vez que vendrías averme”. Vestías una falda tulipán granate y creo que te pusiste demasiado perfume, eso es todo cuanto recuerdo. Poco después acabaríamos los dos manchándonos de vino la ropa, el aliento y los pulmones, no importó pues ni el granate ni el perfume, fue lo único que no importó de aquella tarde que, desde luego, no fue la última que viniste a verme.
Aquella tarde bebimos más de la cuenta, reímos más de la cuenta y hablamos casi más de la cuenta. Tanto que acabé por sentir como si el tiempo no nos permitiera volver a encontrarnos para beber, reír o hablar y nos escondiéramos de él bajo un andén entre instantes corruptos. Pero allí quedó todo, Liliana, en una larga siesta después, incluso un en abrazo entre alegre y un tanto cortés más tarde. Nada más, nada de nada. Terminaste por regalarme el ticket para tu última función en el “Alfil” y te marchaste. Yo, que había abandonado por una vez el terrible protocolo de estudiarte desde el diván verde, me quedé tan vacío como aquella copa que no besaste. Observé tu cuerpo alejándosede la puerta a un ritmo vertiginosamente ebrio. Tu cuerpo, chocando con ambas paredes una y otra vez, haciendo posible una eternidad pasajera. Me recordaste entonces, Liliana, a tu propia risa, cuando rizaba alguna tarde que otra el rizo de la nostalgia y del desengaño, mientras esa voz grabada en mí desde el primer día que ocupé la consulta cortaba a tus palabras las cadenas sin miedo a desafiar tu intimidad. Junto a tu cuerpo y a tu paso enmudeciendo, Liliana, mi pulso era un diapasón intranquilo. A cada tiempo te alejabas al fin de aquel mi mundo, dejando mi reloj parado y mi foto en blanco y negro. Nada en ti pareció conocer límite alguno, salvo el pasillo que cruzaste hasta el portal, salvo ese instante en el que imaginé ser la baldosa que sentiría la inyección de tus Manolos poco antes de encontrar tus bragas en el firmamento, sólo un instante. Pero nada más. Así terminó la última tarde que, hace ya seis meses, creí como tal. Mi último, supuestamente, “a lo mejor nos encontramos por casualidad” se me escapó de los labios como una arcada y corrí, una vez cerraste la puerta, a encontrarme con el rumor del vino y el carmín en tu última copa.

Claro que no fue tampoco la última vez. La tarde que volviste te sentaba tan bien el llanto que olvidé nuestros adioses del mes pasado, te recibí como si nada y me apresuré a tomarte presa de mi terapia y de mis propios miedos a perderte para siempre. Pero cuando pronunciaste aquello de“Si de verdad eres el mejor, ayúdame” me di cuenta de que sólo habías vuelto a la consulta del hombre de cada miércoles, después de levantar tu terrible bandera de paz. ¿Cómo pudiste engañarme así, Liliana?
“Unos amigos me han dicho que tu nombre se oye bastante entre los loqueros de todo Madrid”, me dijiste después de apoyar tu espalda por primera vez sobre mi triste terciopelo verde, dentro del cuerpo de la niña que siente que le viene demasiado grande el sillón del dentista. Ahora mismo no recuerdo cuántos miércoles corrieron vacíos hasta llegar a aquel en que encontré aquello que hace tiempo había dejado de buscar en Alejandra. Y lo sentí tanto por ella que al llegar a casa le pedí perdón en silencio, llené su boca de aire y recorrí palmo a palmo su cintura hasta que ella dijo basta, nuestras manos cedieron fácilmente al rechazo mutuo y volvimos cada uno a nuestro oficio. Desde quenuestros hijos se mudaran cada uno a un país diferente y nuestro matrimonio se instalara en el círculo polar, no cenamos otra cosa que esos bloques de merluza congelada o esas patatas que se desparraman rígidas sobre la sartén y que Alejandra tarda en freír no más de seis minutos.
Creo que, como dijiste, Liliana, entre los loqueros de todoMadrid yo sea, probablemente, no el mejor sino el más ingenuo. No consigo explicarme qué hago yo ahora escribiéndote sobre la última vez que fingiste haber superado la presión de las “zorras de reparto”. Claro, claro, Liliana, por las zorras de reparto será por lo que no has dejado de enredar el nombre de Roberto entre tu testimonio de cada tarde. Roberto, bonaerense, como no era de extrañar, genio dramaturgo, y aclamado intérprete, galán, más ahora que en su juventud y mejor amante, por cierto, en la vida, que en la piel de cualquiera de los ahondados personajes que el mismo crea. El perfil argentino de Roberto eclipsaba cada semana la espera de mis miércoles nebulosos en invierno y en verano, acurrucándose en tu boca y en mi recelo como los siglos en la plata. Yo dejaba poco a poco de aplicar la teoría aprendida en dos décadas en el gremio, pasé pues de hablarte de todo cuanto nunca supe acerca del teatro, de la amistad y de lo que sin duda, pensaba de los tipos como Roberto. Solía tentarte a base de argumentos poco éticos, a que marcharas en busca de otros telones que abrir. De veras esperabaque me dijeras algún día que habías cortado al fin los hilos entre tu nombre y el de la compañía, a la que yo le ponía el cuerpo y la cara de aquel hombre, cuyo recuerdo todavía te remitía entre las piernas cada vez que lo nombrabas, procediendo a la vez a acariciarte la nuca mientras sostenías con esa mirada anhelante y vuelta del revés.
Llegó un momento, Liliana, en el que tomé una decisión. Me extinguiría aquí mismo, en la era glacial de la merluza Pescanova y las patatas Mckain, desaparecería si fuera necesario de mi prehistoria antes de ti, de los años en los que cohabitaba esta tierra poco fértil con los labios de Alejandra hibernando en el campo de las palabras de amor. Sí, Liliana, llegado ese momento, pensé, poco importaría mi dulce y evasiva esposa, ahora ya sólo mi amiga y confidente, desde que sabe que yo sé que sabe que yo sé que alguien más deambula por sus muslos, su cintura, su cuello y probablemente también por sucabeza.

Hace cosa de tres días, llegaste tan caprichosamente temprano a nuestra cita y me miraste desde el rellano como mira una ciudad refugiada en sí misma a un hombre atrapado en el último piso de un edificio en llamas. Recordé de pronto que tal vez no hubieran pasado seis, sino siete meses desde la última vez que brindamos y creímos hacerlo por última vez. La última vez que creí que ya no me necesitabas y la última que me propuse empezar a olvidarte de nuevo. Siete meses, quizá, o puede que seis, son la medida de ese vértigo que nos ha ido guiando a los dos a la consulta desde ese amago de última vez. Cuando te invité a pasar, tú decidiste permanecer fuera. “Quiero decirte algo, y hoy no hay tempo de brindar”, me hablaste casi en susurro. “No sé por qué me mentiste al decir que no habías podido ir a verme a “Alfil” cuando sé que estabas allí.”
Tu voz empezó a sonar más fuerte cada sílaba como un tijeretazo al aire. “La compañía se traslada a Argentina, me gustaría que lo supieras, sólo eso.” Sólo eso. Probablemente allí mismo, en el portal, el coche de Roberto te esperaba y tú trataras de evitar que yo imaginara precisamente aquello. Miraste al suelo brevemente y te despediste con un descosido beso en mi oreja. Espero que ahora no vuelvas a jugar en son de última vez, Liliana, y tampoco lo creo.
Que tengas mucha suerte.
Javier