Como acostumbro a hacer, me retraso una vez más (casi una semana!!) al día de los enamorados... voilà la carta que envié al concurso de la Escuela de Escitores...
J'espère qu'elle vous plaira!!!
De “la última que viniste a verme” han pasado ya seis meses. Me refiero con esto a la última vez que viniste a verme en son de última vez. Brindamos precisamente por eso, porque iba ser “la última vez que vendrías averme”. Vestías una falda tulipán granate y creo que te pusiste demasiado perfume, eso es todo cuanto recuerdo. Poco después acabaríamos los dos manchándonos de vino la ropa, el aliento y los pulmones, no importó pues ni el granate ni el perfume, fue lo único que no importó de aquella tarde que, desde luego, no fue la última que viniste a verme.
Aquella tarde bebimos más de la cuenta, reímos más de la cuenta y hablamos casi más de la cuenta. Tanto que acabé por sentir como si el tiempo no nos permitiera volver a encontrarnos para beber, reír o hablar y nos escondiéramos de él bajo un andén entre instantes corruptos. Pero allí quedó todo, Liliana, en una larga siesta después, incluso un en abrazo entre alegre y un tanto cortés más tarde. Nada más, nada de nada. Terminaste por regalarme el ticket para tu última función en el “Alfil” y te marchaste. Yo, que había abandonado por una vez el terrible protocolo de estudiarte desde el diván verde, me quedé tan vacío como aquella copa que no besaste. Observé tu cuerpo alejándosede la puerta a un ritmo vertiginosamente ebrio. Tu cuerpo, chocando con ambas paredes una y otra vez, haciendo posible una eternidad pasajera. Me recordaste entonces, Liliana, a tu propia risa, cuando rizaba alguna tarde que otra el rizo de la nostalgia y del desengaño, mientras esa voz grabada en mí desde el primer día que ocupé la consulta cortaba a tus palabras las cadenas sin miedo a desafiar tu intimidad. Junto a tu cuerpo y a tu paso enmudeciendo, Liliana, mi pulso era un diapasón intranquilo. A cada tiempo te alejabas al fin de aquel mi mundo, dejando mi reloj parado y mi foto en blanco y negro. Nada en ti pareció conocer límite alguno, salvo el pasillo que cruzaste hasta el portal, salvo ese instante en el que imaginé ser la baldosa que sentiría la inyección de tus Manolos poco antes de encontrar tus bragas en el firmamento, sólo un instante. Pero nada más. Así terminó la última tarde que, hace ya seis meses, creí como tal. Mi último, supuestamente, “a lo mejor nos encontramos por casualidad” se me escapó de los labios como una arcada y corrí, una vez cerraste la puerta, a encontrarme con el rumor del vino y el carmín en tu última copa.
Claro que no fue tampoco la última vez. La tarde que volviste te sentaba tan bien el llanto que olvidé nuestros adioses del mes pasado, te recibí como si nada y me apresuré a tomarte presa de mi terapia y de mis propios miedos a perderte para siempre. Pero cuando pronunciaste aquello de“Si de verdad eres el mejor, ayúdame” me di cuenta de que sólo habías vuelto a la consulta del hombre de cada miércoles, después de levantar tu terrible bandera de paz. ¿Cómo pudiste engañarme así, Liliana?
“Unos amigos me han dicho que tu nombre se oye bastante entre los loqueros de todo Madrid”, me dijiste después de apoyar tu espalda por primera vez sobre mi triste terciopelo verde, dentro del cuerpo de la niña que siente que le viene demasiado grande el sillón del dentista. Ahora mismo no recuerdo cuántos miércoles corrieron vacíos hasta llegar a aquel en que encontré aquello que hace tiempo había dejado de buscar en Alejandra. Y lo sentí tanto por ella que al llegar a casa le pedí perdón en silencio, llené su boca de aire y recorrí palmo a palmo su cintura hasta que ella dijo basta, nuestras manos cedieron fácilmente al rechazo mutuo y volvimos cada uno a nuestro oficio. Desde quenuestros hijos se mudaran cada uno a un país diferente y nuestro matrimonio se instalara en el círculo polar, no cenamos otra cosa que esos bloques de merluza congelada o esas patatas que se desparraman rígidas sobre la sartén y que Alejandra tarda en freír no más de seis minutos.
Creo que, como dijiste, Liliana, entre los loqueros de todoMadrid yo sea, probablemente, no el mejor sino el más ingenuo. No consigo explicarme qué hago yo ahora escribiéndote sobre la última vez que fingiste haber superado la presión de las “zorras de reparto”. Claro, claro, Liliana, por las zorras de reparto será por lo que no has dejado de enredar el nombre de Roberto entre tu testimonio de cada tarde. Roberto, bonaerense, como no era de extrañar, genio dramaturgo, y aclamado intérprete, galán, más ahora que en su juventud y mejor amante, por cierto, en la vida, que en la piel de cualquiera de los ahondados personajes que el mismo crea. El perfil argentino de Roberto eclipsaba cada semana la espera de mis miércoles nebulosos en invierno y en verano, acurrucándose en tu boca y en mi recelo como los siglos en la plata. Yo dejaba poco a poco de aplicar la teoría aprendida en dos décadas en el gremio, pasé pues de hablarte de todo cuanto nunca supe acerca del teatro, de la amistad y de lo que sin duda, pensaba de los tipos como Roberto. Solía tentarte a base de argumentos poco éticos, a que marcharas en busca de otros telones que abrir. De veras esperabaque me dijeras algún día que habías cortado al fin los hilos entre tu nombre y el de la compañía, a la que yo le ponía el cuerpo y la cara de aquel hombre, cuyo recuerdo todavía te remitía entre las piernas cada vez que lo nombrabas, procediendo a la vez a acariciarte la nuca mientras sostenías con esa mirada anhelante y vuelta del revés.
Llegó un momento, Liliana, en el que tomé una decisión. Me extinguiría aquí mismo, en la era glacial de la merluza Pescanova y las patatas Mckain, desaparecería si fuera necesario de mi prehistoria antes de ti, de los años en los que cohabitaba esta tierra poco fértil con los labios de Alejandra hibernando en el campo de las palabras de amor. Sí, Liliana, llegado ese momento, pensé, poco importaría mi dulce y evasiva esposa, ahora ya sólo mi amiga y confidente, desde que sabe que yo sé que sabe que yo sé que alguien más deambula por sus muslos, su cintura, su cuello y probablemente también por sucabeza.
Hace cosa de tres días, llegaste tan caprichosamente temprano a nuestra cita y me miraste desde el rellano como mira una ciudad refugiada en sí misma a un hombre atrapado en el último piso de un edificio en llamas. Recordé de pronto que tal vez no hubieran pasado seis, sino siete meses desde la última vez que brindamos y creímos hacerlo por última vez. La última vez que creí que ya no me necesitabas y la última que me propuse empezar a olvidarte de nuevo. Siete meses, quizá, o puede que seis, son la medida de ese vértigo que nos ha ido guiando a los dos a la consulta desde ese amago de última vez. Cuando te invité a pasar, tú decidiste permanecer fuera. “Quiero decirte algo, y hoy no hay tempo de brindar”, me hablaste casi en susurro. “No sé por qué me mentiste al decir que no habías podido ir a verme a “Alfil” cuando sé que estabas allí.”
Tu voz empezó a sonar más fuerte cada sílaba como un tijeretazo al aire. “La compañía se traslada a Argentina, me gustaría que lo supieras, sólo eso.” Sólo eso. Probablemente allí mismo, en el portal, el coche de Roberto te esperaba y tú trataras de evitar que yo imaginara precisamente aquello. Miraste al suelo brevemente y te despediste con un descosido beso en mi oreja. Espero que ahora no vuelvas a jugar en son de última vez, Liliana, y tampoco lo creo.
Que tengas mucha suerte.
Javier
Escrito por laslibelulasingenuas el 20/02/2011 16:38 | Comentarios (8)
Todo el mundo sabía que era una mujer bala, pero a nadie le interesaba lo que había sido antes. Bajo la carpa una vez tras otra el hombre del bigote en caracola prendía la mecha y un temporal de escalofríos dejaba heladas las manos del público. Ella había aprendido aparecer en medio de la pista en el momento óptimo para los aplausos, levantando una disimulada nube de arena y adoptando una pose de modelo de medias. Debajo del casco azul cobalto, un sudor incipiente amenazaba con desteñir el pigmento gris plata de todo su cuerpo. A ella le gustaba la idea de quedarse todavía más desnuda de lo que estaba, mostrando al fin al mundo su verdadera piel. Blanquecina y llena de pecas, lisa, estrictamente depilada y extraordinariamente suave, así era ella y así había sido. El público adoraba su desnudez plomiza, su aterrizaje incandescente y su contoneo deshinibido a la hora de repartir cañones de juguete entre los más pequeños de los asistentes. Ella no. Todo el mundo sabía que era una mujer bala, pero nadie conocía su pasado de florista ambulante, de ladrona de maletas y hojas de hiedra y de acordeonista usurpadora de los cafés y de las tardes. Vestía por entonces lo que encontraba en los equipajes ajenos, eligiendo aquello que más llamara la atención del viejo sol escurridizo del pasaje. La mañana en la que el señor del mono al hombro y traje a rayas manchado de vino le compró una flor y la invitó educadamente a tomar el té en su caravana, la vida se puso una máscara y ella, que para entonces ya había aceptado ser la nueva mujer bala, no volvió a reconocerla. En el Circo de los Infinitos aprendió pronto a esconderse de la muerte, a ser eternamente joven y, como todas las chicas que exhiben sus talentos sobrehumanos de feria en feria, deseada por todos los mortales visitantes.
Sin embargo ahora, sus días son jaquecas sin tregua y sus intentos por recordar cualquier historia fuera de ese escenario argentino y gélido, sencillamente vanos. Su tiempo es férreo, pesado y violento, como una bala que escapa de todo orificio de entrada. Allí sigue encerrada en su ancestral carromato, empeñana en matarse a sí misma matando su tiempo en la bañera. Frota durante horas, desesperada, su cáscara sedosa pensando en el río de pólvora que tiene ahora por sangre. Tal vez todavía espera descubrir una parte de la piel que tuvo hace siglos y que pueda salvarla de esa inminente eternidad de artillera desamparada.
Escrito por laslibelulasingenuas el 14/01/2011 00:46 | Comentarios (7)
Tengo el placer de invitarme al baile que celebro anualmente al otro lado del espejo en la sala dorada de mi palacio. Dará comienzo en los primeros arranques de la luz diurna y concluirá cuando la misma sólo pueda reflejarme tal como soy. Ruego mi asistencia con puntualidad y mi entrada flotando en una botella de seda roja, cuello largo, estrecha cintura y cuerpo semejante a un tulipán para hacer así posible infinitos bailes en los que se cuelen por debajo aquellas cosas que sólo pueden ser de aire.
Escrito por laslibelulasingenuas el 26/12/2010 17:18 | Comentarios (4)
Hola, amigos!! Después de muchísimo tiempo sin escribir una línea, y agradecidísima como os estoy por vuestros comentarios, creo que es el momento de deciros ¡feliz navidad a todos! Y voy a hacerlo con una muy buena noticia, porque la ilusión hay que compartirla: uno de mis relatos (concretamente, el que viene a continuación) quedó accesit en el concurso anual charles Dickens, celebrado por la librería "El pequeño teatro de los libro", quepodés visitar cuando queráis en el barrio de las Fuentes. El primer premio fue para Natalia López Cortés (enhorabuena!), por un relato mágico titulado "Distopía", cuya prmera parte podéis leer en su blog, en el que además merece la pena invertir un buen rato: www.enpicado.blogspot.com
Espero que os gusten los dos y que paséis una navidad de cuento... Ojalá el nuevo año nos traigamás historias como esta:
Ella no entendía las vacaciones de navidad como algo distinto a dos semanas cortas de mucho sueño y poca fe, él opinaba más bien lo contrario. A ambos les ataba diciembre al mismo vaho, a la misma fiebre, a esa ancestral gabardina de piel cuarteada y a una singular costumbre de rizar el edredón durante el periodo glaciar de cada noche. Por lo demás, la agonía del calendario le hablaba a cada uno en un idioma distinto.
Artificiosa y precoz abogada ella, con una extraña tendencia a la evasión, un extraordinario apego por el aislamiento y un terror desmesurado a las fortuitas embestidas de la nostalgia, le gustaba fingir ser muchacha de pocas palabras, atrapar todas y cada una de las vocales que nunca debieron franquear labios ajenos, regocijarse pensando “¡qué bien le habría venido callarse esto!” y por encima de todo, contemplar el impacto inequívocode su mirada altamente destructiva cuyo único cometido era la humillación enmascarada y la venganza en plato frío. Solía celebrar las secuela de tales instantes de la misma forma que celebraba cada pleito que ganaba: se pasaba la noche maldiciendo al teléfono, uno a uno, a todos los hombres con los que había degustado una atracción mutua breve, mientras su mano diestra hacía balancearse el vino al fondo de la copa y su aliento iba cobrando más entusiasmo a cada pequeño sorbo.
No guardaba las distancias con la familia, pero nunca era suya la idea de visitar a sus sexagenarios padres una tarde de domingo, ni de organizar una cena con sus hermanos. Las navidades la sorprendían cada año antes, detestaba encontrarse con el reflejo de las luces verdes, rojas y amarillas postrado en el salpicadero de su coche al ir a hacer la compra cada jueves y los villancicos que se escuchaban en gangoso inglés dentro del supermercado le producían una angustia tal que notaba como su pulso le iba fallando a cada paso, hasta llegar a prescindir de ciertos artículos de su lista para marcharse lo antes posible. Pese a toda tirria, acostumbraba allegar puntual a la cena familiar en la que ella siempre llamaba la atención por la “V” de su escote, por su sonrisa de satisfacción, que era en verdad más auténtica desde que sus sobrinos se quedaban dormidos y por la salsa que preparaba para acompañar al pavo, cada año distinta y escogida al azar entre la infinidad de recetas de salsas para pavos que encontraba en Google la noche antes.
Sin embargo, había algo más que hacía aquella noche especial entre el resto de noches del año, una tradición sin objeto aparente. Al llegar a casa después de la cena, se cambiaba apresuradamente su vestido por otro que guardaba en el fondo del armario. Rojo, largo y carísimo, recuerdo de su primero y (decididamente) último viaje a Viena. Cogía también, junto a su abrigo y su gorrito de Papa Noel, una bolsa de terciopelo rojo llena de alrededor de ciento veinte bombillas repartidas en cajas de seis. Arrancaba el coche pensado en el nuevo recorrido a seguir, que había cambiado un poco desde el año pasado. Cada parada se correspondía con la casa donde sus antiguos amantes perpetrarían un romance efervescente al son de otro de esos irritantes villancicos desfilando por la voz cómplice de Louis Armstrong. Tan entregados los imaginaba ella alcortejo que sabía que nunca llegarían a oír las seis o siete bombillas que hacía romperse en mil contra sus puertas, experimentando un arranque que la tentaba avaciar el saco entero en una sola. Al llegar a su piso, llevaba hasta su cuarto la bandeja de turrón que iba picando mientras esperaba que se abriera un documento de Word en su portátil. Era su último cometido de la noche: sin mirar el reloj comenzaba a escribir una carta. Una carta que ella creía en un principio sin destinatario. Cada frase que escribía le hacía volver a juntar, de forma inconsciente, sus recuerdos pieza por pieza. Aquellas frases escritas por ella misma le enfriaban los dedos y se aglutinaban gélidas en sus ojos con pesadez y mucha sal. Una sola noche de cada año ella caía en la certeza de queno era posible olvidar, como tampoco lo era querer hacerlo. No se molestaba en guardar ninguna de aquellas cartas, imaginando que hace un siglo probablementelas habría quemado para calentarse. Se acostaba como si sintiera que se acababade levantar y tuviera que ir al supermercado a hacer la compra de navidad. Se estaba planteando dejar de acudir al supermercado y comenzar a hacer la comprapor teléfono, al menos sólo en navidad.
Precisamente en el supermercado estaba ella a las doce delmediodía del veintidós de diciembre cuando él la encontró. Él, tímido enfermero que sabía mejor que el médico curar las jaquecas, que no era otro que el hombre al que se veía sonreír reflejado en el escaparate. Era también el hombre que siempre les echaba monedas a los músicos callejeros y que tenía colgado en la puerta de su cuarto una copia del cartel de un concierto que Bob Dylan dio en los sesenta. Le gustaba la gente feliz, incluso la que sin serlo, fingía estar alegre. Su mayor ambición era convertirse en contador de historias y encantadorde pianos. De las navidades, lo único que no soportaba era el tiempo que hacíay la prisa que parecía arrastrar a la gente. Regalaba siempre algo que sabía que haría que la gente le preguntara “¿Para qué sirve exactamente?”. El estaba siempre dispuesto a responder cosas como “Es un exprimidor como los de antes, saca mucho más zumo y te ayudará a combatir el estrés” o “Es tu libro favorito pegado un sujetalibros para que nunca tengas que buscarlo y sacarlo de su sitio cuando pretendas volver a leerlo”.
Él acababa de cumplir veintinueve años, sólo uno más que ella. Pero no tenía miedo a tantas cosas, y nunca jamás lo había tenido, si no recordaba mal. Tampoco seguía extraños rituales, salvo el de tocar el piano cada nochebuena. Le gustaba su piano de cola heredado y transitar sus sumisas teclas. Las luces del cuarto donde lo había instalado eran de colores, por eso le gustaba, a diferencia de a ella, el reflejo, sobre el salpicadero de sucoche, de las luces que se aglutinaban para formar un enorme bastón de caramelo en la fachada del centro comercial.
Se frotó las manos antes de apoyarlas en la barra fría del carro metálico y avanzó a través del pasillo de droguería. Ella estaba entonces en el pasillo de comida ecológica, a sólo veinte metros de las marcas de las ruedas del carro de él. Ella llevaba una cesta que sospechaba que habría de llenarse demasiado pronto. Suspiró mientras tachaba de la lista la palabra“chucrut”. Ella era la encargada este año de hacer la compra de navidad y aprovechó para cargar también la suya propia en la cuenta de su madre. Se dirigió hacia en pasillo de electrónica, que era el contiguo al de droguería. Justo enese momento él conducía el carro hacia el pasillo de vinos y cavas. Hasta allí mismo dirigió ella sus pasos después de haber llenado el hueco restante de su cesta con cuantas bombillas pudo. Dejó caer al suelo la carga y esta quedó asólo dos metros escasos del carro de él. Ninguno de los dos esperaba en ese momento otra cosa que encontrar una botella entre un arsenal de vidrio y licor. Ninguno de los dos prestaba especial atención a la música supuestamente navideña que se escuchaba por todo el recinto. Terminó la canción que estaba sonando y comenzó otra.
Aquella no era una canción navideña, pero sí una canción nostálgica. Ninguno de los dos había vuelto escucharla desde la última vez, pero ambos la reconocieron desde el tercer acorde. Se encontraron antes dedarse cuenta de que se andaban buscando. A ella le estremecía sonido del piano y él trató de recordar el título de la canción que tantas veces había tocado. Ella sabía perfectamente que la canción se llamaba “Viena” y eso la hacía stremecerse todavía más.
Ninguno de los dos dijo nada, pero seguían mirándose osadamente a los ojos como si fuera lo más normal. Como si cada uno sintiera que todo alrededor se alejaba como viento y los cubría un nuevo manto en blanco, negro y azul. El color de los recuerdos y el de un Danubio inquietante les hizo olvidar por completo el vino. Ella percibía además el color rojo de un vestido recién estrenado, regalo de su prometido. El tenía veintidós años, sólouno más que ella y la veía bailar sentado en el piano la canción que él mismo tocaba. A ella la acompañaba el chico con el que él compartía habitación desde hacía seis meses, un alemán cuyo padre era el cabeza de una importante industria allí en Hamburgo. A ella se le enfriaban las manos al recordar al extranjero alque no había podido evitar decirle que sí. Se casarían en marzo, o eso creíaella. Recordó también el baile en aquella fiesta navideña de estudiantes Erasmus en Viena. Deseó que el hombre que tenía tan sólo a dos metros de la cesta no fuera el mismo español de pelo rojo que una vez toco aquella canción.“Aquella canción que hice mucho más larga en mis manos”, pensó el, mientras observaba el rostro congelado de la chica y lo recordaba arder bajo las lágrimas en Viena. Ella sintió una punzada tras otra al recordar cómo se había cortado con las bolas de cristal del árbol hechas pedazos. Fue la mañana siguiente a aquella fiesta. Ella se había aparcado su bicicleta enfrente de casade Hans. Él la encontraba tal cual le había abierto la puerta ese día. La mañana en la tuvo que explicarle que Hans se había marchado valiéndose del ruido de su maleta para decir adiós. “Se ha tomado la molestia de llevarse también todas las bombillas de la casa y me ha dejado al oscuras, al menos me quedan las luces del cuarto del piano”, le había dicho. Justo cuando la canción sollozaba los últimos acordes, ella se vio a sí misma abalanzándose contra el árbol de navidad del que colgaban algunos adornos de cristal. La sangre ya corría en abundancia por sus dedos cuando sintió que aquel chico la estrechabaentre sus brazos, como si quisiera hacer explotar su melancolía de la misma forma que se hace explotar un grano en la frente. La canción había terminado y él todavía seguía abrazándola. Ella se dio cuenta de que su pelo era todavía rojo y al mismo tiempo pensó que tampoco había transcurrido tanto tiempo desde quese marcharan de Viena juntos, en el mismo avión y sin decirse una palabra el uno al otro. Él se preguntó si realmente fue ella la razón por la que también dejó Viena, una cuidad en la que incluso los enfermeros podían triunfar como pianistas. Ella se escapó de entre sus brazos para retirar las cajas de bombillas de la cesta. Las dejó en el mismo estante en la que encontró al fin la botella de vino que andaba buscando. Él se alejó mientras se preguntaba dónde habría aparcado ella su coche.
Escrito por laslibelulasingenuas el 25/12/2010 12:04 | Comentarios (3)
Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada. Al fondo, la joya de mi familia parecía suplicar que alguien le devolviera el brillo que había perdido a lo largo de su viaje. Recuerdo el enorme rubí adornando la gasa blanca del vestido de mi abuela en los viejos álbumes de fotos y me veo otra vez jugando a robarlo mientras todos en casa duermen. Sobre mi pecho se parecía más a la herida que deja un cristal recién cortado y que jamás cicatriza. Me lo quité rápidamente y me fui a dormir, no sin antes arrojarlo allí donde todos acudirían a la mañana siguiente y entre otros vertidos, lo arrastrarían mar adentro. Ahora comprendo que alguien en casa debió de descubrirlo y lo guardaba en algún lugar donde no brillaría tanto. Parece ser que mi abuela ha querido hacérmelo llegar lo más pronto posible para cumplir su deseo de vérmelo puesto el día de mi boda. Ella dijo una vez que era el mejor de los besos que le habían dado. Recuerdo su manera aquella de ocultar las heridas de su pecho mientras se ponía el camisón de encaje negro y lanzaba una mirada al rubí como queriendo decirle “que descanses”. Tiro de la cadena y decido volverme a dormir.
Escrito por laslibelulasingenuas el 19/11/2010 00:40 | Comentarios (11)
Es del color que yo recuerdo en la ausencia de palabras, de cuando te miran con ardor y te lo preguntas todo en menos de un segundo. Es el fugitivo al que persigue tu sombra a través de los octubres de toda una vida, el instrumento de viento que toca por las tardes la banda sonora del desasosiego. A veces se cuela en los bolsos de las señoras más incautas, se le conoce como el inquilino del otoño, el que vuelve una vez más a fundirse premeditadamente en una lámina de bronce resbaladiza. A mí me gusta escuchar cómo se lamenta para no volver a hacerlo y cada vez que confundo tus aceras con las mías por su bendita presencia en las ciudades verdes... ¿Por qué será que estos días me hace pensar una y otra vez en un tiovivo que gira una noche cualquiera en una ciudad cualquiera? Tal vez sea por los niños que regresan cada año. Esos con tantos vértices, matices y nervios, que a veces silban, incluso se caen al suelo y piensan, inocentes, en volar, pero nunca saben cómo. O puede que sea por el frío, que algunos creen que es la causa de que el abrazo de los caballos sea tan de piedra y azul y que el color fuego de su piel cuarteada se quede sólo en color tierra, aunque siga pareciendo el detalle que salta de un viejo lienzo al arte de lo cotidiano. ¿Y por qué no? Tan sólo el hecho de que se trate precisamente de una noche cualquiera y de una ciudad cualquiera, la tuya o la mía, por poner un ejemplo... Si la elegancia jamás corriente de una de ellas deja escapar un instante en trescientas palabras, ¿quién no va a echarlas de menos cuando vuelvan a marcharse?
Escrito por laslibelulasingenuas el 11/11/2010 21:34 | Comentarios (6)
Recuerdo que cuando bailabas, solías ensayar a todas horas. Lo hacías cuando nadie te veía y cuando eras el centro de una conversación, en tu cuarto de color peonía y en la ciudad a la vista de barrenderos, gatos de la calle y de otros vagabundos más felinos, a la luz tamizada entre nube y nube ya la sombra del farol, cubierto de mosquitos en agosto, y embaucado por más luces endiciembre. Solías ensayar consciente e inconscientemente, sobria y ebria, con juicio y a despropósito. Me di cuenta de que nunca te calzabas las punteras hasta subir a escena, supuse que no costaban en realidad lo que pagaste por ellas, y que no querías tenerque volver remendarlas. Pero ensayar descalza a veces hacía que te desplomaras, recogiéndote de los pies a la cintura hasta caer con los brazos extendidos hacia delante. Fue en el pasillo de música clásica de la biblioteca donde trabajaba, a lo largo del cual ibas flotando tímidamente mientras yo buscaba el libreto que me habías pedido, cuando cada uno de tus huesos tocó una nota distinta sobre la madera del suelo. Fuiste tan sumamente elegante al caer que me pareciste en verdad un cisne, aun vestida con jersey de lana gris y botas de goma. Hasta que descubrí que tu cara palpitaba bajo las palas de tu falda. Hice lo que tenía que hacer y dejéel libreto de Giselle sobre el suelo, a la espera de que levantaras tarde o temprano los ojos y lo vieras. Después de cuatro segundos que fui contando mientras hacía lo posible por aparentar que estaba tan ocupado que ni siquiera me importaba si te habías hecho daño, me di cuenta de que me mirabas con un antifaz de rímel entre tu frente y mejillas. Parecía perderse el color de tus pupilas a causa del dolor de tus extremidades, el respirar entre trescientos bosques muertos de madera y papel y el sollozar tragando cada aullido atrapada en el segundo lugar más silencioso de la ciudad. No me atreví a mirarte siquiera, aunque sabía que probablemente necesitabas de mí algo que ya no era el necio libreto de un ballet, como tampoco me atreví a pedirte que apagaras el teléfono móvil cuando éste empezó a sonar, otros cuatro segundos después, en el fondo de tu bolso, ni a advertirte que no estaba permitido hablar dentro de la biblioteca, ni a pedirte que, por favor, colgaras y te olvidaras por una vez de lo que quiera que fuese aquello por lo que habías llorado, que ir bailando por la vida era cosa de vulgares entusiastas de Sinatra más que de Pavlovas en proceso de alumbramiento...Te escuché contestar en un perfecto francés y te entreví desaparecer cojeando y con el mismo antifaz de melancolía reseca entre tu frente y mejillas. Al otro lado del cristal reías, probablemente también en francés, y parecía que ya nada te importaba, ni el reciente derrumbamiento ni tan siquiera la próxima actuación.
Dudo que aquella noche nadie entre el público, salvo yo, se diera cuenta de que bailabas como lo habías hecho siempre, con las punteras como recién estrenadas y los pies sin remendar, fluyendo por dentro de la campesina enamorada, enloquecida y derrotada que era Giselle pero, por una vez en tu vida, sabiendo que no tenías nada que perder ni que ganar aquí. Tal vez ya sólo recuerdas aquella noche como la noche en que te marchaste. Fue a Toulouse con aquella compañía francesa en la que habías entrado hacía cosa dedos años.
Ahora que nadie va a dar cuerda a tu caja de música y otros tantos pares de punteras se quedan sin remendar en el fondo de tu armario imagino por un instante que hemos vuelto al pasillo de música clásica de la biblioteca donde sigo trabajando, asólo cuatro segundos de atrapar tu mirada, olvidar a la dichosa Giselle y volvera colocar cada cosa entre recuerdos y más recuerdos. Los recuerdos deberían ser efímeros, ¿no crees? de lo contrario, tienden a convertirse en heridas, en perros sin bozal que saben siempre por dónde piensas huir.
Ahora sólo sé que no debí haberme fiado de nada de lo que veía entrar en el teatro o salir de él, tras haber comprendido que tu baile fue poco más que una ilusión y que no me dejaste tiempo para enamorarme de ti como lo había hecho de Giselle, de Aurora o incluso de la pérfida Odile. Todas ellas eran efímeras, efímeras como tu infancia sin dueño, como tu llanto y tu risa, como tu cuerpo ondulando, como todo lo que tú elegiste ser.
Resumamos en cuatro líneas el relato: Un hombre (se supone ya en edad madura) escribe una carta (o finge estarcontando una historia) a una antigua bailarina de la que creyó haberse enamorado en su juventud. Descubre, sin embargo que todo fue, al fin y al cabo una ilusión, que todo fue un "llegar" seguido de un"marcharse", que todo fue bello, sí, pero, en el fondo, efímero.
Preguntas:
1) ¿Realmente hay algo que no sea efímero? 2) ¿Realmente todo se acaba, o simplemente todo cambia? 3) ¿Hay algo que podamos hacer para prolongar la vida de lo que llamamos efímero? 4) ¿Existe "la belleza de lo efímero" o simplemente lo efímero es labelleza? 5) ¿Lo recuerdos, son la mejor forma de que las cosas se guarden y permanezcan a nuestro lado? 6) ¿Son tan crueles los recuerdos? Pues no gusta recordar algo malo, pero tampoco nos gusta estar mucho tiempo recordando algo bueno... 7) Cuando algo vuelve a ser como era antes... ¿Deja de ser efímero? Ejemplo: La felicidad; no siempre se está contento pero se puede volver a sonreír despuésde haber llorado (como le ocurre a la protagonista), 8) En ese caso, ¿Es la felicidad un bienestar permanente o debe entenderse comouna sucesión de "saltos" emocionales?
- Cabe decir que el relato está al principio enfocado desde el punto de vista de un adolescente y después nos damos cuenta de que el joven ha envejecido y ha adquirido la experiencia de un adulto, así como su punto de vista...
9) ¿Qué cambia y qué permanece en el joven y en el adulto, con respecto a suparticular modo de sentir, amar, recordar...? 10) ¿Qué es la felicidad para la joven bailarina y qué se supone que tiene que serlo para la bailarina retirada? Recordemos que ésta última ha perdido gran parte de sus sueños, si bien se entiende que ha ido cumpliendo otros tantos. 11) ¿Qué metáfora de la vida puede esconderse tras el ballet?
- En cuanto la visión que ofrece el relato del amor se parece más a:
A) Algo que sólo pasa una vez en la vida, cuando eres joven y tienes toda la ilusión del mundo y que no debes dejar escapar. B) Una ilusión, puro teatro, danza y fantasía que se desquebraja cuando te das cuenta de que no ha servido de mucho. C) Una derrota tras otra, que culmina en una nube de recuerdos que hacen daño.
Escrito por laslibelulasingenuas el 07/11/2010 17:51 | Comentarios (6)
Dentro de la mejor de las sedas, no encuentra la ocasión de detenerse, alterna en todo caso la sonrisa en perfecto juego de mieles, con las inyecciones de desdén hacia las bolsas de H&M y otras miserias que se le curzan tal vez demasiado cerca. Se cimbrea en medio de la fantasía del Pont neuf sobre aquellos Chimy Choo cuyo secreto conoce desde muy niña. De vez en cuando le habla a la desencantada sirena rubia, ríe sus locuras submarinas o mordisquea con amenazante presagio de remordimiento alguna de las delicias de Ladurée... "No se parece a Manhattan" piensa sobre París, sin duda la nube de algodón más dulce antes de caer sobre el amargo paraíso de Yale, que tanto tiempo se pareciera más a un sueño. Sí, ella también se refleja en el Sena, y no puede evitar acercarse, tratando de que parezca que es el viento de París quien la arrastra, olvidando que a ambos lados, dos muchachos con granos escupen su superstición y su condición de turistas. No puede verse desde tan alto, pero sabe bien lo que hay e imagina mientras que sobre el azul engañado de la superficie flotan escenas de lo imposible, o más bien, de lo perdido. Las dos palabras que no se supieron decir, aquellas que un día ansía escuchar uno más que otro, y al día siguiente se parecen más a trazos de lujuria y otras sábanas de seda. El perfil de la sirena y su melena irrisoria le hace tambalearse sin que nadie lo note. Se da cuenta entonces que la sirena se le acerca por detrás y finge haber sido sorprendida imaginando ser una traviesa Audrey Hepburn que anda robando los sueños sobre los tejados. Le gusta pensar que el hechizo puede al final no romperse, pero en su fondo de terciopelo más profundo, sabe que no puede vivir fuera de su reino ficticio, de ese cielo rascado como el que que más, de esa gran capital pseudo europea, mitad ciudad, mitad planeta que la describe a ella misma como la mujer que sabe que nadie la odia sin amarla, que no puede ella misma amar sin dejar de hacerlo.
Escrito por laslibelulasingenuas el 16/09/2010 19:34 | Comentarios (2)
No estoy segura de si allí tendrán tanto frío como nos han contado otras veces. Lo que sí tengo claro es que ahora me ha dado por pensar en el norte. Pienso cada vez más en canales que no se irán a helar, en techos muy muy altos, en cúpulas retorcidas que se alzan como cupcakes centenarios, en palacios-museo de un que no caben en una foto ni en una tarde. Quisiera despertarme y buscar el sentido a los letreros del hotel, pasar el día entre acertijos con nombres de calle o plaza, pero también dibujar mi sombra en las noches pintadas sobre los puentes. Acabaría encontrando, supongo, mi fuente de inspiración en las leyendas de zarinas que escapan del no volver a abrir lo ojos al París de desconcertante bohemia y azarosas lágrimas sobre sangre real o en idéanticas muchachas con moño y tutú que burlan cada noche a Tchaikovski con sus punteras. No he visto siquiera suficiente ciudad en el pérfido espejismo que nos ofrece Google, pero en estos tiempos y en estas condiciones los sueños son muchos y muy largos. Ahora que he vuelto de París, he cambiado la chincheta amarilla del mapa al puntito correspondiente a la ciudad de nombre "San Petersburgo". Cómo hemos cambiado... Pero en el fondo voy buscando lo mismo: imágenes, música, silencio y palabras. Sobre la piel, o frío o calor.
Escrito por laslibelulasingenuas el 19/08/2010 21:40 | Comentarios (3)
Creí ver a Jean Seberg caminar, entre aburrida y curiosa, de abajo a arriba por los Champs Elysées, tratando de cazar un alma caritativa que le comprara el NY Herald Tribune.
Fue curioso, porque justo después caí en la cuenta de que no había aire suficiente en los Champs ni para quien quisiera llamar a un amigo desde el otro lado de la calzada, ni siquiera se distinguía a la gente de ese otro lado sino era por grupos: el grupo de los que llevaban borsalino de rafia, el grupo de los que miraban hacia el arco a través de unas gafas cuadradas, el grupo de las japonesas guapas con las bolsas de Yves Saint Laurent...
Me di cuenta entonces de que estaba sufriendo una especie de alucinación, y muy probablemente, lo hubiera hecho adrede en un principio. Me olvidé de Jean sin querer, supongo, empezando por hablarle a mi madre de que "À bout de soffle" se filmó casi cámara en mano, de que trajo consigo el travelling, hasta pasar de las películas de la nueva ola a las olas del mar que este verano no íbamos a ver sino en la televisión.
Había tan solo una rosa a medio secar sobre la lápida de Jean en Montparnasse al día siguiente, junto con un par fotos sin color y tres o cuatro billetes de metro bajo un lastre de cinco céntimos. Mientras mi madre se lamentaba junto a mi hermana mirando las fotos (Fíjate, Laura, así de guapa era) yo quise pensar que, ya fuese en marcha por les Champs o el en recuerdo de sus amantes, Jean tuvo que pasar momentos mejores.
Pero yo nunca la conoceré más allá de Patricia.
Escrito por laslibelulasingenuas el 13/08/2010 16:39 | Comentarios (1)
Nunca quise ser rubia, pero quise ser actriz. Nunca quise (ni querría) a un bandido con sombrero, pero quise muchos de los paseos por París. Nunca quise nacer con cara de marciano, pero quise nacer en Nueva York. Siempre quise una falda tutú, que más de uno me quisiera y saber fingir que no sé, que no entiendo, que ya no corro peligro... Incluso antes de conocer a aquella chica que contaba con los dedos sus amantes de la otra orilla, siempre quise ser como Jean, pero sólo hasta que supe que su historia fue más allá del espejo de un lavabo de París...
Escrito por laslibelulasingenuas el 01/08/2010 19:51 | Comentarios (1)
De todas las canciones con historia, pocas son las que no iluminan otras muchas.
Billy Joel dedicó esta canción a su padre, por haberle enseñado a crecer sin preocupaciones y por haberle explicado por qué los ancianos de Viena andan limpiando siempre las calles.
Yo se la dedicaría a todo el mundo, sueñe o no sueñe tanto como yo.
Quedaos con la música y la noche.
-Prueba con esta - me dije con un forzado deje de autoconvicción- tal vez ahora te funcione...
A lo largo de un trayecto tan corto en coche y una decepción tras otra ante el desencanto recién estrenado de tantas de las canciones que en tiempos habría llegado a cantar bajo la lluvia, hubiese sido una lástima no encontrar cobijo en una cualquiera, aunque no llegara a escucharla hasta el final.
Al pulsar al fin el "Play", mi mp3 respondió conuna llama color azul Danubio que se resignaba a desaparecer ante los ojos. Supe enseguida que se trataba de “Viena”, aquella vez debió de ser por el piano, quese colaba mejor en lo oscuro; sin duda, hay canciones que suenan mejor de noche. No era la primera vez que la zozobra destilada en la voz de Billy Joel, que se deslizaba en medio de una danza de teclas negras y blancas, me evocaba la marcha de un transeúnte borracho y solo en mitad de la noche. Aquello era justo lo que temía que no volviera a ocurrir. Así fue como “Viena” funcionó, otro de esos viernes inesperados, en los que volvíamos a casa tarde, confundiendo la lana con el lino, el cierzo gris de polvo y piedras con el mercurio de un rojo rampante y los finales con los principios.
Era el mismo murmullo del principio, eso sí, el que creía ya marchito indefinidamente, el que me enredaba el pelo una vez más, y se me llevaba la mirada a otra parte, a lo que ya no era el familiar roce con el asiento de atrás del coche, sino el caminar fortuito de toda una ciudad al otro lado de la ventanilla, a unas fachadas que ya no eran las de Zaragoza, sino las de Viena y a otro instante que no me pertenecía, que no era, en el fondo, de nadie en particular. Me quedó, sin embrago la música y la noche.
Tal y como la primera vez, se desparramó toda la incertidumbre sobre aquella Viena de cristal y sueño, cuya edificación no había concluido por el momento. Y así, golpe a golpe, verso a verso, el misterio de la ciudad se destejía, cual acertijo incauto que se deja desmontar pieza por pieza, y ya no es lo que era.
Los últimos acordes iban dejando desierta la calle, recortándose como la rendija de la puerta que se cierra después de un beso de buenas noches. Viena no tardó mucho en desteñirse, empezando por sus tejados y palacios, tal cual lo hiciera un día la sonrisa de Marilyn, pese a que aún nos queden los Warhol y las niñas con falda a orillas de conductos de aire. A mí me quedó, sin embargo, el presagio de una grata locura, idéntica a la de las señoritas parisinas que nos muestran los anuncios perfume caro y que parece que nacieron con los labios pintados de rojo amapola. Me quedó la llama color azul Danubio que se despereza cada noche sobre la ciudad en la que cierto día Mozart se dejó morir entre las teclas de un piano, después de haber sido otro transeúnte más, borracho y solo.
Me quedó, sin embrago la música y la noche.
Escrito por laslibelulasingenuas el 02/07/2010 19:21 | Comentarios (4)
Al calor y al aire de mi abanico, quienes me trajeron, a partes iguales la historia. A Waterhouse, quien te volviera a encontrar por casualidad... Y A LOS QUE VUELVEN, GRACIAS POR VOLVER
La pelirroja menuda que se había sentado a mi derecha después de que apagaran las luces me sonrió tímidamente, justo cuando aquella Ofelia empezaba a hundirse con su corona de flores, a lo lejos.
Siempre me sobrecogía tanto aquella escena. La pelirroja, por su parte, suspiró y agitó aún con más fuerza su abanico, cuyo color yo trataba entonces de adivinar. Pensé entonces que tal vez no estuviera de más rodearla con mi brazo hasta que dejáramos los dos de palpitar y acariciar nerviosamente el terciopelo rojo.
Pero ella ya no estaba allí, y supe que no se había marchado al baño para regresar antes de que acabara la escena. Sé que desapareció, con cada una de sus pecas y su falda de tul, en el momento exacto en que escuché como cerraba el abanico. Y allá iluminada, Ofelia se dejaba morir, esperando el siguiente oscuro total para salir por la izquierda y no volver a ser Ofelia hasta la función de mañana.
Nunca hubiera imaginado que fuera a sentarme al lado de una chica hecha de viento. Y ahora, sin embargo, la busco, entre las ráfagas de cierzo en invierno y en el baile de polvo de los ventiladores en verano. Pienso que volverá el año que viene, a la misma butaca, a mi derecha cuando Hamlet esté otra vez en cartel.
Porque tal vez se llamara Ofelia. Y tal vez no pudiera quedarse más tiempo sentada a mi lado.
Escrito por laslibelulasingenuas el 06/06/2010 12:00 | Comentarios (8)
Porque a veces hace falta perderse un poco para encontrar una historia que contar y a alguien que nos quiera oír... Porque si nadie ha llegado nunca a alcanzar el infinito, es porque prefiere pararse en cada esquina... Porque vivimos en un laberinto, y sólo el eco de nuestras voces nos guía...
Y porque el mundo entero no es sino otro más, otro entre tantos recovecos.
Por todo eso es mi palabra, por el momento... si ya tenéis clara la vuestra, entrad en eldiae.es y podréis sugerir o votar otras que os gusten (solamente se puede votar una vez!!!) como la palabra más bonita del castellano... Animaos, que está muy bien!!
Saludos...
Escrito por laslibelulasingenuas el 30/05/2010 23:44 | Comentarios (2)
Quizá hubiera sido mejor fecha entre últimos de diciembre y primeros de enero para colgar esto... Pero se me ocurrió ayer, al tiempo que tenía que escribirlo. Gracias a Patricia y a todas las del taller y a los de los comentarios, por supuesto... ¿Qué decir? Que os guste...
Parece que no, pero ya ha nevado varias veces - puede que algo más en cualquier otra parte - desde aquel día, de primeros de enero. Fuera, otro de aquellos cielos tan blancos aullaba medio grado; dentro, las palabras del radiador entraban por la nariz. Pero poco después fueron las de mi padre... Las que -recuerdo- ¡Cómo calaban por entre las pestañas! Las palabras de mi padre... las que pienso que le habría llevado tanto tiempo colocar y descolocar hasta darles voz y viento... Las palabras que se llevaron, a rastras, tantos diciembres al desván. Mi voz temblaba, aún, cuando le pregunté: - Y entonces... ¿Tampoco el ratoncito Pérez...? - ¿Tú que crees? - respondió, una vez terminó de colocar en su cajita la última bola de cristal que hasta la noche anterior había colgado de la ramita aquella del árbol de navidad.
Escrito por laslibelulasingenuas el 23/05/2010 16:20 | Comentarios (3)
Estoy completamente obsesionada con los días de lluvia y con las canciones de piano. Para todos los que compartan conmigo esos dos delirios. Y para todos quienes hayan cantado alguna vez "The piano man" (vale también la versión de Ana Belén).
La de los días de lluvia se escribió una primavera, tal como otras historias de invierno, encerradas en esa bola de cristal donde, siempre que tú quieras, cae la nieve. Billy entonces era sólo un bulldog inglés sin nombre que no sabía mirarme. Tenía ese aspecto de pintor hambriento que un día dejó de perseguir a las musas para convertirse en el reflejo de un charco. Sin reparar en que Rosa me tendía entonces la humeante baguette y su sonrisa de miga y amiga, salí corriendo de la panadería y fui hacia él. No me hizo ni caso cuando traté de guiarlo hasta dentro del porche que quedaba más cerca, ni siquiera me tendió una pequeña parte de sus ojos húmedos, ni reaccionó ante ninguna de mis caricias, como si mi mano hubiese sido la de la misma lluvia. A la entrada de casa, mi barra de pan, cual esponja, se había bebido parte la lluvia del camino, esa que no quiso caer sobre la cúpula verde de mi paraguas y el edificio entero goteaba como el grifo de la cocina de un matrimonio octogenario, igual que nuestros deseos sumergidos, si los sacáramos un día del fondo del lago. Me pareció escuchar a Billy Joel cantar una de sus canciones más tristes tras de mí, y hubo un momento en que dudé si realmente no se trataba de la voz de la lluvia, que tantas otras veces me había sonado así como suena “The piano man”. Me volví, como tantas cosas que se hacen, sin saber muy bien porqué. Y esta vez Billy dejó de repente de cantar aquella canción en la que encontré el mejor nombre de entre todos los que cualquiera que lo recogiera en la calle podría haberle puesto. Me di cuenta, entonces, de que me estaba mirando, y lo hacía con unos ojos todavía más tristes de lo que pensé, en un principio, que eran. Y así fue como Billy me siguió hasta el final, cruzando el vestíbulo interminable de camino al ascensor, cuyo suelo de hierro se oxidó dejando por siempre unas manchas cobrizas con la forma de sus huellas caninas.Por dentro de casa anduvo siempre muy tranquilo, sin pedirme nunca gran cosa. A veces me lo encontraba, alguna de sus noches en vela, yendo de un lado para otro del salón, como si caminara sobre un piano enorme, de donde salía una canción casi tan triste como la del primer día. Billy fue a despertarme una mañana, a la cama, por primera vez, antes de que dejara de ser primavera. Fue el día de nuestra primera lluvia, la primera después de aquella que lo trajo aquí. Él lo sabía, yo así lo creía. Como prueba de ello, había aprendido a mirarme, y en aquellos ojos apenas quedaba un rastro de nostalgia que desafiabaa todo aquel que cree que los perros no tienen recuerdos. Para celebrarlo, decidí que no haría sonar “The piano man” en todo el día. Me puse un jersey fino, cojí mi paraguas verde y a Billy, sin correa ni nada. Ni él ni yo sabíamos que íbamos a volver a escribir la historia de los día de lluvia, esa historia que ahora es tuya y mía, sin olvidar que fue Billy quien la hizo posible.Tú debías de llevar allí desde antes de que yo entrara a la panadería. Al poco de que Rosa me tendiera el cambio de cuatro monedas pelirrojas y frías, ante aquella baguette que echaba chispas, y que habría de dejar en el escurreplatos, viendo la que estaba cayendo, miré desde la luna, al otro lado del cristal, para ver si Billy seguía allí debajo del porche. Pero antes de encontrar su mirada ausente, te encontréa ti, parado, sin moverte del mismo charco en que había encontrado a aquel Billy, todavía sin nombre, que no sabía mirarme, ni a mí ni a nadie. Pero tú si que sabías mirar, al menos supiste mirarme, y lo hacías sin parecer descarado. Billy estaba a tu lado, esperando bajo el porche donde lo dejé. Me miró un instante y en seguida fue a esconderse debajo de mi paraguas verde, del mismo verde que tus ojos, donde pudo pensar más cómodamente sus pianos y respirar el aire que nos iba dejando la baguette que ardía bajo mi brazo. Y entonces fue cuando tú, que no había dejado de mirarme así tan húmedo, pensando que yo podía no darme cuenta, esperaste a que yo estuviera lo más cerca posible para decir:
- Parece un perro feliz.
Aunque tuve que esperarte unos meses más que a Billy, también tú viniste a vivir aquí, en casa. Llegaste después de de una tormenta de verano, dejando el pasillo casi lleno, con tu escaso equipaje. Estuvimos un rato mirándonos, entre las paredes blancas de las que colgaban esas láminas que me llevé de recuerdo del musée d'Orssay, ni tú ni yo recordamos entonces nuestra parte del guión, como si nos acabáramos de enamorar en la sala de espera del dentista y no hubiera nada que decir. Billy debía de andar en algún sitio o en otro del piso, aunque no escuché su piano mientras me perdía entre tus bosques verdes, encontramos muchas huellas de las suyas por el salón, trazando un caminito húmedo que no llevaba a ninguna parte. Pero cuando llenamos con tus cosas los armarios de la antigua habitación de invitados y lo llamamos para comer, él no hizo ningún sonido, insistimos, en espera de un fa sostenido que nos revelara su paradero. Entonces tú, procurando no tropezar en ninguna de las palabras, me llamaste a enseñarme una hilera de huellas que terminaba al otro lado de la puerta de entrada, o la puerta de salida, la misma que habíamos olvidado cerrar despuésde que se marchara el camión de mudanzas. No hubo que colgar carteles con sus ojos, que hablaban en nombre de todos los perros, gatos y loros perdidos, en ninguna de las farolas. Salí de casa disparada, siguiendo esas huellas suyas, que se perdían en el rellano, y llegué hasta aquel charco donde se había ido a reflejar, como un Narciso que nunca logró Eco dejara de ser una voz. Aquella tarde, sobre el sofá de casa, tú recorrías mi pelo con tus dedos y me besabas, de vez en cuando, tratando de elegir el instante más inesperado, yo te prometía perezosamente que iba a ser la última vez que me levantara a pulsar el “Replay”para que el sonara “The piano man” por toda la casa. Billy no fue a parar al charco, tú ya te lo imaginabas, y yo en el fondo, también. Ese bulldog inglés que me trajo la historia de los días de lluvia se marchó para convertirse en el mismo reflejo dentro de otro charco, en busca de otro nombre al que acudir y de otro dueño al que aprender a mirar. Acabaría encontrando otra lluvia, otra historia diferente en otra estación del año, de ello no me cabe duda. Me levanté súbitamente, llevándome de tus dedos un mechón de mi pelo, fui hacia la cadena de música y pulsé entonces el “Stop”, que fue como un corte trasversal (y sé que dicho así, suena violento) en la garganta de Billy Joel, que entonces andaba cantando la parte en la que dice:
Well,we're all in the mood for a melody And you've got us feelin' alright
Entonces comprobé que aquellos ojos tuyos de hoja perenne, que habían estado llorando también junto a los míos, me seguían mirando. Vi por un momento mi cara en blanco y negro y una sonrisa más parecida a la de la Bergman cuando pronuncié la frase que, como quise creer, cerró esta historia, la de los días de lluvia.
-Pase lo que pase, espérame siempre en el mismo charco.
Al decir esto, me sonreíste como nunca lo habría hecho ninguna de las mejores versiones de Bogart, para cuando me di cuenta, ya te habías levantado del sofá, después me agarraste de la muñeca que más tenías a tiro, cogiste aquel paraguas mío que tanto te gustaba desde que te confesé que era de un verde idéntico al de tus ojos y dejamos a la tarde sola en nuestro piso, al menos hasta que las calles húmedas se fueron a secar.
- Déjate de historias, por favor. – Oí que me decías mientras tirabas de mí, bajando las escaleras, como si me estuvieras salvando de un ataque aéreo fortuito. - Deja sólo la lluvia.
Escrito por laslibelulasingenuas el 18/04/2010 18:06 | Comentarios (5)
La escuela de escirtores y la cadena ser convocaron, no estoy segura si una vez al mes o un mes cada año , un concurso de relatos hiperbreves, con un máximo de 100 palabras. Me atreví a participar, aunque sólo fuera por colarme en el tiempo de un experto (y por un instante, en la opinión) de un experto. Decidí subir al blog la versión sin mutilar mi microcuento, ya que aquí no compito con nadie. Qué decir, que espero que os guste...
Mañana va a llover. No han dicho nada todavía por la tele, pero lo sé por este cielo completamente blanco. Así eran todos cuando todavía vivía en tu ciudad. Allí marcaban una tregua entre dos lluvias, blanca e inmensa frontera entre un antes y un después.
De tu casa a la mía había apenas dos paradas de metro. De aquella tarde, tan sólo recuerdo un cielo albino y a ti, pisando los charcos y dándome a beber de aquella última tronada.
Te quedaste en el recuerdo de aquel cielo, completamente blanco. Escuché gotear cada palabra tuya en un inglés empapado, y acto seguido Londres cerró sus puertas tras de mí, después de haber amado tanto su lluvia, fuera, en sus calles, siempre cerca de tu paraguas...
Ahora ya sólo distingo tu acento triste, pero resignado que baja de las canaleras y deja unas manchas blancas y alargadas sobre los tejados.
Llovía también sobre la pista de aterrizaje cuando llegué. Hace uninstante volábamos por encima de aquellas nubes, enredadas unas con otras, ¿No las recuerdas?. Tú, allá donde estuvieras entonces, y yo, sin atreverme a descubrirle a las azafatas mi rostro húmedo.
Aquí no volvió a llover desde aquel día.
Sin embargo, puede que mañana volvamos a empezar. Estoy dispuesta a volver a amar esta lluvia, siempre que sea tal como la aman todos, dentro de casa.
Escrito por laslibelulasingenuas el 11/04/2010 14:11 | Comentarios (8)
A Miguel Delibes, por hacernos comprender que todo en camino quedan siempre charcos.
A Paul Auster, por tu ciudad de cristal.
A Begoña, por las peonías, ya que en tu perfume seesconde todo lo demás.
Recuerdo que aquel día mamá salía del baño cuando yo entraba. Pocas son las veces que se levanta antes que yo, si hablamos de lunes a viernes, y aquel día era jueves.
La puerta no dejaba de ser demasiado pequeña y chocamos. Pensé que en aquel momento, procedía que nos diéramos los buenos días. Pero no fue así. Ella se me adelantó pensando que quizá yo tuviera la voz aún bastante dormida para arrancar del ovillo blanco del silencio, la primera palabra.
La suya sonó como suena el interior del cajón de un orfebre milenario cuando vuelve a abrirse, después de mucho tiempo: - ¡Ya no hay charcos, hoy sí que puedes ponerte las bailarinas!
Había descartado la posibilidad de ponérmelas el día anterior, cuando empezó a llover poco después de cenar, con ese sonido que hace la rabia de guarda un escritor de novela negra, encerrado doce horas en su estudio, cuando decide arrancar el papel atrapado en su vieja máquina y hacerlo una pequeña pelota áspera que entrará mejor en las fauces de su bóxer.
Las ocho de la mañana se enredaban entre las paredes de mi cuarto y reían las mil bocas de luz de la persiana.
Todo eso, y nada más, las ocho de la mañana, de todas formas. Creo que es mejor empezar el día sin presentimientos.
Sólo una chaqueta de punto color océano profundo,colgada en mi silla, aquellos zapatos tan extraordinarios, con los que, así de pronto, fui una bailarina pintada al óleo, y más tarde, una de esas coletas peinadas “a lo pincel”, cada día más larga, descolgándose como de un trapecio, sin llegar a tocar mi nuca. Sólo ellos poblaban aquella ciudad. La ciudad de vidrio reciclado, la que se rompe en mil pedazos y vuelve a fundirse y a enfriarse cada amanecer. Todos sus habitantes entran y salen, a veces vuelven y a veces no. Y es curioso que te envíen siempre un telegrama, algo como por ejemplo:
“No te quedes sin calcio esta mañana STOP pero procura salir deprisa STOP Y con los dientes limpios STOP Pasa un buen día STOP O inténtalo, al menos STOP”.
Toda rutina se me escurre, como las sombras que huyen de otras, sin volver al mismo trozo de pared, como el principio de tantos cuentos, que tiende a desaparecer.
Recuerdo que subí al coche y todo el camino comenzó a moverse a ambos lados. Atravesábamos aquel “érase unavez” a 30 por hora, cuando papá frenó de pronto, frente a la entrada del instituto.
Abrí la puerta y salí delcoche, como si hubiera siempre sido una corriente de aire. Y como tal, cuando quise darme cuenta ya no quedaba prácticamente nada para salir otra vez disparada.
Sólo a cuarta hora, empecé a escuchar un coro de armónicas que parecía sonar cada vez más fuerte, cada vez más rápido, cada vez más.
Pero los músicos recogieron su voz de viento y se marcharon pronto. Me hubiera gustado recordar la canción, pero también se había marchado, hasta esos jirones de aire que escapaban por la última celdilla. Me quedé con el sonido, casi roto, de todas las armónicas que había escuchado hasta aquel momento. Llegué a casa, arrastrando los pies, con mis bailarinas tosiendo la tierra, que había hecho llorar a los dientes de las baldosas, derramando aún más óxido sobre el traje rojizo de las alcantarillas.
Seguía atrapada en esas últimas horas, después del concierto inesperado de armónicas. Cuando a veces una palabra no tiene suficiente con dejarte ver sus dientes, como tildes y puntos de “i” envenenados. Pronto comprendí que me iba a dejar caer en el primer charco, por mucho que mamá me hubiera dicho que no quedaban apenas. Hubiera querido que empezara a llover para quitarme de encima el barro. Ya poco les importaban los charcos a mis bailarinas, que no esperaban más aquel grand jeté que les había prometido. Al llegar a casa, las encerré en su caja rosa pálido, color promesa absurda, me puse otras zapatillas para estar en casa y bajé a comer.
Sabía que las cosas se veían más claras fuera de sus jaulas. Y aunque no esperaba romper a llorar, así lo hice. Sin embargo, es curioso comprobar que, en cuestión de minutos, el barro ya se desliza desagüe abajo.
A eso de las siete de la tarde, Begoña vino a casa a tomar el té. Begoña tiene una voz como la de una florista y siempre deja un olor a peonías cuando se acerca a saludarte. Aquella tarde también se presentó en casa con sus peonías y, aunque siempre se marcha antesde tiempo, estuvo en casa el tiempo suficiente para hacerme recordar que no tenía sentido acabar mal el cuento.
Aún llovía cuando subí a mi cuarto, después de que Begoña se hubiera ido. Recordé que tenía planeado hacerla maleta para el fin de semana. Como no solíamos viajar a Madrid más de dos veces por año, había olvidado de la vez anterior todo cuanto necesitaba. No me arriesgué a dejarme nada en casa y saqué del armario la ropa con la que más me gustaba salir en las fotos, hice hueco para los zapatos más y menos cómodos y no olvidé meter el pijama ni la cazadora de forro. También metí en la misma bolsa a Neruda y a Paul Auster junto con mi libro de pintura a lo largo de los siglos.
Durante todo ese rato, no había reparado en la caja rosa pálido, color promesa absurda que se había quedado en el fondo del armario. Con la absurda promesade que sería lo último queentraría en mi equipaje, puse las bailarinas junto con el resto de los zapatos.
Al rato me sorprendí, con las pupilas dilatadas, sobre el fondo rosa pálido de la caja. No volví a recordar nada que tuviera que ver con aquella mañana, ni con sus charcos ni sus canciones rotas. Había llegado a la conclusión de que no hay promesas absurdas, sólo posibilidades de que algo ocurra, si cada día es un cuento que termina cuando te despiertas en la misma ciudad de vidrio reciclado que todavía nos envía un telegrama.
Escrito por laslibelulasingenuas el 05/04/2010 11:44 | Comentarios (8)
A papá, por las fotos, dentro y fuera del laberinto de los jardines de Sabatini y por ayudarme a encontrar la salida. A mamá, por entrar conmigo en todas las tiendas y llevar las bolsas llenas, A Lorpi, por estar aquí ahora, en casa, y por hacer un cielo del techo de la tuya, A Zeus, por su buen humor y sus fotos con el elefante de Barceló, Y a todas y cada un de las estrellas (y a la luna) que alumbraron el "libertad ocho" la noche del viernes, por la voz, por el piano y por la sonrisa. A Nuria, por su espejo, y su mensaje de bienvenida.
Hoy las vías rinden chispas al cercanías, son grillos que hacen arder nuestras ruedas, que se funden en suelas raídas ,y no vuelven a correr ya ningún día de estos por Gran Vía pues no quedó hueco en este billete de diez.
Me he visto esta mañana en el espejo de Nuria, que lejos queda toda esa luz de aquí. Recuerdo el Pífano silbando por los recobecos, Dégas diciendome "Nos vemos en París".
Si me tientas quizá pueda, un momento, derramar la tinta sobre este jirón de papel, que la noche ha convertido en un cielo de agua fría sobre, cual charco, arrojé, sin volver la vista atrás, la luna llena, a ver si hoy vuelve a ser ayer.
Y ya está aquí otra vez esa chica de la voz de cascabel, que tanto, tanto y tanto grita y nunca se deja ver. Nos cuenta, que todo cuanto empezó una vez, termina y que Alcalá es el nombre del siguiente andén.
Para entonces, Madrid ya sólo eran cien fotos, alguna aspirina y todo este camino vuelto del revés. Pese a todo ni tu tiempo, ni el mío han perdido su sentido o tal vez...
... Tal vez marque una hora más la esfera del reloj de la Puerta de Sol, o ¡qué más da! si es algo que le pasa a cualquiera y al dejar atrás Cibeles el móvil tiembla en el bolso de mamá.
Todo parece pertenecer a un mismo dueño desde lo alto de esta azotea y, allí abajo, donde las sombras gotean, nada se puede tener a cualquier precio.
Las calles parecen haber olvidado lo que es la vida sólo sabrían hablarte de cómo el tiempo ha de correr. Tiempo que ahora nos lleva de esquina en esquina y que arrastra el ritmo de cada pincel. Ayer y hoy, en las plazas, los artistas se empeñan en creer que lo que ves en el lienzo, tiene toda la pinta de encerrar el retrato de una última vez.
Ultima vez en la plata del espejo de Nuria, qué lejos que queda este reflejo de su casa. Y es que lo que queda es un viaje de la A a la Z y entre las maletas aquellos pasos, como dardos, se disparan pero estas cuatro ruedas ya no ceden ante nada.
Las señales de tráfico nos cuentan, que todo cuanto empezó una vez, termina que la distancia a Zaragoza se resta. Y para entonces Madrid sólo es el nombre de la chica con la cara mojada y llena de pecas que sacude, a lo lejos el pañuelo blanco de la despedida.
Escrito por laslibelulasingenuas el 30/03/2010 11:41 | Comentarios (4)
A todos quienes leéis esto ahora, para todos vosotros, un ramo de narcisos. Gracias poresperarme, por confiar y por regresar de nuevo. Si sembramos una flor en cada momento, puede que logremos prolongar el tiempo hasta tener que decir que es demasiado tarde. Qué paséis buena Semana Santa y que no se os trague el paseo de la Gran Vía esta noche.
Llego aquí la tarde del 13 de febrero. La sacaba fuera de mi habitación por las noches para que no tuviéramos que compartirel escaso aire, ni tampoco el silencio a oscuras.
Nada más levantarme empujaba la puerta entreabierta, y allíme la encontraba. Casi se puede decir que allí la intuía, se dejaba adivinar,pues le sentaba bien ese velo negro, a punto de desgarrarse, con las primerasrayas de luz, en mitad del pasillo.
Marchaba, a tientas, sosteniendo la maceta de plásticofrágil hacia la ventana de mi cuarto. Procuraba tenerla bien sujeta con elbrazo izquierdo mientras levantaba la persiana con la poca destreza delderecho. Sus pétalos, apenas desplegados, prometían un día insólito, y a ser posiblemojado. Yo les pedía el agua, caminar con paraguas o capucha. Nada importabasalvo la lluvia, nada salvo un cielo cubierto al que cantar. Los capullos se abrieron en cosa de un par de días. Todas las tardes, en el momentodel riego, el grifo del lavabo reproducía la sonata en si menor K377 deScarlatti, mientras la tierra la absorbía, alimentando sus raíces de un millónde notas en hilera, desfilando allegro. El resto del día, aguardaba sobre un plato de barro, aspirando la luz y elcolor del espacio.
Recuerdo el día en que llegué a contar hasta ocho narcisos.Sus tallitos interminables y las flores amarillas, abiertas a toda luz, a todapalabra, a toda caricia, cada una inclinada hacia una esquina, hacia una pared…Todo ello parecía la fotografía perfecta de un malabarista de circo maniobrandocon ocho pelotas amarillas, a un lado y a otro, y a otro, y a otro, y a otro, ya otro,y a otro y a otro.
Recuerdo las tardes de finales de febrero, entrando a marzo,a partir de las cuatro y media o las cinco, cerradas puerta y ventanas, mispies colgaban de la silla del escritorio, el pelo, recogido y la postura algoforzada. Recordar este tipo de cosas no tiene ningún sentido, pero es quesiempre es todo igual. Una vez más, hacía lo que tenía que hacer.
Cuando tienes quince años y te interesa doblar la edad sinque te echen uno más de treinta, lo primero que te hace falta es un graduado. Ysegún en que circunstancias, no vale cualquiera.
El beso anónimo que Doisenau se llevó un buen día de laópera de París, ahora colgaba (también) de mi pared. Justo enfrente, yo tratabade arrastrar hasta un lugar seguro de mi memoria una materia distinta cada día,ya fueran ciencias o letras. Las engañaba con falsos besos y la promesa de quenunca jamás las olvidaría. Así es como lo hago, no hay ningún doble fondo en michistera, sólo una memoria bien cubierta.
Y también ella me ayudó bastante. Sentía que cada día lasfarolas se encendían un poco más tarde, lo que se traducía en más horas de sol.Eso a ella le sentaba fenomenal. Muchas veces me tentaba la idea de cortar unade sus flores y acomodarla detrás de mi oreja, pero nunca llegué a tal punto.
Por momentos conversaba con ellas, no sé si eran ocho, o yaeran nueve, puede que diez, el caso es que yo hablaba con todas. Creía oírlespreguntarme que qué tal estaba. Recuerdo que un día les respondí: “hoy estoy enlas puertas de lo cierto y de lo incierto, como un escéptico, y al momento seréjuiciosa y prudente, como Kant” y al siguiente mi respuesta fue: “Hoy tengo lamisma seguridad que Pitágoras y Tales y la exactitud del coseno de60º”. Otro día, en plena pausa les dije “Séque después de todo esto estaré satisfecha, ya lo creo, caminaré de vuelta acasa con un ramo de narcisos en la mano, pero ahora no me interesa nada salvoconvertirme en una flor. En una flor de narciso”.
Me paraba entonces, en pleno traqueteo mental, olvidaba todoy cuanto una vez se había escrito sobre las hojas cuadriculadas. Los resquiciosde mi goma de borrar se agarraban a la inscripción de mi sudadera y el filo demi mano había ido robando parte de la tinta a mis apuntes recién hechos, peropoco me importaba llevar media carga del Bic en la línea de la vida.
Seguía deseando transformarme en flor. No me costaríaacostumbrarme a que se preocuparan por mí, por que creciera hermosa y esbelta,por que nunca tuviera sed de agua ni de música, ni me faltaran tampoco la luzni las palabras. Y todo aquello, sin tener que ocuparme de nada ni de nadie.
Volvía a mirarla, entonces, saltando de tallo a tallo, deflor a flor. Fue un día, después de un tiempo, cuando recordé la vieja leyendaque tantos conocen, que tantos cuentan, de distinta manera. Recordé que no hacemucho yo también creía aquello de que las primeras flores, idénticas a estas,crecieron al borde de un lago, cerca de los huesos de un loco que no supo mirarmás allá de su reflejo en el agua.
Desperté. Fue de pronto. Deduje que todo había sido productode los amperios que paría una y otra vez la bombilla desquiciada de aquelflexo. Había estado más de dos semanas compartiendo el sueño de Narciso. Digracias a cada flor, a cada estrecho tallo, a la tierra, ebria de Scarlatti,incluso a las grietas del plástico del soporte, junto con esa pegatina en laque ya apenas se podían leer el precio y el nombre científico: narcissus triandrus.Gracias a todos ellos, me di cuenta de mi suerte, más pronto que tarde. Aquellanoche, para variar, me acosté esperando encontrar, a la mañana siguiente, otronuevo narciso en flor.
Quizá así fuera, o quizá no. Lo que sí recuerdo es queaquella mañana, se cumplió la promesa, aunque sólo fuera cosa de la casualidad.Salí de casa refugiando la mirada bajo la capucha, sin pensar en encontrar mireflejo en ningún charco. La lluvia duró lo que suele durar el mensaje de unnarciso, como el de cualquier otra flor, dentro de tu nariz. Los charcosquedaron, sin embargo. Y fue ya algo tarde, así como al terminar la últimaclase, cuando volvieron a reptar los limpiaparabrisas sobre el cristal delcoche de papá. De nuevo, lluvia, nunca se sabe cuando es o no es demasiadotarde.
En cuanto llegué a casa, subí corriendo a mi habitación paracambiarme la ropa mojada y cubrirme la cabeza con una toalla. Fue entoncescuando, al fondo las gotas impacientes por alcanzar el cristal de mi ventana,me descubrieron los dos primeros pétalos marchitos.
Nunca antes había sido demasiado tarde. Sólo lo fue entonces.No tardaron más de cuatro días en secarse ya del todo, flores primero, pétalopor pétalo, más tarde las hojas, seguidas de los tallos. Finalmente comprobéque a la tierra no le quedaba ni el más mínimo timbre, ni siquiera el compás deaquella sinfonía que pronto olvidaría.
Fue recién entrado marzo, mucho antes de asomarse laprimavera. Me costó mucho volver a pisar los charcos desde el aquel día. Ellostambién se secaron. Para calarme los zapatos, nunca antes había sido demasiadotarde, sólo lo fue entonces.
Pero ni una cosa ni la otra me impidió continuar. Yo mismame repetía: “Estudia, con o sin flores, llega hasta el último examen, con o sinflores, aunque tengas que dejar de escribir, no te pares, haya o no hayaflores.”
La última vez que fuimos al pueblo, mi abuela habíapreparado un sencillo ramo de flores amarillas. Mi abuela sabe qué flores casanmejor y qué otras hay que reservar para otro ramo. Es lo que se dice unamaestra de los ramos. Aunque, aquel ramo sólo tuviera un único tipo de flores,era extraordinario. No eran exactamente narcisos, creo que se llamabanjacintos. Se parecían bastante, pero eran algo más grandes y su voz de airellegaba aún más lejos. Me llevé dos o tres jacintos y los coloqué en un jarrónde boca estrecha.
Hoy todavía seguían allí. Ya bastante secos, cansados deguardar tantos rayos de sol. Hoy mismo los he retirado al fondo del cubo debasura, hoy, que ha llovido durante casi una hora, hoy, que apenas han quedadocharcos donde perder el reflejo de la realidad, hoy, que vuelvo a casa con unramo de narcisos y un mensaje en el aire me anuncia que aún no es demasiadotarde. Pero mañana es posible que lo sea.
Escrito por laslibelulasingenuas el 26/03/2010 15:46 | Comentarios (3)
Hay cosas que nadie seatreve a negar, a ver si estáis de acuerdo conmigo.
Por ejemplo... que youtube es capaz de volverte loco y siempre tiende aquitarte más tiempo del que pensabas prestarle. Pero a veces un sólo click sobre el Play puede ir mucho más allá...
Como prueba de esta absurdadeducción, esto va para vosotros.
Cuando la canción por fin haterminado con sus últimas notas y he cerrado la página de www.terra.letras.com, me he dichoenseguida, ¿Y por qué no un nuevo post?
Después de estar un ratoleyendo la letra, con la música de fondo y yo bailando casi sin querer con misrecuerdos y obsesiones, me doy cuenta por fin de que no podía ser muy fácilencontrar las palabras exactas para presentarla…
Sólo decir que su dardo havenido derecho, y ha hecho diana. No tengo ni idea de donde ha ido a clavarse,pero tampoco me importa. Sólo sé que quiero volver a escuchar la canción unavez más, y otra, al menos hasta mañana… y también quiero que la escuchéisvosotros.
Es alucinante, tanto comola propia amistad, que nunca sabes de dónde puede venir ni hasta dónde puedellegar. Y no siempre se tiene la misma determinación a la hora de darle alPlay. Pero, pocas veces no se merece una oportunidad.
¿Quién habló de la soledad de los ventrílocuos?
No sé quién soy paradecirlo, ni siquiera sé qué motivos me han dado para creer lo que creo… Aún asíestoy casi segura de que siempre habrá alguien dispuesto a hablar por ti, adarte el sol y la sombra y cuerda a tu risa cuando tu expresión parezca demadera. Debería empezar a creer más a menudo que ese que nunca volverá a hacerque me pregunte eso de “¿Qué significaba todo, al fin y al cabo?”, ése mismo,no puede andar muy lejos.
Y si no, habrá que abrirla puerta, salir y buscarlo. Merece la pena con tal de dejar de fingir…
Espero que os guste friends…
Os dejo la letra, no es fácilde digerir el acento australiano del cantante:
You aremy friend I always thought we were invincible But I can't pretend That something strange aint come between us now
Ibelieve in love I believe in love I believe in love But do you?
You aremy mate For years they said we were inseparable But I can't relate Cos lately we've been going differently
Ibelieve in love I believe in love I believe in love But do you?
Andit's true everybodyknows People come and people go You mean much more to me I don't want one of those to be you But I really don't know what I can do
Ibelieve in love But do you?
You aremy friend We've always had an understanding, yeah I can't comprehend How we're both talking different languages
Ibelieve in love I believe in love I believe in love But do you?
Andit's true everybodyknows People come and people go You mean much more to me I don't one of those to be you But I really don't know what I can do
Ibelieve in making up I believe in making up I believe in making up I believe in taking up I believe in shaking up I believe in making up Do you?
Escrito por laslibelulasingenuas el 20/02/2010 00:14 | Comentarios (3)
Rombo, de haberlo sabido no me hubiera metido a los fogones desde aquí... Lo siento, de veras!!
Creo que te debo una explicación. Y esta es la verdad y todala verdad:
Para mí era no la primera, pero sí la segunda vez que hacíagalletas... también he de decir que la receta que puse en el blog nunca hellegado a hacerla, sino que fue la primera que encontré, porque lo cierto eraque no recordaba las cantidades de las mías, es decir, de las auténticas.
Si te sirve de algo, las primerasque hicimos no estaban mal. Duras, opacas, sin mucha forma, pero dijimos, "¡esto no ha hecho más que empezar!". Sin embargo, a estas últimas decidí ponerles cuatrosobrecillos de azúcar moreno. Ahora... recién sacadas del horno sabíancomo una bocanada de aire caliente, más tarde frío, sólo que con la boca llena demigas más que de otra cosa, sabían como a agujero negro. Eran bonitas,con forma de corazón no siempre tan bien definida y con un brillo especial porencima debido a un baño de clara de huevo... pero su sabor era como el delvacío.
Saben como a pan. - dijo mi hermana...
En el clavo... lo que hice fueron micropanecillos de SanValentín.
En mi caso, creo que conozco el error. En parte falta de ojocon la cantidad (debí de pensar que 75 gr cabían en cuatro sobrecillos), en parte una ligera perturbación con las kcalorías, en parteno saber que el azúcar moreno no endulza lo mismo que el azúcar blanco...
Y allí siguen, confundiéndose con el vacío de una lata gigante de galletas (no de micropanecillos). Tal vez más de la mitad de las que salierondel horno, algunas ya han perdido su nuez, su pasa y su almendra. En el fondotienen su gracia, aunque no tengan sabor a galleta, sino a abandono.
Has visto... Me abandonan los corazones hasta en la repostería!!
Yoalucino.
En fin Rombo, espero que no le des más vueltas al saborendemoniado de tus galletas. No le busques una segunda intención del azar, como he hecho yo con las mías. Te aconsejo que si en el fondo están pasables, tedesayunes un par cada mañana y verás qué poco cunden... Si eso del infiernoparece cada vez más cerca en el próximo mordisco, se las echas a los pájaros dela azotea y ya de paso les dices que vayan para mí casa y te envío los micropanecillos de vacíoque quieras. No creo que nadie los eche en falta...
Al fin y al cabo es el infierno por un agujero negro...
Habrán de venir tiempos mejores... y azúcar blanco por untubo para olvidar el abandono.
Un saludo y suerte en tu próxima hornada!!
Escrito por laslibelulasingenuas el 18/02/2010 19:32 | Comentarios (4)
Ahora mismo no me queda mucha inspiración. Debí de gastarla toda anoche, escribien el último post de once a tres, de la noche a la mañana, se me fueron volando las últimas ideas. Ahora mismo no me queda mucho tiempo. En teoría, le debo bastante a Baroja en las próximas dos semanas. Pero es catorce de febrero y he de decir que hoy es mi semianiversario, o mi cumplesemestres, desde hoy a las diez tengo un pe en los dieciséis... Tenía que celebrar San Valentín de alguna manera. Cada año que se presenta hago lo propio, preguntándome si realmente estoy... pues eso, lo que se lleva hoy. Enamorada... puede (que sí o que no)... si hay veces que me cuesta lo mismo mirarte que dejar de hacerlo... Enamorada estoy... eso seguro, por otra parte, porque cuando pienso en todo lo que aún me queda por ver, en la cantidad de oportunidades que puedo tener todavía, incluso cuando paseo por una calle en la que un músico olvida por un rato el frío de sus dedos al contacto con las cuerdas de su guitarra, en cualquier galería de arte, allí donde encierro el sueño de tener la mía propia, y después de alguna película, aunque no esté del todo bien bajada, noto que mi pulso se comporta de un modo extraño. Estoy enamorada, a veces sí, a veces no... Pero algo me hace pensar que no hay lugar en el mundo que se resiste a que dejes de amarlo... y personas las hay, pero pocas...
Feliz San Valentín os deseo con...
Un poema... de Ángel González En ti me quedo
De vuelta de una gloria inexistente, después de haber avanzado un paso hacia ella, retrocedo a velocidad indecible, alegre casi como quien dobla la esquina de la calle donde hay una reyerta, llorando avergonzado como el adolescente hijo de viuda sexagenaria y pobre expulsado de la escuela vespertina en la que era becario. Estoy aquí, donde yo siempre estuve, donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.
La soledad es un farol certeramente apedreado: sobre ella me apoyo.
La esperanza es el quicio de una puerta de la casa que fue desarraigada de sus cimientos por los huracanes: quicio-resquicio por donde entro y salgo cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio), del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo), del todo (me hace daño) al nada (me lastima).
No importa, sin embargo.
Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente la distancia que separa Tokio de Copenhague, pero con más rapidez todavía me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros de mí mismo, de prisa, muy de prisa, en un abrir y cerrar de ojos, en sólo una diezmilésima de segundo, lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora, que me permite, si mis cálculos son correctos, estar en este instante aquí, después mucho más lejos, mañana en un lugar sito a casi mil millas, dentro de una semana en cualquier parte de la esfera terrestre, por alejada que os parezca ahora. Consciente de esa circunstancia, en muchas ocasiones emprendo largos viajes; pero apenas me desplazo unos milímetros hacia los destinos más remotos, la nostalgia me muerde las entrañas, y regreso a mi posición primera alegre y triste a un tiempo -como dije al principio: alegre, porque sé que tú eres mi patria, amor mío; y triste, porque toda patria, para los que la amamos, - de acuerdo con mi personal experiencia de la patria- tiene también bastante de presidio.
Así, en ti me quedo, paseo largamente tus piernas y tus brazos, asciendo hasta tu boca, me asomo al borde de tus ojos, doy la vuelta a tu cuello, desciendo por tu espalda, cambio de ruta para recorrer tus caderas, vuelvo a empezar de nuevo, descansando en tu costado, miro pasar las nubes sobre tus labios rojos, digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente, y si cierras los ojos cierro también los míos, y me duermo a tu sombra como si siempre fuera verano, amor, pensando vagamente en el mundo inquietante que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.
Una canción... Vienna de Billy Joel... y Audrey... http://www.youtube.com/watch?v=CbSg4yVLd_I
Un libro... La mecánica del corazón de Mathias Malzieu
Tres películas... - Irma la dulce de Billy Wilder - Doctor Zhivago de David Lean - El secreto de tu ojos de Juan José Campanela
Y unas galletas... las que vosotros queráis... Espero que os gusten, hoy serán más ricas si las hacéis en forma de corazón...
Ingredientes
¼ de Harina 1 taza de natas 1 cucharada de royal 3 huevos 100 gramos de nuez picada’ Un poco de vainilla
Preparación
Se revuelven las natas con el Azúcar y los huevos, el harina y el royal, la nuez y un poco de vainilla, se revuele la masa, se hace una rueda y se recorta al gusto. Se mete al horno 15 minutos a 200 grados.
Escrito por laslibelulasingenuas el 14/02/2010 11:17 | Comentarios (5)
Hace tan sólo unos meses escribíaaquí en el blog por la mera gracia de llenarlo.
Sabía que nadie me iba a leer, queprobablemente a nadie le podía interesar…
No esperaba comentarios de ningúntipo…
Ahora, aunque seáis pocos, teneralguien para quien escribir es algo que todavía no consigo explicar. Os habéisplantado en una dura roca y me decís que, de veras, os gusta quedaros allí aver volar las libélulas… Yo a eso no sé que responder…
Que… muchas gracias, otra vez, y lamentorobaros aquí a los que estáis unas pocas vueltas de vuestro reloj.
Ah… Bienvenido, Rayujo, GRACIAS!! Muy amable por tu ofrecimiento, creo que másque del teclado la separación es problema de la página de blogspot… bueno ytambién mío, porque siempre me da pereza editar para separar las palabras.
Esto para vosotros, y una vez máspara Mamá, por no dejarme nunca con las ganas, y por otros tantos viajes deautobús que me has pagado.
No, esas ya no volverán...
Ya no volverán las oscuras golondrinas
a mi balcón (ni al tuyo) sus nidos a colgar...
Y es que nunca sus diminutas cabezas se acercan,
rara vez me han mirado sus ojos de antracita...
Pero de un momento a otro las veo marchar...
Sus colas las llevan, sus alas me olvidan,
y el viento sólo hace su trabajo.
Hoy como ese viento corre el duende, apresurado,quizá por eso se haga visible entre las hojas. El frío lo arrastra devuelta a su seta. Lleva cargados al hombro dos gusanos deseda, parecen interminables bufandas que forcejean para besar elsuelo. Se distingue que uno de ellos es un poco más grande que el otro, ysus cuerpos de anaconda albina no se cansan de girar en el mismo sentido.
Buen intento este del duende... Por un momento cree habercapturado las agujas del reloj. Se deja llevar y piensa, sólo por un momento,que una vez entre en casa y deje la carga en el suelo, el tiempo, que atodos nos rige y nos arrastra hacia lo incierto, correráhacia adelante o hacia atrás, según él lo crea conveniente.
Yo también creo que las agujas del reloj songusanos. Gusanos que corren más que ningún duende, que pesan más queningún otro gusano. Por eso no hay quien las atrape, ni quien las arrastre. Yes que tampoco, se arrastran, ni forcejean y mucho menos nos dan seda. Lasagujas del reloj son gusanos. Gusanos que no nos dan en realidad nada, (talvez sólo la hora) que nos roban el tiempo, eso es todo, aunque a veces, en sussombras, nos guardan una oportunidad.
Aquella tarde no quise dejar mi oportunidad en la sombra.Era veintinueve de enero y no hacía tanto frío, después de todo. Habíadedicado casi demasiado tiempo a Lorca, casi tanto que había llegadoa creer que le oía preguntarme con su refinado acento andaluz... "¿Cuántotiempo crees que aguantarás aquí?"
Una vez más, ganaste la apuesta, Federico. En mitad de unsuspiro, cerré la edición “Cátedra”, esa negra de tapas blandas de"Bodas de sangre" y bajé al salón. El calor de lalumbre hizo que olvidara casi todo lo que había venido a decir. Cuando mismanos estaban ya lo bastante calientes para hacer memoria, mamá apareció derepente, como escupida de la boca de algún rincón, en la habitacióncontigua.
- "¿Así que quieres que nos vayamos?" - Nosuele adelantarse, pero esta vez sabía bien mis intenciones.
- Habías dicho que querías roscón ¿Te acuerdas? Yo quiero ver algunos grupos y puede que hastaquede abierta alguna galería...
El autobús nos dejó en la puerta del teatro. Recordamos laúltima obra. Debió de ser "Luces de bohemia", en realidad tampocollegamos a entenderla, el decorado fue simple, pero la presencia de los actoreshizo que todo lo demás fuera lo de menos.
Quizá ahora sea momento de coger algunas de las entradasque faltan.
Mamá se pone la última en la fila de taquilla, yo sentadaen el banco del fondo. En un instante me sorprende con los ojos a punto detocar el suelo.
Me advierte que ni se me ocurra llorar.
"Si vas a sufrir por cada paso que damos, más valeque nos volvamos a casa".
Como tantas otras veces desde el pasado septiembre, tratode alinearme la cabeza, respiro muy hacia dentro y doy a mis tribulaciones algode sabor vainilla. Como nueva… o eso creo.
Salimos de la taquilla, sin entradas ni nada. Sólo tratode evitar cruzarme con esa juventud, que toma las calles. De vez en cuandoaparece algo de lo que hablar. Creo que el Roscón-Rock este año no es muchomejor que la edición anterior.
Alládonde toma su último suspiro el Paseo Independecia, VIP’s estará abierto…seguro. Es lo que tiene esta tienda que nos deja pasar cualquier día del año.Es lo que tiene que últimamente no encontramos nada. Nada, ni un libro debolsillo, ni un mísero disco viejo de Michael, nada nos pierde por cualquierrincón de la tienda, y mucho menos nos encuentra en la fila, para pagar.
Fuera, nadaha cambiado mucho. Pensamos, unos instantes, qué hacer, adónde ir. Entretanto,no llega ningún taxi que nos lleve a otro lugar, lejos de esta incertidumbre.Quizá otro San Valero nos reciba entonces.
Mamá hadejado de buscar las palabras desde hace un momento. Y yo vuelvo a marearmeviendo pasar a las quinceañeras en cuadrilla.
Llevamosun rato que parece que andamos en paralelo, mamá y yo. Empiezo a pensar que talvez no llevara, por su parte, ninguna intención de salir a la calle. Tal vez,por eso, merece la pena intentar fingir una sonrisa. Aunque siga altiva,distante, fría como el aire, cantando a las farolas una canción que ni siquierarecuerdo cómo sigue…
Ajena aleco difuso que dejan los últimos grupos del Roscón-Rock, me doy cuenta de queIndependencia renace, y la Plaza España queda casi a un tiro de piedra. En esemomento Mamá dice algo, no tengo ni el más vago recuerdo de lo que pudo ser…Pero habla, y me empiezo a sentir extrañamente mejor.
Estábamosya decididas a volver a casa, pero en poco tiempo pasamos a formar parte de unmodesto semicírculo en torno al cual cuatro veinteañeros rompen las cadenas deun estribillo infectado de acordes. Tienen un aire a Tequila, casi descarado, yno acabo de adivinar el cauce sobre el que fluye ese Rock’nd’roll suyo. El casoes que algo de lo que escapa por los amplificadores nos pide, por favor, quelleguemos a escuchar la última canción. Se habían puesto de nombre “Radio Vintage”,y casi les hizo gracia que, al poco de terminar, mientras desmontaban laimprovisada orquesta, me acercara a pedirles unas firmas. Creo que eran buenos(creo que lo son), no sé hasta qué punto, a fin de cuentas aquel directo,frente al antiguo McDonalds, fue como un buen Ibuprofeno en épocas en las queno abundan Zhivagos ambulantes.
De todosmodos Mamá tenía razón desde el principio, nada me hubiera costado dejar a un ladoel sentimiento de abandono un viernes en el que toda la ciudad descansaba sinreparo. Pero a veces te das cuenta demasiado tarde, y es cuando, en la sombrade las agujas del reloj, una canción te da la oportunidad de romper esesilencio... Y creo que a veces eso sabe incluso mejor que pasar toda la tardesin cerrar la boca.
Escrito por laslibelulasingenuas el 14/02/2010 10:37 | Comentarios (2)
A mamá, por el capítulo de anoche, y por los que quedan a ambos lados del marcapáginas. A Rombo, gracias por tu magnífico post, bienvenido a las libélulas... Y por supuesto, a Audrey, tú que estás allí siempre para recordarme que el amor rara vez pasará por delante de mí puerta... A todas las mujeres... a todas las Audreys... FELIZ SANTA ÁGUEDA CON DOS DÍAS DE RETRASO!!
Muy probablemente le faltara tiempo para imaginárselo. Quizá 63 años no fueran tantos para creer en ella, quizá nolo bastante... Pero nunca dejó la senda. ¿Llegaría alguna vez a soñar con pasear, sin pasear por cualquier calle, encualquier ciudad, cualquier acera, y ver cómo en los bolsos de las jóvenes, susojos, en sombra, detenían el tráfico...?
Hoy peatones y vehículos todavía la recuerdan. Quizá creciera con la idea debailar, de vivir entre bambalinas, entre Broadway y la Escala de Milán. Aún cuando la guerra le daba los buenos días, y no hubiera en su vida un hombrealto con quien tantear un vals, antes que él le diera las buenas noches. Debió de crecer sólo para seguir creciendo. Y eso fue algo más que años y añosde grand-jetés en las tramoyas. Destilaba inocencia con el chocolatepintado en sus labios, y por momentos escapaba, con alquitrán, acompañando sus largos paseos... Y quizá le faltó tiempo para creer en ella, quizá nunca lo hiciera lo bastante bien como debiera... Pero nunca dejó la senda.
Colgaba al cuello todas las llaves que le traía de regalo el viento de Londres. Y aunque ansiaba todos esos besos y caricias en el metro, aunque quisieraesconderse, y no pudiera, aunque no le dijeran siempre "qué magníficovestido llevas", ...todo parecía tan fácil, pero no lo era... Quizá bajo ese sombrero negro, su moño enredado trepara aún más alto... aun cuando la sombra de un trípode quisiera apagar su mecha. Está claro que nunca, nunca, nunca, dejó la senda... Todo era aún más asombroso detrás de ese biombo de seda. Se agitaban sus largaspestañas, al tiempo que su corazón, unas veces subía, y otras bajaba.
Y tú sentías, y sigues sintiendo, sus latidos, a oscuras, enla pantalla.
Quizá nunca hubiera tiempo suficiente para ella…
para regalar miradas a todo aquel por quien habría de seguir…
de seguir en la senda…
Está claro que lo único que quería era quemarte sanamentecon su risa…
Y ahora sabemos que sigue allí, amando, cuando la miras,
Amándote, a ti, que ni siquiera la conociste…
y a la vez, más sencilla, más distante, más pequeña o másgrande,
en color, en blanco y negro, en la puerta, en la pared…
No te deja que dejes de mirarla, no te deja que dejes desentirte amado.
Quizá creciera para seguir amando,
Quizá sólo quiere, aún ahora, que nunca dejes la senda.
Escrito por laslibelulasingenuas el 06/02/2010 23:50 | Comentarios (5)
Antes de nada decir que hoy me he enterado de que el plazo de presentación para concurso de Cartas de amor de la Escuela de Escritores terminaba hoy mismo, nada menos. Hubiera preferido escribir algunos e-mails que tengo pendientes (), pero he decidido asumir el reto y escribir la carta antes de la siete de la tarde. Finalmente, la he podido enviar. Aquí la dejo, gracias por pasaros a leer y por vuestros comentarios. No espero que este sitio se llene de visitas, pues ya lo llenáis bastante vosotros. En cuanto pueda me pondré a responder e-mails.
Por cierto, Blanca, espero que lo hayáis pasado genial en las hogueras, esta tarde "Fedra" se verá distinta sin vosotros.
A Salinger, probablemente, marcharte antes de leer ninguna de mis historias ha sido lo más sensato que hayas hecho. No obstante, confío que a Holden pudiera haberle gustado alguna... y a ti (quizá)también... Lástima que él nunca haya vivido para leer, y para ti ya sea demasiado tarde.
Tan sólo me preguntaste la hora y acabé diciéndote minombre.
Te acercaste por detrás, por delante, por un lado o por elotro, nunca lo tendré del todo claro.
Sencillamente apareciste, entre las sombras de los bultospeludos y encogidos que se paseaban por la acera. Conforme caminaba, todoparecía más feo. La calle se demacraba, en su conjunto, cuanto másminuciosamente la miraba. Yo no entendía ni cómo ni por qué.
Tenía permiso para salir sola y volver antes de la una.Podía meterme a cualquier sesión de cine no muy larga o ocuparme del resto delbillete azul que esperaba en mi cartera ir deshaciéndose entre cambio y cambioen las tiendas que aún me esperaran abiertas.
Nunca había salido de casa sola, y mucho menos casi aoscuras. Debiste de adivinarlo, incluso antes de darme tiempo a mirarte a lacara, con tus pupilas incandescentes golpeando el aire y jugando con la luz delos edificios. Como también adivinaste que en aquellos momentos me debatíaentre una sonrisa, como dos gotas del dulce jugo, al haber estado exprimiendotardes enteras, preparando, a base de cítrico y agua los exámenes de enero, oquizá un par de lágrimas por cada ojo, que limpiaran toda la porquería de lacalle y fueran a perderse en el primer respiradero de la alcantarilla. Frías comola primera vez que, de par en par, surgieron sin otro motivo que el abandonodel clínex que ya nunca regresa.
Me mareaba la luz de las farolas y la sucia acera de lacalle. Me quedé un rato sentada junto a los porches del teatro, viendo pasar ala gente que dejaba su reflejo roto en los escaparates, llenando de polvo lasoledad de mis córneas.
Decidí que lo mejor era cerrar lo ojos y escuchar, pues atientas, la realidad de aquel catorce de febrero era un tanto menos violenta.Pude oír los pasos, los ecos, las risas, el caucho desgastándose calle arriba…
- Perdona, ¿Llevas hora?
Sabías que me asustaría, y así lo hice. Seguro que tambiénhabías calculado hasta qué punto y, desde luego, sabías que no iba a dejarescapar un grito ahogado en cuanto abriera los ojos. Ni siquiera ahoratengopalabras, y es que nunca las hetenido. Jamás podré explicar el contraste de tu magnífico aspecto sobre “todolos demás”. ¿De dónde habías salido? Habría merecido la pena dejar estas callesvacías y marchar allá donde me llevaran tus huellas.
¿Pero en qué estaba pensando?
- No. Nunca. Nunca llevo hora. – respondí finalmente, contodo el peso de mis palabras, prolongando hasta el último segundo, en el que túdebías dar media vuelta y encontrarte, al fin, dentro del reloj, dando graciasa la voz con más suerte de aquella fría noche.
Pero no hiciste nada de eso. Seguías mirándome, debí dedarme cuenta cuando yo ya llevaba un buen rato sin pestañear, frente a frente,y cuando quise bajar la vista, hiciste que me levantara: primero los ojos,luego la cabeza, finalmente, todo mi cuerpo se separó de la fría escalera.Sencillamente, adivinaste lo que estaba pensando, y tu voz iba de un lado paraotro como un péndulo dorado.
- Cuando no sabes bien si reír o llorar, lo mejor es metersea ver una película.
Supe entonces que eras realmente un profesional. Mientrasotros hacían juegos de cartas, a ti te divertía manejar la voluntad del quefuera. ¿Pero por qué yo?¿Por quéseguías hablándome? - Pero cuando no hay ninguna película que valga la pena,¿No es preferible tener alguien con quien hablar?
Durante un minuto con la vista en el vacío, no se me ocurriópreguntarme por qué habría de seguir tratando con un extraño. Lo que estabaclaro era que, ni yo misma parecía conocerme del todo aquella noche. Distinguíla luna redonda por ser la única farola de destello ocre, pues empecé a verlotodo más borroso que nunca, todo salvo a ti.
-Ademástienes hambre… y frío. - ¿Es que ya no te importaba la hora que era?
-Todo elmundo tiene frío esta noche. – Nunca pensé que podía aprender tan rápido amirar a alguien a los ojos. Era como si contigo hubiera dejado de tener miedo.
-Pero no todoel mundo tiene hambre… y te puedo asegurar que nadie tiene tanto frío como tú.
Acertaste. Sentí una tormenta de nieve agitarse por dentro.Nunca antes me habían dolido tanto los dedos. Creí por un momento que laspiernas se me iban a partir, pues de pronto había escarcha en mis medias yentre los pliegues de mi vestido.
Quizá por eso me faltó tiempo para reconocer a los dosextraños que caminaban a paso lento y con aire distante por los porches delPaseo. Los escaparates recogían su frágil perfil, y de pronto lo perdían paraalbergar, de nuevo, a vulgares viandantes, dignos pocas miradas.
Respiré la densa nube de humo, los focos ocre centelleabansobre mis anillos de plata. Nunca la nicotina fue tan agradable, ni lasbombillas de un bar, pequeñas lunas curiosas.
Me gustaría poder volver a aquel café, pero ni siquierarecuerdo el nombre. Allí fue donde me reconocí, con las manos sujetando unataza de té. A través del cristal me pareció que la gente seguía mirándome,mientras me derretía entre humo, luz y sorbos de té. Allí estaba yo, casiquieta, como pintada a la acuarela sobre un lienzo de vidrio, y en frente,estabas tú, que a primera vista, eras un cuadro hiperrealista que rechazabatodo marco que pusiera límites a tu encanto. Quisiera poder recordar aunquesolo fuera el nombre de aquel café, donde respondí a todas y cada una de tuspreguntas. Empecé hablando de esa noche y de todas las que recordaba, de lafamilia y de los amigos que tenía, de los exámenes, de los empleos a tiempoparcial, de las canciones que siempre escuchaba… recité de memoria algunosdiálogos de “Smoke”, París volvió a brillar en calificativos y reedité lasúltimas cartas de amor y desamor recibidas, con todas sus comas.
A eso de las doce, cuando dejamos aquel nido, aún no sabíaquién eras, mientras que tú lo sabías todo.
Pero todavía no habías llegado al final de la historia.Dejaste de andar, tres o cuatro pasos más allá de la puerta. Yo también meparé, como si estuviera esperando algo. Comenzaba a hacer frío otra vez.
-Realmente,no saben lo que han perdido. – me dijiste al oído, después de mucho tiempo sin abrirla boca.
Te referías a los autores de aquellas últimas cartas … Nosupe si darte la razón o sonreír, restándole importancia. Pero entonces memiraste a los ojos de una forma extraña, a lo que me di cuenta de que tenías micuerpo sujeto, de espaldas a la pared de ladrillo.
-Y tampocosaben lo que van a perder desde este momento. – Tus ojos te delataron porprimera vez. Parecía que ya no podías contener la risa. Que, habías llegado alfinal y realmente estabas disfrutando. Seguía allí, clavada a la pared,mientras notaba tu lengua de hielo cada vez más cerca. – no tienen ni la menoridea… - tu risa era tremendamente dulce, pero tus dientes eran puro hielo,recién llegados de un país sin sol. ¿Nadie te lo ha dicho nunca?
Al otro lado de la acera, dentro del escaparate de unalibrería, Stephenie Meyer me miraba con una sonrisa que encontré preciosa.Preciosa e infame, al tiempo que el hielo que me sobraba y la sangre que mefaltaba me impedían gritar en condiciones. De todas formas, no había nadie paraescuchar.
Siempre había dicho que moriría, antes de escribir unahistoria de vampiros. Me equivoqué.
Primero porque desperté. Con la cabeza tambaleándose en elasiento de un autobús casi vacío, abrí los ojos y comprobé que toda mi ropaestaba en su sitio y no faltaba nada en mi bolso. Poco antes de llegar a miparada, me surgió la necesidad de preguntarle a alguien eso de “¿llevas hora?”,cuando los números rojos del reloj me revelaron que eran las 00:58.
Finalmente, bajé del autobús. Las puertas se cerraron y unachica guapísima, con la misma ropa que yo, y también el mismo bolso, dejó sureflejo a las puertas.
Distinguí a mi madre, esperándome en la parada. Mientrascruzaba la acera, paseé, como de costumbre, la lengua por los dientes. Noté quemis incisivos ahora eran como cristales de hielo, afilados y fríos. Y entoncesrecordé lo último que me dijiste, antes de marchar. Tus dos últimas palabras,con las que desapareciste, entre las sombras de la calle: “Úsalos bien”.
Desde entonces no dejo de temblar cuando pienso que puedallegar a hacer una locura. La primera ha sido escribir una historia como esta.Pero tenía que agradecerte de alguna forma que me quitaras ese velo detransparencia para siempre.
Escrito por laslibelulasingenuas el 31/01/2010 17:25 | Comentarios (3)
Quizá fuera Rufus, o tal vez Jeff Buckley... Es cuirioso, creo que nunca han sido tantas las voces que se han dejado guiar por otra tan particular como es la de Cohen. Pero en Zahara fue algo diferente, nunca creí que la escucharía gritar Hallelujah, como tampoco creí jamás que iba a poder escuchar Hallelujah en directo, y desde tan cerca... Fue único, sigo sin tener otras palabras. Y por eso, una vez recobré las riendas del instante, saqué la cámara y traté de averiguar forzosamente donde se encontraba el "modo filmación". Sin haberlo utilizado en la vida, pulse el botón redondo, sencillamente porque si alguno de todos esos tuviera que ser el REC, no sería otro que ese. Y funcionó. Cuando llegué a casa y saqué otra vez la cámara de su funda, me di cuenta de que allí estaba, de nuevo. Dentro de una pantalla minúscula, pero dio igual, porque tuve que acercar la oreja al objetivo para escucharla bien, con lo cual no vi nada, pero el recuerdo era mucho más nítido. Y hoy quería llevarlo hasta aquí.
Sencillamente, porque hacía ya mucho desde la última vez que recuerdo haber gritado Hallelujah (quizá fuera Rufus, o tal vez Jeff Buckley o Cohen, no estoy segura)... y porque ojalá otros tantos puedan empezar a murmurar algo parecido muy pronto...
Un Hallelujah por todos los que aguantan en Haití, para comernos entre todos cada segundo que les resta para volver a gritar...
Hallelujah
Escrito por laslibelulasingenuas el 24/01/2010 17:07 | Comentarios (2)
Antes creo que soñaría con jaulas, con cadenas, con trabajos forzosos... Antes quizá con zulos sin ojo a la luna, con paseos furtivos sin fuego ni manta polar... Podría llegar a soñar con falsos abrazos, con besos amargos, con unas mejillas que nunca caden a un pañuelo gris y sucio, con chocolate que desciende como lava por mi garganta, con caramelos rotos, como el cristal que corta y hace pedazos los sueños de los que sólo sueñan por soñar... Por no soñar por soñar, quizá sólo por eso, elegiría soñar con el pasado, con volver atrás, con hacer lo que no he hecho, quizá entonces ahora sería otra cosa distinta... Sólo a cambio de no soñar por soñar, lo que me parece inhumano, elegiría soñar con el pasado, pero antes que eso prefiero llenarme la cabeza de pequeñas infamias, de verdades crudas y de paisajes secos... Porque el pasado, sigue allí, sólo para llenar álbumes de recuerdos, pero nunca para llenar la almohada de sueños. Resultaría enfermizo, eso es lo que creo. Algo como tratar de atravesar la pared de hormigón armado de una celda para vez la luz, para salir del entuerto en el que ahora te has metido, nadie se molesta en imaginar cómo sería, porque todos sabemos que es tan difícil conseguirlo como fácil es caer en la red y soñarlo, de nuevo, soñarlo... Y de hecho, cada vez somos más los que caemos en la red, cada vez que advertimos que, después de todo, aún queda algo de polvo de hada en los viejos calendarios. Yo sigo pensando que ahora algunos de los fabricantes siguen entrando y saliendo con camiones al país de nunca jamás, para convencernos de que, en efecto, igual que la pobre campanilla, igual que la traidora de Wendy y el ingenuo de Peter, el tiempo se escapa volando, por la ventana, digan lo que digan sobre si está abierta o está cerrada. Me parece que este último año me ha sido de gran ayuda para fraguar esta teoría. Hace unos días, mientras releía por encima mi vieja agenda, poblada de exámenes, tartas de cumpleaños, citas sin otro fin que el de deambular hasta las nueve, cine matinal los domingos, listas de la compra que nunca llegaron a pasar del papel, palabras o canciones que dejan su huella sobre el barro del resto del día, garabatos en formas de corazón acompañando un nombre diferente cada dos meses o idas y venidas de escasos viajes, todo ello escaso equipaje para no saber lo que te puede esperar durante todo un año. Ahora no puedo evitar sentirme extrañamente más llena, que entonces, y también, como no es de extrañar, más vacía... Porque todos sabemos lo que hemos ganado y también los que hemos perdido desde último grano de uva, 365 lunas atrás, al que llevamos ahora entre los dientes, y lo único por lo que podemos cruzar los dedos es porque no nos atragantemos antes de tirar la serpentina y desearnos, de buena fé, feliz año... Porque la cuestión es que del resto de los días, no tenemos ni la más inocente noción de realidad. De veras, hubiera repasado mejor la música desde los Jackson Five hasta "Invincible" de haber sabido que a mitad de ese año, tendríamos que aparcar toda esperanza de ver a Michael bailar, allá dinde fuera, como nadie nunca supo bailar, sobre su trono. No tuve tiempo ni de conocer Billy Jean hasta que quedara entre el hospicio de la memoria y el recuerdo de tantos fans... Muy probablemente, habría querido exprimir las horas junto a quienes, inconscientemente tenían las suyas contadas... Quizá tampoco llegaría a reparar, nunca antes, en la idea de cambiar un viejo sueño oxidado, por otro, en tan sólo un instante, como tampoco esperaba decubrir que la amistad es algo que, por mucho que agarres, puede terminar como pedacitos sobre la alfombra, aun sin haberla soltado, tampoco esperaba descubrir que, después de todo, eso no fuera amistad, sino algo predestinado a escaparse de tus manos y romperse antes tus ojos cada vez más empapados en recuerdos a la sombra de un farol. Para levantar un poco estas pupilas, prefiero quedarme con todo aquello que nunca esperé encontrar, y que ahora sólo espero no perder nunca en el olvido, ¿Quién podría decirme a mí a quién iba a conocer, cuantas nuevas canciones me harían vibrar o cuántos libros me hicieron desear ser un personaje de dicha historia? Quisiera que volvieran, este año, otras tantas razones para sonreír, como aquellas que me regaló el calendario del año pasado, que vuelvan las palabras, las historias y los momentos que me hicieron viajar sin otro propósito que el de seguir sonriendo... Que regresen por donde quieran, flotando entre las motitas de polvo de hada que cubre las páginas del calendario, pero definitivamente, que no vuelva a soñar con esas hojas arrancadas, antes que perder la mirada allá donde queda lo que ya pasó, prefiero mirar al frente, aunque no consiga ver nada... Por eso, mi consejo es, si algún día, sea cuando sea, tienen la oportunidad de viajar a través del tiempo, no lo hagan de no ser que quieran estudiar más a fondo a los dinosaurios o a los caballeros templarios. Porque todo cuanto queda a la trayectoria inversa de las agujas del reloj, deja de pertenecernos. Ahora esto es todo cuanto tenemos, y sea lo que sea, cada día tenemos una nueva oportunidad de levantar el vuelo, porque cada página está impregnada de polvo de hada.
Escrito por laslibelulasingenuas el 09/01/2010 21:25 | Comentarios (0)
A mis padres, a Lorpi, a la yaya, a mis Blancas y a Lola y todas sus amigas panaderas... Por creer en mí, a vuestra manera...
Esta tarde Tengo la mirada triste y poca fuerza en los dedos Quizá debería haberme borrado un poco mejor las marcas de eyeliner... pero ¿Adónde voy con ese cuento de la tarde anterior? Esta tarde El ánimo se echa de menos dentro de este cubículo al fondo de la buhardilla, pequeño, solitario, atestado de páginas de libros dispares, exámenes sin terminar de corregir, insignias de la Universidad de físicas, calendarios, notas de agenda grabadas en cualquier esquina y otros tanto objetillos de valor únicamente emocional... Oscuro, muy oscuro... Sólo al fondo la vieja pantalla habla de fotones y de rayos gamma Al otro lado de los altavoces, Norah Jones entona "Shoot the Moon" como no lo había hecho en años, y sobre el teclado mi dedos nuevamente descubren que hoy la fuerza no les acompaña... Y por lo visto a mí la suerte tampoco... En efecto, esta tarde tengo la mirada triste y poca fuerza en los dedos... Quizá debería dejar de pensar en los amigos que tenía, Quizá debería dejar de evocar la azotea del Crisler Building en vez de este suelo recién aspirado, sin mirar nunca otra cosa que la sombra del puente de Brooklynn flotando en un Hudson, inundado de luz... Pero todo es un cuadro, más o menos logrado. Soñar es algo, yo diría que lo único que todos podemos hacer más o menos bien, La voz de Norah, que nunca defrauda, remueve ahora el aire con "Lonestar" y me da por pensar adónde me llevarán estas historias, trato de evitar imaginar si acaso toda esta serie de diapositivas en las que sonrío sonrío mientras escribo, tan sólo escribo y nada me detiene... ¿Será todo esto acaso una perdida de tiempo? He intentado retomar esas tres entradas, las tres últimas, antes de esta las que hasta ahora no he podido acabar, todavía no he llegado a entender por qué siempre pierdo el centro de gravedad de las palabras... ¿Será todo esto acaso una perdida de tiempo? Algo pasa en los altavoces... ¿Quién fue el que le mandó entrar a Sinatra aquí y más aún con "My way"? Justamente me viene a la cabeza ahora mismo, ese tipo no Sinatra, ese tipo del acordeón que se ponía en tiempos en la puerta del Corte inglés de Independencia y tocaba siempre canciones de otros canciones míticas pero yo siempre que pasaba, de la mano de mi madre, siempre escuchaba "My way" y siempre le echábamos medio euro, o así dentro de un sombrero que siempre dejaba en el suelo y se olvidaba de él mientras tocaba siempre canciones de otros. Dudo mucho que ese tipo haya vivido siempre de su sombrero puedo imaginar que él amaba la música o quizá él amara a Sinatra, o quizá, simplemente amara su acordeón... He pensado que quizá debería comenzar a pensar como aquel tipo, y eso realmente me ha ayudado bastante... si quieres terminar lo que has empezado, hazlo, pero no ahora, no lo tomes como un castigo, no te exijas, no creas que no das más de lo que te tienes que dar. Si crees que ahora no es el momento, siempre habrá otro mejor. No debo odiar lo que hago, ni estallar, ni perder la fuerza, ni la alegría que tenía... Disculpadme, estoy empezando tan sólo empezando a hacer lo que me gusta hacer... A mi manera... no podía decirlo de otra forma. A mi manera escribo y cuento esta clase de historias... porque esta, y sólo esta quizá sea esta mi única manera de perder el tiempo pero habrá sido antes mi manera de sonreír, mi manera de amar, y de soñar... existen tantas "maneras"... tantas como cada ser humano pueda elegir, o quizá más pero yo he elegido esta, esta manera de crecer. Sólo ahora, sólo a través de la oscuridad, creo imaginar como mis ojos centellean, mis dedos están ya algo fríos, pero no por eso han perdido la energía... Vuelvo a pulsar el botón del Play y dejo que "My way" empiece y termine De nuevo todo gira. Por un momento temía haber empezado a odiar las historias, a aborrecer el delicado arte de plantearlas, escribirlas y contarlas... Por un momento...
Que sea, pues, por el fin del fin de ese momento Por el tipo del acordeón, y todos los de su hornada Por todas las historias, contadas y por contar Por seguir creciendo Y por que nuestros ojos puedan desafiar por fin toda una hilera de bombillas y luciárnagas...
FELIZ NAVIDAD
Escrito por laslibelulasingenuas el 27/12/2009 18:33 | Comentarios (0)
Quisiera decirte que no fue la primera vez que tuve esa sensación. Por eso la reconocí al instante, cuando se presentó allí mismo, sin ahorrarse para nada un matiz de brusquedad. Me atrapó un segundo después de irrumpir el ruido del timbre, que parecía romper las páginas silenciosas de los libros acurrucados en las estanterías. Durante un instante, lento y amenazador, pero de menos de la mitad de la mitad de un segundo, las horrendas mesas verdes, heladas al contacto con la piel de los fieles estudiantes parecieron cojear, temblaban los muros y el techo de la biblioteca, mantenía como podía el equilibrio, como si debajo de esas dos baldosas hubiera sólo vacío. Todo el que rondaba entre aquellos libros, entre aquellas mesas, entre los muros, el techo y el suelo, se me volvió por un momento de plástico a medio fundir, plastilina, chicle pasado por las manos de un artista... sus cuerpos temblaban, adoptaban mil formas, se desacían y volvían a componerse, no sin antes haber pasado por un aspecto terriblemente chernovilesco. En realidad no todos... Tú eres el responsable, tú lo has creado, todo ello lleva tu nombre. Tu dichoso nombre... Sé que mentiría si te dijera que he aprendido a mirarte, entiende que, por un instante que lo intente, todo parece venirse abajo, todo se desmorona y se dehace, porque ni siquiera sé exactamente a donde quieres llegar con esos ojos oscuros que nunca van más allá de las esquinas, de las paredes, de los huecos vacíos. Estaría de coña al imaginar que tienes idea alguna de todo lo que son capaces. Acerca de lo que pueden hacer girar, temblar y esa manera tan suya de dejarme helada... de eso tu no sabes nada. Esta mañana, sin embargo, me he atrevido a pensar, simplemente por retar mis niveles de inocencia en sangre, porque de todas las veces que te encuentro pocas son las que encuentro algo más que vacío, me he atrevido a pensar que era yo la posible sonrisa , la protagonista de esa foto que disparas cada vez que parpadeas. Por suerte, todo ha ocurrido a la velocidad de una diapositiva, y al parecer ese momento ha sido el fotograma clave para el resto de la película. Con las pupilas ciegamente dilatadas, campando en el vacío que perdonan esos libros de los que nadie se acuerda de la última vez que fueron abiertos. Mis dedos, reprimidos de tanta fruición, bailotean sobre las rodillas, que parecen estallar, sacudidos por un eufórico tembleque. En aquel mismo momento, un violento tifón de incertidumbre, comenzó a sacudirme el pelo, de modo que cuando llegué a clase, a tan sólo un piso de escaleras de la biblioteca, debí de imaginarme como una minúscula Tippi Hedrenn de pelo castaño que se defendía con un par de cuadernos y un grueso libro de Historia Contemporánea de los ataques letales de las gaviotas desquiciadas. Fin de la película.
Pero la mañana se prolongaba; las horas entran y salen, y los profesores parecen más que nunca una tropa de magos desequilibrados que sacan constantemente nuevas leeciones, nuevos apuntes, como si fueran pañuelos de colores dentro de sus chisteras. Nada más levantarme, incluso antes de acostarme la noche anterior, supe que aquella mañana se haría tremendamente larga, así pasaba todos los viernes, más aún cuando Lorpy se presentaba, recién llegada de la estación, a la hora de comer, más aún cuando lo que venía acontinuación no era un breve fin de semana, sino un inmenso puente de cuatro días. Lo que nunca llegué a imaginar es que lo últimos minutos de cada clase resultaran interminables, por el hecho de que tú terminabas colándote en el aire, en estado gas eres invisible e inreíblemente rápido, por ello te expandes vertiginosamente por mi cabeza a cada pero inevitablemente, todo fluye, y la jornada termina con la escena de todos los días. Y después de tantísimo tiempo sin hablarnos
Escrito por laslibelulasingenuas el 13/12/2009 23:29 | Comentarios (0)
No sé qué hora sería anoche cuando me dio por pensar que no me vendría mal un cambio. Y es cierto que pronto tendré que ir dejando de marear las neuronas, al menos aprender a hacerlo más esporádicamente. Por suerte aquella idea surgió de una forma diferente. No como los clásicos gusanillos desquiciados, parecidos al muñequito del packman, que conforme avanzan por tu sistema nervioso van engullendo todo tu razocinio en pequeñas porciones. La idea del "petit change" apareció de repente, pero en cuanto la descubrí, supe que probablamente llevaba allí mucho tiempo, como un capo de la Camorra que pudiera pasarse días aguantando el tipo sobre una columna de hormigón, esperando a que pases por delante para terminar el trabajo cuanto antes. ¿Cuántas veces me habrán dicho que tengo que dejar de darle tantas vueltas las cosas? Quizá todo se remonte a una época en la que se pusieron de moda las peonzas. No tengo ni idea de cómo nos pondríamos de acuerdo, pero, así, como una fiebre, rápido y sin avisar, todos salíamos al recreo con nuestras peonzas en la mano, corriendo a buscar el mejor sitio, contando los segundos que faltaban para el primer despegue, mirando cuál se mantenía en pie durante más tiempo... No esperé mucho tiempo antes de hacerme con una, de plástico duro, de color verde bosque y con una cuerda bastante cutre para impulsarla, no muy diferente a las que llevaban todos. Sin embargo, en pocas semanas todos los niños del colegio descubrimos que hacer girar el trompo había dejado de ser tan divertido. Pero, pasando de tendencias escolares, entre las cuatro paredes de mi cuarto, yo seguía fascinada con su desarriagado movimiento rotatorio. Puede ser que por eso siempre haya tenido cierta tendencia a complicar un poco mi rutina, acostumbro a pensar las cosas dos, tres, cuatro veces esperando encontrar finalmente ese estado de asombro como cuando observaba girar el trompo y el mundo se concentraba en mis dos ojos, abiertos como platos y en la trayectoria del artefacto: nada más podía estar sucediendo en aquel momento... o al menos a mí me gusta pensar eso, es la excusa que siempre pongo para disculpar algunos aspectos de mi manera de ser. Lejos de esa historia infantil, he de volver a la cuestión del change: repentina, como ya he dicho, nocturna, quiero recordar, pues me abordó a eso de la una y media, allá cuando la luna ya llevaba unas horas jugando con los sueños de la gente, y quizá fuera nuestro malvado satélite quien ejendró aquella decisiva paranoia. Por muy insignificante que pudiera suponer, había de distorsionar una parte de la realidad, principalmente porque hacía tiempo que me había dado cuenta de que ésta misma estaba tomando nuevo rumbo, sin haberme dicho nada, me gustara o no. Y lo cierto es que el cambio que habían dado las cosas no me hacía mucha gracia, todo iba tan bien como estaba... Por otra parte, observando el escritorio, al fin vacío y el flexo apagado, me sentí como una de las pocas supervivientes de un violento seísmo donde las sacudidas tomaban forma de exámenes y trabajos. Recordé mi promesa de darme un digno baño de espuma, confeti y aceites esenciales, una vez el hipocentro de la primera evaluación de cuarto de la ESO hubiera quedado en calma hasta nuevo aviso... Llevaba algo así como un año y medio sin bañarme (ojo, no me imaginen despiadadamente llena de porquería, porque bañar no quiere decir lo mismo que lavar), desde aquella noche en el hotel Crowne Plaza de Berlín, pero era demasiado tarde para abrir el grifo, esperar que el agua tomara temperatura, aguardar a que la bañera se llenara sin remordimientos sujetos a cuestiones de moral ecológica, por no pensar en lo que podía ocurrir si me quedaba plácidamente dormida dentro del baño y el agua enjabonada inundaba mis orificios nasales... No, deinitivamente la idea del baño la dejábamos pendiente, pero había que hacer algo, de lo contrario no dormiría tranquila. Miré alrededor sin hacer ruido durante un largo rato y comprobé que en el resto de habitaciones, todos esperaran acurrucados entre almohadones y poca luz, la llegada del primer día del puente. Debió de ser por aquel momento cuando mis ojos, que cuando caminan amparados por los cristales, cada vez más gruesos, de mis gafas, parecen creer que nada se les pone por delante, repararon en la banda desnuda y uniforme que había pegado sobre lo que antes fue mi cenefa, buscando tapar esos dibujos ya irreconocibles de gallitos, gallinitas y pollitos que, según creía me iban a impedir crecer sin traumas.
Escrito por laslibelulasingenuas el 05/12/2009 16:59 | Comentarios (0)
No hace falta que cuente los días desde la última publicación... ya sé de sobras que llevo mucho sin esbribir, ni aquí ni en ningún otro sitio (bueno puede que algún comentario en facebook, pero...). Jugando a personificar este rincón oculto en la blogosfera, puedo decir que quizá las libélulas me echaran ya de menos, como pudo echar de menos el teclado el contacto con mis lazos dactilares, tropezando torpemente entre las teclas, delatando mi turbio pasado en la materia de mecanógrafa... Y, casi de puntillas, las ideas, aún presas de pánico en esta jaula de pasiones en sombra escapan de puntillas, pasando sus frágiles cuerpos de insecto entre los huecos de los barrotes... Libélulas ingenuas... eso son mis ideas, aún sin poder creer que por fin ven la luz y vuelan para perderse en la opinión publica (qué gracia, no??) que tan fácil como las liberó, les cortará las alas... Casi podría decir, de no ser las 23:54 y llevar en mente, la incertidumbre de si mañana por la mañana me acordaré de lo que he soñado (soñaré) está noche, impulsada por la inquietud de comprobarlo cuanto antes, casi podría decir que echaba de menos escribir en este rincón. Pero si he vuelto, por algo será, ¿no? Sí, debía de escribir algo nuevo, y no es que nadie me lo haya pedido (francamente, sería, maravilloso que alguien me lo pidiera..., pero no), y cómo comprenderéis, no estoy como para depender de las exigencias de una legión de mariposas presidiarias y otros bichillos salvajes que sacuden (y qué ganas) a estas horas de la noche mi razón para contarme qué se yo qué quieren contarme, hablan todas a la vez... Muy propio de mí, poquito antes de ir al sobre, y todas las neuras en vela... Pero quizá tengan razón... El día toca su fin, de hecho, a lo tonto ya nos hemos pasado doce minutos por delante del día siguiente... Nunca lo hago, hoy por supuesto, también se me ha pasado, pero muchas veces pienso en contar un día todas las palabras que he dicho... A todo el mundo, valen todas, mientras hayan sido pronunciadas en voz alta. Y sí, que en mi caso, no serán muchas, pero la conclusión es que incluso a las tantas, me quedarían otras mil y pico por decir... Qué serían más del triple. Y aquí en mi caso, como podéis ver casi es mejor ahorrarse el experimento, pues siempre queda por ahí una historia u otra que liberar. Vale la pena reconocer que le doy la razón a mi intuición: echaba de menos escribir en este rincón. Pero no es la nostalgia el único motor de esta intervención, y es que estamos a jueves, bueno, a jueves a las tantas, lo que podría considerarse un viernes amateur, y los primeros metros de mi paseo encuentro la sombra del farol que me indica la dirección de una nueva huella. La huella que sólo puede dejar uno entre tan pocos comentarios. No creo que en un futuro próximo lleguen a ser muchos, pero uno tras otro denotan la presencia de lectores confesos... ¿Saben lo que pueden llegar a significar para una aficionada esas dos palabras juntas? También fue pues, entonces el comentario de Patri, adosado a los otros dos de Nora y Ley, lo que rompió las cadenas y me catapultó a la estratosfera de historias en la que para flotar, sólo necesitas teclear fuerte mientras cortas tus redes y dejas que los bichos huyan lo más lejos que puedan. Lo cierto es que no termino de explicarme que lo que digáis sea verdad... Me llenan de emoción esos comentarios vuestros... Me gustaría que esto no sonase a frase hecha llorera, topicazo lacrimógeno o como prefiráis llamarlo... eso de "me llena de emoción", pero es que puede que a veces sea la mejor forma de explicar las cosas, mediante frases hechas... El otro día me metí al cine con mis padres y vi "Si la cosa funciona", y bien, pues el prota decía lo mismo... si te pasas toda la vida buscando que los demás te etiqueten de original, cuesta admitir esto último, pero es cierto, ya lo creo... Y este topicazo que me cobrado no podía encajar mejor, reconozco... Me encanta escribir, a veces me gusta lo que escribo y otras veces siento que no doy más, por mucho que lo intente. Pero la mayor parte del tiempo desconfío de todo esto que dejo grabado en el blog y rápidamente empiezo a temblar de frío, y eso es del temor que me produce abandonar, tarde o temprano, no publicar nada (N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, ) en décadas y darme, un buen día, cuenta de que no se me ocurre nada (N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A,N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A,N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A, N-A-D-A,). Darme cuenta de que no hay forma ni manera de romper las cadenas, de cortar las redes, de sacar los bichos fuera, ya entendéis... Quizá entonces no pueda volver a escribir todo eso que yo entiendo por belleza, en ese caso seguro que nunca llegaré a entender si hubo algún día belleza en lo que escribí (lo que tampoco me sorprendería, llegados a una edad, porque ahora que lo miro por encima las demás entradas no veo más allá de los escuadrones de puntos suspensivos que últimamente me reclaman sus derechos de autor)... Pero cuando leo (y con mi más nítida seña de amor propio reconoco que releo)... y releo los comentarios que dejáis como huellas de vuestro tiempo perdido bajo el mío, puedo confiar llegando a veces a estar segura de que ese "entonces" que congela y asfixia a parte iguales todos los recobecos de este lugar, queda aún bastante lejos... quizá tan lejos que nunca llegue, y por tanto siempre encuentre un sentido a lo que escribo. (Y, por favor, que esto no suene a frase hecha llorera/topicazo lacrimógeno, ahora si que lo pido por favor ) Esta claro que sois vosotr@s quien dais gran parte de sentido a estas historias. Gracias por leerme, a tod@s. Así que estos va para vosotr@s, para los dos o tres que se pasan por aquí de cuando en cuando, y para los que llevan intención de hacerlo... (prescindo de ese tipo de siglas prefrabricadascomo OKM o NCN... para eso está el msn), para los que tan bien conozco. Porque conoceros a tod@s fue como un cuento precioso del que ni el más digno Pulitzer podrá arrancar unalínea...
Escrito por laslibelulasingenuas el 27/09/2009 16:30 | Comentarios (2)
La gente simple, los que siempre tienden a contestar eso de "sin pena ni gloria" al otro lado del auricular cuando se les ha escupido, casi sin ser consciente un "¿qué tal todo?", son esos que sólo se dejan perturbar por los grandes cambios y que, un buen día, sin previo aviso, se ahogan en un vaso de agua. Para ellos no hay cabida para el detalle, por muy cerca que lo tengan. Lo sé, la convivencia diaria con un genio físico-matématico me ha hecho consciente de ello. Las personas más superficiales nunca se molestarán en cavar más hondo, son los que prefieren la visión de las cosas tal y como se las presenta, y no pasan más allá de lo que se ve a simple vista; precisamente porque sólo logran quedarse con los más pequeños detalles, dentro de la mínima importancia que pudo tener ese mar de frivolidad en el que aguantan sin intención de salir a flote. Lo sé, claro está, no encontrarás más de estos en ningún otro lugar que no sea un instituto. Por otro lado, los simples detallistas, apuntan con sus ojos a una perspectiva más compleja, pero al mismo tiempo, también mucho más sencilla, pues saben mirar, buscar y encontrar los pequeños detalles sin olvidar nunca lo que realmente importa. Lo sé... o al menos eso creo, al tener la suerte de incluirme dentro de ese grupo mayoritario... Sí, me autoproclamo una simple detallista.
Sin embargo, dudo que nadie que se incluya o se deje de incluir dentro de cualquiera de esos tres grupos haya podido tener en cuenta lo mucho que puede afectar el más mínimo detalle al resto de zurrufalla que en un principio se consideraba como, ¿cómo era?, Ah sí... "lo que realmente importa" Y lo peor es que, sólo después de tragarte la burla que se ha cobrado contigo el desdichado detalle, caes, amargamente en la cuenta de que te la había colado hacía mucho tiempo, quizá antes de que te plantearas sentar cabeza y ocuparte de los asuntos mayores... Y ahora... ¡Somos incapaces de distinguir cuatro gotas del diluvio universal!
La cosa es que, mientras paseo la vista por las tres o cuatro entradas que publiqué aquí, dentro de las cuales me dedicaba a escribir en lengua francesa, sólo para terminar diciendo que a ver si conseguía aprobar en septiembre el examen de francés, caigo en la cuenta de lo que me llevó todo aquello... Y, sí, es cierto que aprobé aquel examen para el que tuve que levantarme expresamente pronto justo cuando más valía la pena apurar durmiendo casi hasta que los vecinos hubieran terminado de comer... Nunca supe con qué nota, pero aprobé aquel examen, y no fue difícil... sólo había que escribir dos redacciones, una más larga y otra más corta... Me alegré tanto de haberlo hecho bien que... Eso empezó siendo "lo verdaderamente importante" del asunto. Por otra parte teníamos el rollo de la matrícula... o si no, ¿por qué examinarse si no pensaba cursar el próximo año? La matrícula también era importante, y por eso, repasé repetidamente el formulario una vez rellenados los campos, busqué, lupa en mano, sobre el mapa de mi memoria para terminar recordando dónde habría dejado yo el carnet de la escuela de idiomas, y fracasé en mi intento por no devanarme mucho más la sesera a la hora de elegir día y hora... Pero, en el fondo, eso no era ya importante... había aprobado el examen y empezaría este año otra vez el curso, lo que es decir, que no habría que repetir, ni quedarse en casa con la tenue convicción de que lo que aprendes en el instituto te va a servir de algo... En definitiva, y lo que es decir: estaba preparada, más que nunca para empezar 2º de básico.
Sí, lo habéis adivinado, aquí es cuando llega el "pero", menos de veinticuatro horas después de preparar el resguardo que mi madre habría de entregar en el edificio a la mañana siguiente... ¡Qué pocos rodeos se trajo mi madre para explicármelo todo! Calculo que de dos a tres líneas de Word le llevó declarar, terminó antes de que me diera tiempo a descargar mis hombros del peso de todos los libros. - Bueno, puedes tener suerte si alguien renuncia y no hay demasida gente en lista de espera... - continuó, esta vez vocalizando algo más y con dos palmos de optimismo de cartón piedra. Sí, bueno, todos tendemos al final a colgar de las palabras "lista de espera", ¿no? Nunca antes podría haber llegado a saber que había faltado a clase 50 veces, (sí, no es una hipérbole, 50, exactas y contadas), de hecho creo que como alcanzaba a saber, me quedé en 39... ¡Pero no! Del 39 llegamos de un saltito al 40, y una vez allí, ¿qué importaban 10 faltas más? Lo que sí me hubiera gustado mucho llegar a saber un poco antes, era el enredo de que valía con 49 faltas para anular tu solicitud de matrícula hasta el año que viene.
Lo dicho:¡Somos incapaces de distinguir cuatro gotas del diluvio universal! Ya es tarde para justificar ante vos, una por una, todas esas faltas... Pero toda esa infamia de nohaberlosabidoantesdeengancharmeahacerredaccionescomocrioquebebeleche me lleva dando cuerda desde el día que me enteré de dicha imposibilidad, y tengo que serenarme echando al aire todo lo que llevo dentro: Lo primero: que no me arrepiento lo más mínimo de haber hecho todas aquellas redacciones (las que veis y las que no). Depués: que si no hay chance con la lista de espera, no hay prisa hasta el año que viene. Y lo último: que, por lástima o por chorra, jamais de la vie nos haremos una idea hasta qué punto puede llegar el más recóndito y necio de los detalles. Al fin y al cabo toda tormenta empieza con cuatro gotas... Pero es que 50 de 49...
Escrito por laslibelulasingenuas el 23/09/2009 19:05 | Comentarios (0)
Por una parte la creía que la cosa no había sidoplanteada a conciencia. Pero solo despuésde escuchar el último timbre, me dicuenta de la suerte que tenía de empezar elinstituto en viernes. Cierto es quenada les costaba habernos dejado prolongar esos días de agonía hasta después delfin de semana... pero entonces hubierasido ya lunes, y ese bellísimoexperimento de preguntar la hora a la compañera de al lado, y que en ese momentoel murmullo cada vez más fuerte de la campana haga innecesario que la chica responda:"son ya y veinte..." no hubiera contado ni de lejos con tanto éxito. Ya lo creo que fue una suerte, y pensar que ya era viernes... y sólo elprimero.Y que, aún hambrienta, agotada y cargando con la cabeza espesa como elbarro,e sa niña que ronda por allí dentro sacudía al aire su melena mientrasdescendió deprisa, sin preocupación, por los carriles retorcidos de una montañarusa comosólo las había en el rancho de Michael Jackson. Me contuve las ganasde hacer cualquier locura en honor a ese momento cuando crucé la puerta de laclase porel lado contrario por el que lo había hecho a primera hora."Correntiempos de prodigios", me dije convencida... Así describiría, sin rodeos, el primer día de esta nueva etapa de la cualaún quedan muchas cartas sobre la mesa, pero no quiero hacerme más preguntas,esinútil, como tampoco sirve de nada desearme toda la suerte del mundo eneste curso, de hecho, ni siquiera trata de esto el artículo, sólo es unaobertura delo que en realidad vengo a contar.
Como es natural, el hechizo del viernes no termina hasta que te echas adormir para esperar a que el sol del sábado ponga la primera rayita de luz en tucara.Pero mientras el calendario no pase página, sigue siendo viernes y, porlo general, cada tarde, te pide a gritos que salgas a hipnotizar las acerascontus pasos de hormigón. Claro que respeto a los que se criaron el unpueblo,pero, à mon avis, Nada como la ciudad. Mi padre para el coche y se despide de nosotras hasta poco más tarde. Nos escabullimosen una perpendicular al paseo Cuellar y nos abrimos paso entre las sombras y loscoches de nuestra ciudad.
Yentonces es cuando ocurre.
Empiezo a ver Manhattan flotando entre el Hudson y el Este cuando miro el horizonteque nos dejan las bocacalles del paseo Sagasta, y el eco de la multitud golpeaen la herida que ha dejado entre el Ebro y el Huerva. El verano va diciendo adiós, aquí y allá el mercurio alcanza el toca el 30...Laiminente llegada del otoño ni se intuye, el calor nos abraza, resignándose alfin en su lucha por detenernos. Nos adentramos en el parque Miraflores, donde todos los bancos quedan libres.Nadiese da cuenta de las llamadas ininterrumpidas de los árboles, esasescasas especies de bosque mediterráneo que claman nuestra atención a través delos pájaros,cada día más mudos. No corretean las ardillas entre sus gruesasramas, ni te salpican los patos con el agua de su estanque imaginario, sinembargo guardoen los ojos la imagen inmóvil de un Central Park aún pordescubrir. Y al salir de este bosque de papel y después de callejear un rato yllegara Gran Vía, creo distinguir la Quinta Avenida en más calmaque nunca. En todo su esplendor se extiende por detrás ese"UpperEast Side" que aquí llamamos Paseo de la Constitución, dondelos ojos delos vagabundos siempre apuntan a lo más alto, y los sueños de losdemás se recogen la tarde siguiente en los balcones de los pisos más caros. Y toda la calle abajo, entre aceras, y semáforos en verde, los chicos quemiras no te devuelven la sonrisa, ni siquiera la mirada, los taxis no sonamarillos,en su lugar hay buses de línea... Las sensaciones son cada vez másextrañas, puestos a comparar... Mira, otro McDonald's, un Subway por aquí, ¿Dóndehan idoa parar las casas en fila que ilustraban las pelis de Woody?, ¿Ylos rascacielos que tanto citaba Paul Auster? Anda, mira, aquí está la Séptima Avenida, ¿Es realmente mucho más grande queelpaseo de las damas? En la esquina con León XIII hemos quedado con mi padre.Doschicos muy morenos se plantan en nuestras espaldas y mi hermana nos adviertesupresencia aferrando su bolso y toda la compra... "¿Qué pasa, es quecreesque te vamos a robar?", amenazan con enseñarnos sus dientes justoantes dedesaparecer en la tienda de enfrente. Cuanto se han movido desde elBronx... ¿Sigue siendo tan fácil perderse en Nueva York cuando te has criadoallí?Lamento decir que rara vez es cuando no preciso de unas nocionesintensivas del callejero de Zaragoza. Pero esa vez me encaminé hacia el cochecon todaseguridad de que lo que pisaba una por una las baldosas de cemento quesehabrían paso entre el bullicio del Paseo de la Independencia, y no entrelalocura de Broadway... El niño que sonría desde el carrito que llevan sus jóvenes progenitores, arrastrandosu fugaz jovialidad entre transeúntes que descansan sus sueños enla pared,esperando la cuarta moneda de 0,10 en su viejo y pesado sombrero, esa jovendelgaducha que conduce su bicicleta por la acera sin rozar el manillarcon lasmanos, a la sombra de la calle, los negros con sombrero que hasta enveranoprecisan de una manta, el lado más marchito de la adolescencia quesiempreencuentra el motivo que sea para no sonreír ni ver más allá de esosojos, negrosa la fuerza otra idea que no sea la de la autodestrucción... Sí,probablementeese niño mañana mismo aprenda a decir la palabra"cosmopolita", si esque consigue escapar de los tabúes con los que crecerá. El coche está aparcado donde casi siempre, en una de las calles muy cerquitadela puerta del Carmen, casi me he olvidado de hacer comparaciones con laGran Manzana...Sin darme cuenta había empezado a recrearme en la ciudad delos rascacielos, e, de forma igualmente inexplicable, me volví al otro ladodel charco, donde todo era ni más ni menos, lo que era. Una vez te haces conella, no es fácil perderte en Zaragoza... Al menos si estás en el centro. Pero cuando vas en coche, la cosa cambia, empiezas a rodar por calles porlasque nunca andarías, tus ojos reparan en sitios que nunca antes habíaspodido pensar que allí estaban. Serían las siete y media o así cuando volví a reconocer la silueta de laestatuade la libertad iluminada. Es difícil explicarlo si en esta parte deAragón (y,por lo que sé, en ninguna más) no tenemos ni puerto ni mar... perocuando veo unavez más a través de los sucios cristales del coche, pintarse delejos las aguasmarrones del Ebro, el juego de descolocar a mi parecer ignorante los pocosrincones que conozco de oídas de Nueva York se vuelve,nuevamente, una obsesión.La célebre estatua ha cambiado, eso desde luego. No sólo de tamaño, sino tambiénde forma. Aunque para mí sigue siendo igual de majestuosa. Falta un cuarto dehora para las ocho de la tarde... doy un mínimode ocho horas para que al menosuna gran parte de los zaragozanos hayamos sucumbidoa las plegarias del sueño,será entonces cuando los dos pesados leones que aguardan la ciudad a la entradadel gran río despertarán de su estado pétreo y vagaran por las calles dos o tresveces, velando por nuestra protección. Sólocuando noten el primer rayo de soldeslizarse sobre su pelaje de hormigón regresarán e su altar y tras un rugidograve y rotundo desde allí arriba, laciudad se irá despertando vagamente lamañana de un sábado, para lo que ellos ya habrán pasado a ser otra vez otromonumento que fotografiar a lo largo de un día de letargo y espera. ¡Qué curioso que no hubiera pensado esta historia antes! Por supuesto,la inspiración sólo podía venir de un sitio... Recordé, entonces, algún párrafodeCarmen Martín Gaite en Caperucita en Manhattan que contabaprecisamentelo mismo, la estatua de la libertad, sí, estaba claro... Por fin lahabíaencontrado. Pero en ese instante, la pregunta era ¿cómo había llegado a pensar todoaquello?¿Es que me cansaba realmente de Zaragoza? ¿O es que lamentaba haberdespilfarradolas vacaciones entre Francia, Andorra, el pueblo y la playacuando la GranManzana pedía a gritos cegar mis ojos con las luces de susrascacielos? A través del puente de hierro esas y otras muchas teorías rondaban por la cabezade una chica que descansaba en el asiento trasero de un Xsara Picasso enbuscade la más mínima duda de encontrase al otro lado del Atlántico. Gente de todaslas edades se desplazaban haciendo footing hasta donde quiera quefuera... ¿Sería así de largo el puente de Brooklyn? Apoyada en las fiebres tifoideas de mi imaginación, el célebre distrito sehizo mucho más pequeño y mucho menos luminoso, pero seguía siendo Brooklyn, ¿ono? Los rascacielos eran más cortos, los taxis quizá fueran allí blancos, ylas calles más estrechas... Había pizzerías, bares de copas, centroscomerciales,no faltaban las farolas... hasta de vez en cuando se veían luces deneón. Hacía tiempo que había decidido parar, conversaba con mi hermana, luego seuniómi padre, estuvimos así un rato por esa especie de Brooklyn queaquípreferíamos llamar Actur, luego un silencio impregnó la tapicería delvehículo.Traté de no pensar en New York otra vez, ni en los cuadernos que teníaquecomprar para volver al instituto el lunes... Esperé, simplemente a que alguien rompiera el silencio y, finalmente esealguienfue mi madre: - Habrá que llamar a vuestra prima antes de que se pase el día... - ¿Cuántos hace ya? - preguntó entonces mi hermana. - Creo que... - Catorce, uno menos que yo. - Inquirí. - Catorce, es cierto, siempre al empezar el curso, el once de septiembre... -Norecuerdo quién dijo eso, pero creo que no importa, porque allí estaba elquid dela cuestión.
Lo había visto ya en la tele, cada vez hacían menoshincapié, pero desde entonces ningún año faltaba el recuerdo a las víctimas dela masacre del 11-S.
No lo había olvidado, es más, llevaba toda la tardecon la cabeza perdida en Nueva York, y a eso se debía todo. Lo sabía, ¿Cómohabía podido…?
En el corazón del Actur habían levantado un pequeñocomplejo hotelero que hacía las veces de bloque de oficinas al que, en memoriadel en tiempos más alto habían llamado WTCZ, siglas que corresponden a WorldTrade Center Zaragoza.Como es de esperar, allí estaba cuando volví la vistahacia el otro lado… Fuetremendo.
No era fácil llorar, además, aquella tarde me sentíaespecialmente contenta. Había pasado casi tres horas seguidas de paseo con mimadre y mi hermana, me había comprado una camiseta preciosa, me había tomado unainmensa copa de batido deleche merengada en un pacífico local que se dejaballamar por el nombre de“Ferrara”, había sonreído y abrazado a mi padre alvolver a encontrarlo horas después… Además, aquella noche iba a ir al teatro yme adoraba eso de llenar el día de tal forma que terminaba sintiéndome algo asícomo la dueña de la ciudad.
Me mordí el labio inferior al pasar por delante deledificio. Una construcción moderna, aunque también algo sobria, de finos murosacristalados sumidos en unclaro oscuro misterioso en ese día cada vez máscorto.
Procuré evitar el temor de que en cualquier momento unavión pudiera estrellarse enpicado contra el modesto “rascacielos” y llenar encuestión de segundos elinterior de mi coche con sus vapores mortíferos.
La angustia de escapar de allí me acobardaría antes deasfixiarme… Cuando dejamos atrás el WTCZ, desée que la máscara de Pinaud secorriera por bajo unas cuencas llenas de lágrimas. Pero no supe cómo empezar.Mis ojos lo intentaron taladrando la luz brutal que evocaba inconscientemente lacolisión de cuatroaviones juntos. Pero no tenía ganas de llorar, ni tampocomotivos, así quetampoco perseveré en mis intentos. En su lugar lo que hice fuevolver a ponerlos pies sobre el asfalto de Manhatan, pero esta también me habíamovido unos pasos en la línea del tiempo.
Lo único que se me ocurrió pensar fue entonces en laúltima vez que cada uno deesos 3017 habían salido de paseo a dejar que laciudad siempre despiertaescribiera la historia de una tarde de viernes,¿Sabrían acaso que pronto todo aquello habría terminado?
Lo mismo que la ilusión plegada que llena una bolsa depapel de Zara, el últimobeso con helado en uno de los locales más encantadores…Los últimos momentos enlos brazos de la familia, pensé entonces, y acto seguidola silueta triste dela reina del país de las últimas cosas llama a mi puerta.Yo me niego a dejarlapasar, pero ella se resigna a largarse, aporreando conexpresión avinagrada lossucios cristales del coche… ¿Pero qué haces tú aquí?Ella, como si no mehubiera escuchado sigue insistiendo y al final, simplemente,desaparece,dejando tras de sí una atmósfera de helada conmoción.
No puedo seguir pensando en Maniatan, ni en todosaquellos miles de “últimas veces”que pasaron desapercibidas en un tiempo en queel tiempo era perfectamente desechable, en todo lo que se perdió aquella mañanade finales de verano…Terrible…
Pero regresó cuando comencé a contar, por pura maníalos pequeños cuadritos de las primeras hojas de unos de los cuadernos y a eso delas diez menos cuarto,cuando entré a deshacerme de posibles detonantes de unagripe A, a los lavabosdel teatro principal. Estrechos riachuelos de agua yporquería se escurrían demis manos y escapaban velozmente por un desagüecualquiera de esta ciudad. Vi lasgotitas de ese agua que había quedado adheridaa mis manos mientras caían seguidamente,y tan delicadamente colisionaban contralos oscuros azulejos del suelo.Tremendamente rápido, y sin dejar casi espacioentre unas y otras, que no laspude ni contar. Pero sé que fueron muchísimas,quizá más de un ciento. Conforme aguantaba con las manos bajo el aire abrasadorde la secadora, ellas se desprendíande mis dedos para acabar confundiéndose conlas del resto del charco que tan rápidamentese había formado. Y pensar que esexactamente igual que la vida misma… quesomos aún más diminutos que unamolécula de agua que, invisible se escurre entre los dedos de un mundo frágil alque poco le importa en que parte de la sombra hemos caído.
¿De qué dependerá, pues, nuestro destino? Me pregunto,con las manos secas, sinencontrar la respuesta.
Algo así como quince minutos después, veo Nueva Yorkreaparecer, casualmente, desde mi butaca de escasa visibilidad. El escenario delteatro principal se transforma en un modesto apartamento de Manhattan en el queCarmelo Gómez y Silvia Abascal beben y se aman hasta perder la noción de ellosmismos. En conclusión, esa imagen de Nueva York que en un principio era paraellos como la tierra prometida, acaba corrompiéndolos de tal forma que nadapareceimportarles, al final de todo. El brillante trabajo, por partida doble,deambos actores, vuelve hacer que, poco después, ya atada al asiento traserodel coche de vuelta a casa, ronde nuevamente por mi cabeza la misma pregunta:
¿De qué dependerá, pues, nuestro destino?
Veo pasar los edificios bajos, los hoteles tanescasos, las tiendas de chinos, todavía abiertas, restaurantes de comida rápidaturca, a la vista de camiones,motos y vehículos de todo tipo, y allá al fondo,la minúscula silueta de una basílica del Pilar iluminada y bellísima.
Desde luego no de la ciudad en la que vivas.
Con toda seguridad, (creo) encontrar la respuesta, entodo caso, seguro que no serála última vez que me equivoque (creo).
Por un año más tratando de luchar por una causa justa,por un día más en la vida de miles de familias que siguen preguntándose por qué.Y porque ojalá sea ya la última vez.
(En recuerdo del 11-S)
Escrito por laslibelulasingenuas el 15/09/2009 17:36 | Comentarios (0)
Puede saberse por la canción de Amaral. No es de extrañar que este además basada en un hecho real. Con frecuencia las vacaciones te lo ponen difícil en muchos sentidos. Son maravillosas, es cierto, pero que crueles son cuando te toca reflexionar y plantearte cuán amargo será tener que aferrarnos a la realidad por su brazo más optimista. Y la realidad es esa: que aún quedan dían de verano (bueno, lo cierto es que ahora só quedan escasas horas, pero el caso es que cuando escribí esto todavía no habían pasado ciertas cosas, así que tomemos como punto de referencia la noche que empecé a escribir esto, a mano, y finjamos pues que realmente aún quedan días de verano, OK??).
Concretamente 17, eso hasta que se plante aquí oficialmente el otoño y su colección de trenchs cada uno facturados con los sollozos y el dolor de 15 bisones... Sí, aún veo que quedan dían de verano.
17 días es tiempo de sobra para aprender a caminar bajo un cielo encapotado sin patinar sobre la acera cubierta de hojas secas. Viento, hojas, lluvia (envidiablemente, en algunos sitios algo más que en Zaragoza), nuevo armario... ¿A qué nos es fácil que a uno se le ocurran otras palabras para explicar el otoño? Pero démosle tiempo al descarriado señor, porque aún quedan días de verano... 17 días son dos semanas y media... Pero, ¿Qué hay de lo que entendemos como verano? ¿Cuánto aspiran a seguir las vacaciones? No llega a 7 días... y pensar que en menos de una semana (en realidad: y pensar que en 11 horas) habré de hacer hueco en la memoria para otro verano pasado... La fiesta de fin de curso, la muerte de Michael Jackson, el concierto de Zahara, la fabulosa estancia en Cannes, el emocionante viaje a Andorra, las fiestas de Ainzón (más bien aceptables) , estos últimos días en la playa con el tremendo del tío... sin mencionar los vagos callejeos por Zaragoza mñana, tarde o noche... Y pensar que ahora... Seguirá siendo verano por unos días, sí... pero, ¿Qué importa ya eso cuando nos quitan las vacaciones? Bajo un cielo u otro, al final todo se reduce a eso: tiempo vacío, horas y horas que rellenar exactemente como tú quieras... Pocos momentos habrá mejores para reunirse, atreverse a crear algo nuevo, viajar más lejos o más cerca o ver lo nunca visto. Para los muchos que no sabemos admitir que todo cuanto brota o bien prospera, o bien se viene abajo (o bien ambas cosas sucesivamente), todo al final siempre acaba seco y muerto... ¡no sin antes haber dado sus frutos! Pero a lo que voy con esta rebuscada metáfora vegetal es algo parecido a esos versos de Machado::
Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar...
Nunca vuelve a dejase ver más allá de tu memoria...
Aún quedan días de verano, pero mañana mismo estará aquí el otoño... Ahora, no te das cuenta, claro, pero entonces un cierzo sopla y te empuja, amenazando ser más violento la próxima vez, si no sigues su dirección. Y, quieras o no, aguantas como puedes, sales del bache cubierto de tierre y polvo... Mientras notas como ese cierzo te alborota el pelo, te vas convirtiendo en su cómplice... ¿ves como no era tan malo? Ahora ya te gusta esa sensación. Y mientras te vas dando cuenta, el cierzo se convierte en brisa, y esa brisa en aire, nada menos que el aire que respiras.
Y es obvio que sigues esperando a las próximas vacaciones, pero vacilas algo en reconocer que no te agrada esta realidad (ya os digo que juré no utilizar ni una sola vez la palabra "rutina" -salvo ésta-).
Aunque lo cierto es que esa realidad aún no ha llegado, porque las vacaciones aún agonizan ante mis ojos, sin poder hacer nada por ellas, pero al fin y al cabo vivas, no pongamos melancolía donde no tiene que haberla... dejemos que el cierzo llegue y nos arratre hacia donde él quiera... Sí, claro que llegará para hacer realidad lo que puede parecer coña... pero lo hará cuando lo tenga que hacer... porque aún quedan días de verano, ¿no?
Escrito por laslibelulasingenuas el 10/09/2009 21:28 | Comentarios (0)
La cosa se complica cuando trato de evitar pensar otra vezen la mañana de mi último cumpleaños, justo hará ahora tres días...
Puedo decir que esta es la noche en la que más calor hepasado en todo el verano, y últimamente cuando caigo en las redes de la sobriedaddel sueño, acabo con un billete de tren en el bolsillo. En el trayecto de hoy,antes de caer rendida en el hermoso instante justo inmediatamente anterior a laluz de la mañana de mañana, veo muy claro mi destino, sé incluso en torno a quéhecho imaginario girará mi próspera travesía, pues allá vamos. Tomoasiento y en el momento puedo comprobar, volcando la certeza de mis primerasteorías, no estoy sola. Y, antes de darme cuenta, un hombrecillo flaco seencuentra apostado en el asiento de en frente, manteniendo consigo unapose rígida y en un principio inexpresiva. Pero, sin saber cómo, sé de sobrasque su mirada vacía, pero en o más hondo nostágica, llama a la mía... y de quémanera... Parece entonces que algo parecido a una sonrisa empieza a brotar ensu cara, es justo entonces cuando en sus pupilas se advierten diversassombras, en un principio meras siluetas borrosas que luego se vanredibujando solas como en un lienzo. Me acerco un poco más las gafas, inclinoligeramente la cabecilla y contraigo la mirada, en un gesto parecido a como siquisiera sujetar bien mis ojos dentro de sus cuencas, pero todo se traduce a laúnica y exclusva finalidad de entrever las imágenes que el hombre reproduce ensus pupilas con la mayor claridad posible, como si, entre todas miscapacidades oníricas, estuviera presente la de ampliar las imágenes hasta untope, algo idéntico al zoom de las cámaras más modernas. Con o sin ese zoom, lavista se hace inigualablemente más clara, ahora ya no cabe apenas duda de queen esas pequeñas (dentro del que cabe gandes) pantallas cartilaginosas se hatrazado en cuestión de segundos el holograma de una pequeña habitación azul,que reconozoco al instante sin sucumbir a las tentativas de regresar. Parami sobresalto, el hombrecillo uniformado empieza a hablar, abriendo a sí elcofre imaginario donde se guardan los cuentos en el recuerdo, pereciendo allí,de puro asco, gran parte de ellos.
- Son las siete de la mañana, día catorce de agosto. Tupadre ya está arriba, con su habitual libro bajo el brazo,dispuesto a colmar su ayuno con las veinte primeras páginas deldía. Asímismo, acaba de hacerte una visita, ¿Lorecuerdas? desvelando, claro, tus últimos instantes de sueño,pero... uno u otro estaba deseando descorrer para ti la cortina deldía... porque no era un día cualquiera... tú ya sabes, querida...
La tierna voz familiardel narrador recorre tramo a tramo mi pabellón auditivo a un ritmotan lento, pero al tiempo acompasado, que sólo pasados unos instantes me doycuenta de que ya no se ve el mismo paisaje en movimiento a través del cristaldel tren, al igual que se ha esfumado de la vista el mobiliario elemental delcompartimento, y ya no queda nada de ese traqueteo constante como ruido defondo. Ahora las palabras del revisor ya se han apagado. Pero el hombre no seha quedado callado en un momento, dejando la historia a medias, sino que su vozse ha ido atenuando conforme he ido recobrando la noción del espacio. Ahora séque aquí dentro no se escucha su voz. Sólo ahora sé que aquí, atrapada, pormomentos de extensión imprevisible en la oscuridad de mi habitación, matizandoque el tiempo presente no es otro que el de hace ya tres noches, no se percibeningún ruido, olor o brisa que venga de fuera, fuera de la cornea de algúnfamélico revisor de tren que seguramente, sin importarle ser escuchado oignorado, seguirá narrando su historia.
Su historia que en realidad es mi historia, la historiaque yo invento para evadirme del calor, la que yo misma me cuento para atraerhasta mí la escurridiza modorra de esta noche, ni más ni menos la que recuerdopensando que, ¿Por qué no?... podría haber sido cierta.
Sí, se puede decir que aguardaba mis quince años con unaconfesa exaltación, por el jolgorio, más que nada, y porque, sinceramente, medeclaro una devota de las comidas familiares, de las llamadas telefónicas atodas horas, lo mismo que de los cientos de SMS que puedes llegar a recibir enun día, del murmullo (que en mi caso puede resultar inagotable) del papel deenvolver al rasgarse, de los reencuentros, del embrujo ocasional que sólo cubreuno de trescientos sesenta y cinco días en un año, y que hace que precisamente,ese sea tu día más de ningún otro… Y cómo no… de las tartas, en especial si soyyo quien las preparo, amaso, horneo y adorno al gusto, los justos para quequepan todas las velas que es costumbre apagar de un solo aliento… Muchas veceshe tenido la impresión de que seguiría siempre con la misma edad si no engullíaun buen pedazo de tarta en mi cumpleaños… Tal cosa, por supuesto, nunca me heatrevido a acreditar…
Por eso, sí, claro que aguardaba la llegada del dichosocatorce de agosto a los calendarios de medio mundo, y como he dicho, nada quever tenían los quince años que eras o los ciento veintiocho que podían habersido… Y fue por eso por lo que, al poco de despertarme mi padre esa mañana tantemprano para ser el primero en felicitarme, tuve la impresión de que, trastanto bombo y platillo, se había perdido parte de ese halo de júbilo con el querecordaba haber despertado tantos agostos atrás. Quizá en eso sí que fuera cosade los quince años, puede, entonces que se tratara de uno de los cráteres de laedad, madera carcomida, pues, de la puerta que se me abría a la másefervescente pubertad, y que parecía querer tragarme sin importar la traba.
Fue entonces la puerta oscura de mi habitación la quetragó desde fuera las siluetas en pijama de mi hermana y de mi madre, que seacercaban impetuosas a mis mejillas de adormilada quinceañera en ciernes. Sentíen el alma haberlas hecho madrugar tanto, así que decidí que lo mejor seríahacer lo propio, pues las pocas ganas que tenía de arrancar en ese precisoinstante no eran un rival lo suficientemente fuerte para mi voluntad de empezarel día cuanto antes para pasarlo despierta lo que hiciera falta.
- Pero si hoy más que nunca puedes quedarte en el catrehasta hartarte de tanto descanso…
De nada sirvió… Poco después de que salieran de lahabitación y que bajaran a la cocina hambrientas, al igual que yo, de unrespingo puse los pies en el suelo y caminé hasta mi armario dando tumbos. Deallí saqué el vestido de última adquisición: un modelo blanco de Zara Kids, contirantes finos y aires Woodstoock que me llegaba porlos pies. Había decidido vestirme para laocasión desde el primer momento del día, y así lo hice. Pero es evidente que mellevó algo más de tiempo del que me había figurado. Por aquel entonces, cuandome disponía a abrir el gran cajón de la ropa interior, ni de lejos podía haberimaginado nada de lo que vendría a continuación. Dicho esto, me demoré algo másde lo habitual en bajar a tomar mi desayuno festivo en la terraza, pero deprimeras no parecía importarme mucho, o al menos hasta que terminé de leer lacarta de Mara. Pero vayamos por partes. Esa carta de Mara fue la sorpresa queaguardaba impaciente a que abriera el cajón de la ropa interior, y por lo vistoconfiaba en que lo hiciera antes que nada… Y Mara tuvo la suerte de que toparacon su carta antes incluso de echar el primer pis, justo al abrir dicho cajón,recientemente liberada de la redes de la ensoñación y con todo el peso del solnaciente en las pestañas… Efectivamente, el sobresalto fue digno de grabar, conque ya podéis hacer idea del peliculón cuyos primeros fotogramas se centran enuna chica en pijama, con una fiel y grotesca expresión de recién levantada quesostiene con pulso endeble un sobre alargado color amarillo chillón, que gira ygira alrededor de sus dedos, mientras entorna inquietamente los ojos y examinacon detenimiento su semblante, y poco después sus bordes, reparando finalmenteel reverso, y se detiene por momentos que al parecer resultan interminables, suexpresión se inquieta, sus ojos se abren todavía más y una parte de susincisivos se aferran a la comisura izquierda de sus labios… El corazón me dioun vuelco, y creo que el resto de mis entrañas también vibraron cuando acerté adescifrar las palabras que descansaban entre tanto nudo de fibras de papelamarillo:
Felicidades, Isa, y he de decirteque deberías empezar a pensar también en tu no tan remoto examen de francés,aunque te pido que no sea precisamente hoy… Un besín, Mara Biselques…
Luego pasaría a hablar de lo mucho que me costó deducirquién de los pocos que conociera mi anagrama se atrevería a firmar bajo dichopseudónimo y colarme el sobrecito menos de veinticuatro horas atrás… Lacuestión tenía mucho jugo, e indudablemente, me asustaba de una manera pocosaludable, pero antes de hacerme la primera pregunta de lo que iba para ser unaenredada hilera de cerraduras sin llave, que acabarían con migo antes que mispadres con su tostada, me sorprendí aún más desgarrando, sin pensar, uno de losbordes del sobre y desdoblando el blanco contenido, violado con el plumín de uncobarde ladrón de pseudónimos para darle un sentido único y aterrador.
De repente entendí, lo primero de todo el inesperadoconsejo inscrito en el reverso, aquel texto no perdonaba una palabra…enteramente franchute… y el misterioso remitente lo hacía para ayudarme pasarel examen, ¿no? Ignorando el descabellado acto de solidaridad, no me quedó otraque afanarme en traducirla, si bien he decidido escribirla aquí tal cualestaba, et bon, elle disait le prochaine:
Bonjour, ma cherie,je ne peux pas refuser que j’aimerais être à côte de toi pendant tout le jour,mais tu bien sais que, malheureuxment, j’ai seulement… d’acord, d’acord,j’assume que je suis simplemant un pair de noms et prénoms imaginairesconstruîts avec les mêmes lettres des tiens. Alors, je suis arrivée à laconclusión de que l’unique que je peux faire pour éter le plus près posible detoi c’est t’ecrire une carte et, au passage, j’aimerai te donner un coup demain avec ton gâteaux d’anniversaire… Mmmmmmm… Si tu ne l’as acheté encors (leque j’espère de bon coeur), je t’invite a préparer cette delicieuse recette quefera que tu la repètes en tous les ocasions especial que viendront dorénavant, à l'avenir. Mais, prête attention aux ingredients, parce que c’est posible quetu peux apprendre quelque chose dès que tu comiences a battre les oeufs!
Bien, le prémier quetu as besoin de c’est du chocolat, qu’est-ce toujours un ingrédient qui devienefou a n'importe qui le degoûte. Le chocolat est, par c’est, le même que tu as caché dansaucun coin de ton interieur qui fair que les gens de ton autour t’aiment et,pourquoi non? Qui tombent amoureux de toi. Donc, chauffe 200 grammes de chocolat en un assiette dans le micro-ondes pourque cette textura envelopoent fair plus clair ton charme.
Et maintenant, tudéja peux commencer a préparer les gâteaux avec la recette typique du génoise! En tu tarte, la pâte toujours abesoin de cinq ingrédients indispensables qui donneront forme et goût auresultat final, d’une certaine manière, ma cherie, j’essais de te dire que lemême arrive avec la compliquée vie d’une fille adolescent. Au processus de tonformation, il ne peuvent fauter un coup de choses qui te permettra que suivresen train d’apprendre chaque tour. Par c’est, prende vitement la mixeur et fais un bon battu avec trois oeufs, que sont ta bas, ton experiènce toutle que tu connais de ce monde… avec dusucre, en choisir la quantité conformement à la personalité que fair de toiune fille unique, après, ajoute 200grammes de la farine et remué énergetiquement, parce que cette energiec’est la que ne doit jamais manquer à ton interieur, donc n’arrete pas debattre et jamais ne te laisses abattre. En suite, mets humear à la vie, en mêmetemps que tu ajoutes un envelope delevure dilué en demi verre lu lait et comme ça tu decriras la manière demaintenir ta belle sourire tout le temps, obtenant, comme ça, une texturamoelleuse, en acord avec ton decir de faire heureux a tout le monde autour. Tudois former une mélange uniforme, sans oublier d’ajouter finallement le chocolat fondu… parce que, comme tu sais,c’est impossible grandir sans gaieté, sans rêves, sans personnes a qui aimer,sans un chemin que parcourrir et sans une ligne que croisser.
A ton âge il y abeaucoup de choses que peuvent te perturber, ce pendant la plupart sontcasse-têtesqui tu oublieras aumatin prochaine, c’est fundamental que sais controler tes émotions et décas quele peu que reallement inporte t’acompagné toujours. N’arrete pas de penser ence simple théorie, mais en mêmetemps concentre toi en meter la pâter inicialà l’interieur d’une plat grand jusqu’à son fond deviene pleine. Est-ce que tusais qu’est-ce que ça signifique, ma cherie? Oui, tu ne t’as pas trompé… Tu esdéjà prêt pour grandor et mûrir, mais, comme en un bon gâteaux, tu doisattendre a que le tour se chauffe et, bien sur, a que la melange prend forme,monte et se deviene en un ginoîse delicieux et irrepetible. Comme tu auras pucomprendre, si tu n’attends pas avec patience, c’est très difficile que tuarrives a quelque lieu.
Vive le moment sanshâte, sans sentir peur au démain, ne veux pas ocurrir sur le temp, ni aprèstourner à l’arrière, Arrivés au final, retire la tarte du tour et observe quiviens d’obtentir un resultat unique, en ton cas, demontre que tu es unique sansarrêter jamais d’être qui tu es.
Pour terminer, undernier conseil? Dispos de 15 pétits bougies sur la tarte, et dansle moment quesont allumées, éteins les avec un unique soufflé et laisse échapper le decirque tu abatí caché au plus profond du coeur. Je te suggère que tu demandes que,pendant cet année, le temps se passe un peu plus lentement… Ne t’étonne pas deque tes 15 ans ne durent longtemp plus que la tarte sur la table. Ne souffresjamais parce que, sourie avant tout et souviens que chaque tour qui passe c’estle mieulleur moment pour créer quelque chose insolite et merveilleux; en autresmots, bon apétit!
Que pases un touroncroyable:
Mara Biselques…
Qué historia… Pero lo cierto fue que aquel extraño sobreamarillo, con todos los deseos que llevaba entre sus tabiques de papeldesaparecieron dentro de mi bolsillo cuando metí la mano para volver a leerlo…
-Sinembargo no has podido olvidarlo aún… - inquirió el hombre de la gorra quellevaba alli un buen rato, camelándose mi razón con la peliculilla que habíahecho reducir mi campo de visión sólo dentro de la minúscula pantalla de susojos grises.
-Nodebería, al menos – reí…
-Lohabrías aprendido de todos modos, pero… tú eres experta en esta clase de juegosdel subconsciente… nunca llegarás a tener este sueño estando dormida… pare lahistoria ha merecido la pena ¿no? – inquirió, con una mirada que ahora arrastrabaúnicamente convicción.
-¿Hablausted del francés no?
Entornó los ojos…
-Oui,je te félicite pour ton exam… - sin el mínimo cambio en su mirada pese albrusco giro de su registro, entornó súbitamente los ojos y sonrió. – Peutêtre parceque c’est un peu tard pour faire le même avec ton anniversaire… En fin, jecrois que ce voyage est déjà arrivée a sa fin… J’espère que tu dors très bience nuit, parce que demain sera un nouveau commence pour toi… Je suis sûr que tuapprenderas beaucoup de choses nouveaus, quinze ans n’est pas un bon âge pouravoir peur au change… si tu veux un dernier conseil, aie patience… Etdorme-toi!!
Nunca se sabe lo que puede pasar, pero nunca trataré deolvidar ese 14 de agosto, o al menos ese sueño imaginario de el hombrecillo deltren que respondía al nombre de “conciencia” ni a esa tal Mara Biselques, laautora de la carta, que ejercía el cargo de mí misma en ataque de creatividad… Apasado casi un mes y veo ese día práticamente como hace cuatro noches… Mañana,nuevos horarios, por fin volveré a encontrar el auténtico valor de un viernes ytrataré de hacer ese bizcocho de chocolate todavía con más frecuencia…
Escrito por laslibelulasingenuas el 10/09/2009 20:50 | Comentarios (0)
Comme il faut, et comme il n'a pas été en autres ans, j'ai tout (ou au moins je crois que j'ai tout) pour commencer, autre anée plus, le nouveau course... Bon, je fais référence à commencer avec bon humeur... comme il faut!! L'été n'a pas encore fini, mais il n'y a pas pourquoi se tromper... je dois me faire l'idée ces dernières jours... Peur au change?? Mmmm, un peu plus que paresse à s'habituer à s'elever tôt dorénavant... Mais à la rentrée, tout vient ensemble, et on ne peut pas rendre rien... Peut être le pire est avoir que dire au revoir à Laure et pleurer, seulement ce... J'ai compris que je ne peux pas contrôler les changes, mais si s'accrocher à t'eux et voler plus haute. Oui, je suis déja habituée, comme il faut.
Parce que je sens curiosité pour les flaques que ce seront à moi de sauter, parce que le beau de la rutine c'est precisément la déjouer cent et un fois jusqu'à qu'elle se devient fragile, pourquoi je dois me faire peur au nouveau quand chaque moment c'est unique, quand je suis toujours disposée à voir le jamais vu? Parce que j'ai mes pétits secrets avec lesquels la côte ne se faire pas tante dure...
Nous démarrons avec une fabuleuse nouvelle saison d'automne pour pouvoir briller d'acord comme tu te sens: on se va porter les trenchs, les vêtements folk, les boutes grands, les gilets de toutes couleurs et, d'autre fois, le style jeans se reinvent et retourne à se prommener par la rue... Comme la Gossip la plus jeune, tu brilleras cette saison avec l'aidée du cuir... le tissage "it" de cet automnne... synthétique, si c'est possible...
Ils m'aident aussi des CDs que montent la moral, comme le prochain album du toujours imprévisible Mika, "The boy who knew too much", qui sortira à la vente le 22 de septembre, et dont le prémier single est déjà à Spotify… et qui ne m'est pas laisée indéférente, de même que le nouvelle surprise des espagnols Sidonie,"El incendio", qui est déjà sorti!! C'est un CD indispensable, plein de lettres qui sont pure poésie (merci, Leyre, pour me les recommender!!...)
J'ai aussi beaucoup de tickets pour pièces du théatre qui sont une joie, comme "Dias de vino y rosas", "La cena", "La abeja reina", "Seis clases de baile en seis semanas"... wuuuuu, cette saison, le principal de Saragosse se va pleiner d'applaudissements.
Qu'est-ce qu'il y a du nouveau film de Scarlett Johansson?? "He's just not that into you" promets, au moins rires, des bons acteurs et divertissement jusqu’à le dernièr photogramme… Et très tôt…le troisième de septembre…
Et du plans fascinantes pour ces fêtes du Pilar... La semaine cervantine à Alcalá de Henares, qui rendre hommage à l’auteur là-bas né, Miguel de Cervantes, dont le renom mondial dû a son inmense oeuvre a donné un orgueil incomparable à la localité madrilegne. Pendant une semaine, Alcalá se comble d’ambiance, de musique, des jeux et de marché au plus pure style quijotien. Pour continuer, le FIZ 09, le famouse festival de musique indépendant de ma ville, qui compte avec, cet anée, avec la participation de “The Sunday Divers”, à mon avis un des mieulleurs groupes indies du pays, mais, oublie toi d’aller si tu n’as pas plus de dix-huit! (snif, snif) Au que si pourras aller c’est au concert des madrilegnes Vetusta Morla, autre pari indie que sonne chaque fois plus halte.
Et bon, pour tous les rentrées il y a toujours un plan… les miens, de plus? M’engarger au romanticisme de Federico Moccia, à l’intrige de Stieg Larsson ou à l’humeur intéligent de Marian Keyes, faire du jogging, du yoga, et surtout du shopping! Fêtes d’anniversaire (Joeux annis à Laure et Leyre), friandises de couleurs, lacasitos, WOK, danses jusqu’à que mon corp reste debout… Ce septembre, brille comme seulement tu sais…
Profiter des dernières jours d’été entourée des gens que j’aime ce pour moi le mieulleur plan, quel est le tien?
Je seulement regrets n’avoir pas le temps suffisant pour écrire tant comme je voudrais… Il faudra travailler... comme il faut.
Bissousss…
Belle.
Escrito por laslibelulasingenuas el 30/08/2009 21:13 | Comentarios (0)
Vaya pues… las noticias se disparan como al segundo loharían cuatrocientas balas en un fusil irakí… Mensajes urgentes que han dellegar tan lejos, impulsados por el viento, así es como vuelan, vuelan igualque los aviones, rápido y con una ligereza apenas notable, llegando a serinfalibles tanto en despegue como en aterrizaje, ¿Igual que los aviones? Aveces es tremendamente triste forzar los acontecimientos y tender ageneralizar, puesto a que nada puede ser a ciencia cierta exacto.
Hoy nos toca recordar la tragedia de barajas, un año despuésde la emisión en telediarios de ese infame capítulo que ennegreció el aire quesoplaba por aquel agosto,ya en susúltimas. Hay veces que he querido estar ahí, cara a cara con las verdaderas víctimas,dejar mis besos resbalar sobre sus mejillas sumergidas y fundirnos en un abrazoingenuo que pretenda conducir sus pasos al final del túnel. Pero, al mismotiempo rehuyo a todo trance cargar con el lastre de semejante perdición, de tansólo pretender hacerme a la idea de lo que hubiera sido de mí en esa situación…Gracias, gracias y mil gracias a la vida (como cantaría Joan Baez) por nohaberme llevado hasta ahora a una de las interminables sendas de perdición, ysin más preámbulo… porque cualquiera puede ganar esta absurda rifa sin antessaber que tan siquiera tenía boleto… Y hoy recaemos un año después en quetodavía hay gente que sigue tirando de donde puede… Por los que despiertan enplena noche creyendo haber vuelto a escuchar los gritos sordos por la ceguerade quienes los pudieran oír, y cual dinamo desquiciada trataban de robar unabrizna de oscuridad en ese aire tan limpio de oxígeno como de ilusión, por losmismos que viven plantados sobre la huella de una vida que siguen viviendo, yque bien pudieron dejar atrás, por los demás que nunca quieren despertar de sesueño que han construido para cambiar el rumbo de una vida que les arrancó decuajo más de lo que tenían, y por todos los despertares que aguardaban en algúnotro rincón de la Isla de la Palma, distinta hora, distinta habitación, ni delejos la misma almohada, ni las misma personas al lado, pero, uno, dos, tres,así hasta ciento cincuenta y cuatro… Ninguno de ellos pudo volver a despertar,pero en su lugar otros muchos no durmieron… Por quienes ahora y siempre merecenseguir siendo recordados.
Si es verdad que es cierto que es cosa del azar, la gentesigue embarcando en una u otra compañía con más o menos respeto. Por eso, yentre otras cosas, nadie olvida la primera vez que vuela, al menos yo en micaso, no me quito de la cabeza ese temor de principiante como recuerdo de miprimera experiencia a bordo de un avión. Si bien he de reconocer que lainquietud que me acompañaba la vez primera era imposible de ocultar, habíanpasado apenas dos días de la catástrofe de barajas. Y no fue fácil… de qué… sinembargo, para el que fue ya mi cuarto trayecto sobre el aire, a finales de estemes de julio, en un vuelo nocturno de Niza a Barcelona permanecí en mi asiento,callada y relajada de igual forma que cuando viajo en un autobús urbano… Y esque, si todo está previsto que o bien pase o bien no, lo mismo da viajar sincavilaciones que sufrir el tiempo que sea, por sufrir por lo que, con más omenos posibilidades todavía no ha sucedido.
La primera vez que volé, y me repito en esto, tiré más bienpara lo segundo, pero discúlpenme, como he dicho, ERA LA PRIMERA VEZ. Y,disculpadme otra ve, si son tan amables, de que no pueda ofrecer más detallesdel vuelo… De lo que sí que podría llegar a escribir durante tres años, ycontaros en cada uno una cosa distinta, en cuanto al viaje. Entendán en cuantoos diga que el destino fue Berlín y si no han tenido la oportunidad de poderllegar a entenderme, ya saben lo que han de hacer, ¡ánimo que aún quedan díasde verano!
Ha sido justo hoy, en medio de tanto dolor evocado entre enla sobremesa, cuando ha venido a mi cabeza la capital alemana.
Seis letras, másde seis siglos de historia y desde luego, más de seis millones de razones porlas que ahora mismo desearía volver. Berlín, la que no es sólo la ciudadescenario de la memorable revolución del 89, o la de los semáforos másenrollados, la por tanto tiempo vulnerable, recientemente renacida bajo laprotección del oso, o la de los mundiales de atletismo de este…
Para mí, Berlín significa algo más que la primera ciudad extranjera que vieron mis ojos,dichosas córneas castañas descaradamente españolas maravilladas entre un cielode miradas, extranjeras aquí y allí. Berlín es como la unión de dos puentes, lafamilia sonriente, nuevas caras, buffet libre en el desayuno, paseos nocturnos siempretan agradables, visitas guiadas a ratos desorientadas… Es posible, que lamaldita villa alemana se haya quedado con un pequeño trozo de mi historia, y yosin duda la he encerrado a ella en mis recuerdos, y por supuesto, también flotaa la deriva por mi sueños, sabiendo muy bien que esos sueños llegarán acumplirse algún día…una ciudad de sueños y también del amor, no sólo a lapropia ciudad sino… ¿Por qué no considerarla el escenario perfecto paraenamorarse? No me hace falta, por ello, confesarles, que volvería ahora mismo aBerlín para enamorarme a primera vista, porque Berlín significa para mí tambiénuna de las ciudades en las que soñé con el amor…
A todo esto, entenderán por qué he preferido traducir el siguientetexto (lo que quizá no entiendan va a ser por qué ha tenido que serprecisamente al italiano, pero eso es otro detalle de la historia que de muybuena gana puedo narrar en privado si me contactan cuando ustedes plazcan)recurriendo (alocuttree) al siempre tan amigo y siempre tan traidor traductorde google…En caso de que algún entendedor/chapurriante de esta lengua románicalo lea, destapando así ese tono acaramelado y a menudo irritante para los quese zafan continuamente de la novela rosa, está en su derecho de mantenerse lejosde esta perturbada Stephenie Meyer de baratillo para el resto de sus días…¡Ay!, pero ahora volvamos a Berlín, por favor… Y es que, en conmemoración de latragedia, no consientan quedarse en un rincón entre las ruinas… planten unahermosa florecilla entre la grieta más honda con una mirada alegre al pasado…Llenarán la penumbra de un enjambre de libélulas ingenuas contra los monstruosdel imborrable pasado… Y esto va para todos ustedes, para que despierten mañanacon la sensación de estar enamorándose como la primera vez, que nunca falte esasensación en su interior:
Ho voluto per anni a trovare l'amore della mia vita a Berlino. È untempo perduto, e trovare Lui, infine cedere e tenendo un pomeriggiogelato all'uscita della metropolitana. Abbiamo catturato la pioggia prima di raggiungere l'hotel, inesecuzione a pieno ritmo, come un turbinio di risate e asfalto. Nonimporta se il mio hotel o il vostro, come lungo come arrivare a bagnoper la cena ... e imparare a conoscere noi, di mangiare i nostri occhi,nascosto sotto il dessert. Non aspettate fino a quando tutti i baci sulle labbra, quando il miocremisi vernice tacchi a piedi sul pavimento bagnato, e mi conduce permano e silenzi fiume perdere possibilità di leggere i suoi pensieri. Ea questo punto e se non è molto a chiedere che ci lasciano la notteballare un tango al di sotto di ogni stella, e quando finalmente rompere il vetro dialba, che ho fuorviato il motivo, e lo seguono, agitando la mia gonnanella brezza di Berlino, mentre crescono di portare le sue labbra allamia guancia, e prima di prendere il tempo di ricordare il nostro ultimobacio sussurri nel mio orecchio l'idea di camminare per quanto possibile,passando stagni, marciapiedi, piazze e lungo le beffardo tutte le lucidella capitale, che sarà il primo di tanti viaggi che dipinse la nostrafavolosa storia.
A ver si me marcho ya el año que viene de viaje de estudios a ese dichoso país que tanto le pesa a mis ilusiones!! Aunque menos mal que aún quedan días de verano...
Baccioss für dich e molto dankee!!
Escrito por laslibelulasingenuas el 21/08/2009 17:03 | Comentarios (0)
Pour passer mon test... De qu'est-ce que je vais avoir besoin?
MMmmm... C'est ne pas une question facile quand je ne trouve pas la raison de ma paresse a chaque moment, parce qu'il y a une chose sûr: je ne concevois la terrible possibilité de répéter le même cours l'an prochaîne. Par c'est, au millieu de cet été qui se me passe comme un éclair, je (avec le toujours persistant coup de mon chère père professeur) 'ai commencé a penser en faire la première (que sincèrement, j'espère qu'elle ira de suite d'autres après) rédaction avant le grand jour de l'exam (et pensant que je vais faire lui le même jour de l'anniversaire de Laure, alors nous fairons trois gâteaux: pour son anniversaire, pour mon examen et, bien sur pour le sien...), ou, en autres mots, je construirais avec mes chères mots, un bon numèro de jours, a mes plus fidèles amis qui m'aideront a obtenir mon tante convoité objective.
Alors... De qu'est-ce que j'ai besoin, en fait? D'acord: le premier que je dois penser c'est simple: il ne doivent pas manques l'envie de faire lui... D'acord avec cela, je dois avoir patience, si je suis constante, il ne sera dificile pour moi travailler toujours (si c'est posible, a la même heure), que c'est ce principalement le clé qu'ouvre dit porte... Comme ça, peut-être je n'ai pas que enflacon-moi en une texte par jour, semplement (et c'est très, très important) porter la regularité, par example, trois ou quatre jours de la semaine... et redactions un peu plus courtes, de thèmes fixes et vocabulaire simple... oui, surtout cette dernier affair que me tourmentait toujours...
Parce que faire les choses dificiles quand je sais que je suis capable?? En fin, peut-être comme ça je peut arriver tout le loin que je desire... Mais, en ces autres questions, j'aurai temp sufisant de parler... Je n'ai pas besoin de me prolonguer plus...
À boientôt...
Escrito por laslibelulasingenuas el 18/08/2009 17:56 | Comentarios (0)
10 euros le habría yo dado al listo que me hubiera dicho que en lo que terminó el día, ya habían pasado otros tres... y enseguida se viene en mi busca la tarde vacía en casa de la Aurori... El adiós a la yaya, al pueblo, a las fiestas... En un momento hemos terminado de cargar el coche con las maletas de nuevo llenas, y todos los productos de la huerta... Un, dos, tres, cuatrocincoseissiete besitos a pares a Aurori y... no te preocupes, el sábado estamos otra vez aquí (para volver a esfumarmos con el polvillo del día que cada vez se nota más corto...). Embarcamos toda la familia, haciéndonos poco a poco a la idea de que nuestra comodidad vaya siempre un poco por debajo de la de los cachibaches que trae consigo nuestro Picasso granate... Y el viaje, cueste lo que cueste, siempre acaba resultando un paréntesis mudo, a no ser que alguien diga algo realmente interesante... algo de lo que te vayas a acordar al menos una semana después... pero últimamente no se suele dar el caso. Tres cuartos de hora que dura el trayecto se acercan a ti tímidamente, se sientan a tu lado, te dan la mano, al rato se disipa su timidez y te abrazan, primero fljito, simplemente te rodean con los brazos, pero luego aprietan como nunca imaginas, y cada vez un poquito más, y más... hasta que logras captar que se trata de tu tiempo, solo tuyo y no de otro, puede que tengas que permanecer sentado más o menos, y para colmo encadenado al cansinoliento silloncito por medio de una fuerte correa que dicen "de seguridad", quizá aborrezcas más que ndie los largos trayectos, o incluso los medios y si me apuras, puede que no aguantes ni veinte minutos cuerdo dentro de un coche... pero sean veinte, treinta o cuarenta y cinco mil minutos, tú y nadie más, ni aunque tú lo quisieras, será más el dueño maldito de ese tiempo (el que sea) de lo que serás tú. Así pues, quedo como libre soberana de mi tiempo, aunque no pueda sacar de él gran cosa estando fija al asiento trasero derecho de un monovolumen. Intento, así pues hablar algo, intento entretenerme mirando el paraje de la autopista, intento sonreir, o sumirme en la creación de una nueva historia, finalmente intento no pensar en nada, pero eso es precisamente lo más difícil de todo... Abro los ojos, incapaz de recordar en qué fue lo último en lo que pensé. Veo a mi madre salir del coche, sacar la llave y poner toda su fuerza en abrir la puerta del garaje. Hemos llegado a casa antes de lo que pensaba... Y, por el amor de Dios... ya son cai las diez...
Ahora ya ha cambiado todo, hecho en un momento la vista atrás... descargamos el coche, organicé las cosas, preparamos la cena, cenamos, así como hora y media de zaping... Mis padres y Laura, víctimas del mal sortilegio de la malvada mosca tse-tse, yo cruelmente atacada por el perverso mago del bote de nescafé...
Cuando abro los ojos otra vez y me quiero dar cuenta, ya no veo nada... quizá no sea tan difícil entrever las finas rayas que trazan desde fuera la luz de las farolas...
- Quien fuera mosquito adorador de luz artificial, quien fuera libélula ingenua de mis noches infinitas, o gato vagabundo portador de esos ojos que nunca duermen...
Mi calle cerrada, enveneada de sombras me susurra al oído como no hacía en mucho tiempo... Tendida boca arriba respiro con fuerza y paseo mis deos por mi pelo una y otra vez, pretendiendo que crea que tengo mejores cosas que hacer que ponerme a escucharla... Pero cualquiera sería capaz de apreciar que dormir no es una de ellas... El pelo se escurre entre mi tacto y ya no escucho nada, salvo a mi atolondrada cabecilla... Cierro los ojos, los mantengo abiertos un buen rato, los cierro, los abro, los vuelvo a cerrar, ahora más fuerte, y los abro otra vez, todo el tiempo que haga falta... Todos duermen ya, en ninguna habitación se percibe el menor ruido, vuelvo a bajar los párpados, así como si tal cosa, y luego el juego sigue a mi parecer... Por más que abra o cierrre, nunca dejo de ver lo mismo, prácticamente, y por el momento, de ninguna de las dos formas, mi vista logra encontrar el sueño que busco...
Cambio de táctica, ahora es mi sentido común (justo el que menos papel debería cobrar) quien está en el ajo. Esta tiene que funcionar... respiro con fuerza y empiezo a contarme un cuento... inventado, uno de los míos, quizá debería haberlo hecho antes... Antes de empezar, pienso rápidamente algo que pueda ser el quid de mi nueva historia... bostezo... no me lo puedo creer, esta es la mía, pero he de ser rápida...
"La cosa se complica cuando trato de evitar pensar otra vez en la mañana de mi último cumpleaños, justo hará ahora tres días..."
Y así es como empieza mi nueva historia...
Escrito por laslibelulasingenuas el 18/08/2009 12:23 | Comentarios (0)
Amigos, aquí os presento a mi "foco lector", así llamado desde hace "la tira", y desde hace "la tira" que está plantado en el fondo sur de mi salón, echando raíces de fotón cuando esparce en nuestras noches todo ese brío de su inmortal candileja. Y no puede faltar mi mención especial a su bracito regulable, que se convierte en nuestro único compañero de viaje por los caminos trazados entre las líneas de uno u otro libro que acurrucamos entre las rodillas. Tremendo este gran farol, pero no sé si se debió de quejar o no la noche del pasado jueves.
Esa noche apuré el rendimiento de mis cinco sentidos (al menos de dos de ellos) hasta eso de las dos y media del día siguiente, y eso que últimamente me lleva perturbando una incauta propensión al "marmotismo", lo cual me sienta como un tiro, pues se traduce a que los viejos tiempos en los que podía aguantar dos pelis bien largas sin delirar de sueño están en sus últimas. Al menos ahorá ya no me inquietará pensar en la posibilidad de que mi cuerpo esté hecho de cafeína. Pero bueno, esa noche quizá hubiera algo de polvillo de hada disperso en el aire que sólo aspiré yo... aunque sigo pensando que la culpa la tuvo Louki. Louki después de Casley y seguida al rato de Roland. Pero sobretodo Louki. ¿Y quién es ella pues para acarrearme semejante faena a tal hora?
Louki. Probad a decirlo, tiene un timbre misterioso que evoca en tu cabeza recuerdos de tu yo más travieso. Louki, que bien suena, aunque no sea su nombre de verdad. De hecho ese nombre sirve para etiquetar todos los enigmas de la historia, o más bien correspondería a todas las incógnitas sobre el ser humano que llevan un inmenso vacío detrás del signo de interrogación. Louki podría ser tan sólo un nombre, o mejor dicho un apodo en francés, pero por desdicha para ella resultó ser muchas más cosas. Desde la primera mención en el libro de Modiano "En el café de la juventu perdidia", Louki establece la paradoja de acoger el infinito en una sola persona. Una chica, una joven, más bien, 22 agostos, morena, ojos verdes, sonrisa tímida, mirada huídiza... Modiano no profundiza seriamente en la descripción física de Louki, de nombre real Jaqueline Delanque, con un pasado enredado de historias anudadas entre sí, y de personajes que deja colgando de sus cabellos oscuros, una serie de cuentos anónimos que dejan paso a una existencia que a más de uno le cuestan malditas cavilaciones, un presente que sirve así de campo de batalla donde la muchacha libra una lucha contra el destino por la libertad, y se recoge todas las tardes en el mismo café, quizá ya calibre ese irrevocable talento para hacer daño inconscientemente a quienes más la amen, quizá haya aprendido a llorar para adentro mientras se esconde detrás de su libro... allí pensará en todo, salvo en el incierto futuro que la aguarda.
Quizá nunca lleguemos a conocer a Louki del todo, aunque Modiano pasara escribiendo todo el tiempo que resta de su vida, tan solo sabremos lo que ella nos contó de su pasado, y lo que otros muchos encontraron en ella.
Aún podremos imaginarla vagando como un espectro por París, sola o de la mano de su tierno enamorado Roland, o intuir el rastro que ha ido dejando viendo como lo sigue el veterano y ya cansado inspector Casley... Cualquier día que pases por el café Condé, allí al rato vislumbraras su presencia, más parecida a una sombra que otra cosa... Pero no es necesario adentrarse tanto tan lejos como en el París que Modiano levanta pieza a pieza... Si nos paramos cada cuatro pasitos que damos a observar, tarde o temprano daremos con su pista, la que creíamos perdida. Pero Louki se agarra al bordillo del paso del tiempo, para que nunca dejes de soñar con ella. Louki es por quien te preguntas si es preciso detener el mundo, una sencilla cuestión de por qué debe su órbita seguir girando, Louki es a quien buscas, pero debes dejar marchar, Louki es a quien amas, y por ello no comprendes por qué se marchó sin ti..
La conoces bien, ella lo es todo para ti. La muchacha cuyo único recuerdo ha podido salvarte la vida infinidad de ocasiones, sin saber luego como salvar la suya propia... Has podido perder la misma en pleno combate por olvidarla, pero entonces ya no habría nada que hacer...
Para todos, el libro de Patrick Modiano es el testimonio definitivo y necesario de una juventud que marcha por el camino a la madurez con la única obsesión de salirse del mismo, cual grifo roto, su vida va desparramando gota a gota todos y cada uno de sus sueños, que quedan encerrados para siempre "En el café de la juventud perdida".
Escrito por laslibelulasingenuas el 10/08/2009 20:58 | Comentarios (0)
Me pregunto si se habrá cumplido ya el año... Lo cierto es que es un alivio haberlo olvidado, de lo contrario un día de estos mi cabeza se habría convertido en una pecera y no hubiera dejado de flotar y dar vueltas por la casa, con los ojos a cada momento abiertos como platos... ¿Eso fue todo lo que él se limitó a lograr en su húmeda existencia, no? Pues por supuesto que no, de lo contrario no habría pulsado ni una tecla por él...
Y sí, ya hace un año (más de un año) que arrinconamos la pecera en sea cual sea ese maldito armario traga-recuerdos... Seguirá allí, mientras día tras día la devoran la negrura del fondo de ese armario y el polvo que brota en su superficie, abandonada de la luz de siete años que rotaron en torno al eje de su cuerpo esferico, limpia como el oro, si bien acecha la certeza de que no será usada otra vez, si bien es absurdo sacar brillo a algo que automáticamente vas a cubrir su con una abrumadora página de periódico.
Y sí, es cierto que hace ya un año que tu antigua morada, ese cálido globo de cristal yace a oscuras, sin que a nadie le importe ni donde para ni si sigue igual o se rompió en mil o mil y un pedacitos de vieja gloria, a fin de cuentas abandonada de nuestra memoria, pero tu abandonó le dolió todavía más.
Bendita la suerte del armatoste, bendita su naturaleza inerte, por siempre incapaz de enjendrar una idea. Nunca podría llegar a percicir tu centelleo bermellón entre sus paredes de vidrio convexo ni a encontrarte flotando alegremente, preso dentro de ellas. A ella igual le dio que llegaras o te marcharas, ya fuera un año más o menos, ni supo ni se acordó de decirte adiós, buen viaje amigo...
Podría recordar aquel día en el cual arranqué a escribir estas líneas para ti, y que no supe continuar una vez di por inminente que estabas en tus últimas. Dejé colgada media carta, en la que sólo me limitaba a correr alrededor del himno beateliano que te dio por nombre Jude, aunque puede que seas mejor recordado por muchos otros... y bajé a mi ritmo las escaleras, en dirección al salón. Deseaba liberarme de toda la incertidumbre, de un modo u otro era cosa del destino, nada más que ley de vida, no podía cambiar la dirección del viento, así hallé la respuesta a por qué era imposible levantar tu cuerpo del fondo.
Podría recordar practicamente cada hora de aquella tórrida tarde en la que se apagó la vida en el planeta agua, pero hoy día, y pese a lo que ha llovido, me mantengo reacia a apartar de ese recuerdo mis pensamientos. Comprenderás que prefiero guardar de ti el resto de las tardes, mañanas y noches, aguas en un mar de siete años que estuviste a nuestro lado.
Terminar esta carta un año después de haberte visto desaparecer en una bolsa de basura, junto a una rosa sin espinas, puede ser igual de absurdo que haberla empezado a escribir. Amigo Jude, es incuestionable que jamás podrás palpar ninguna de estas palabras, ni aunque estuvieras vivo, nadie podría haberte enseñado lo que significan. Pero de otro modo, Jude, no encuentro otra forma de darte las gracias por poner una gotita de vida flotante en el salón de casa y por todos los besitos de agua en las yemas de los dedos, gracias, Jude por hacerme comprender que todo cuanto viene se ha de marchar, y por dejarnos con el recuerdo de siete años de alegría en un pecera.
Espero nunca olvidarte. Ahora me gusta más el naranja.
Escrito por laslibelulasingenuas el 27/07/2009 18:30 | Comentarios (2)
Aquí podéis ver una entrada en el blog quearte (de la revista mia), a la que dedico un relato, asímismo, os animo a visitar este blog donde, además de quedar maravillado con creacinoes como esta, podréis llevaros a casa alguna que otra...
Bien podrían haberme llamado "la chica de las pupilas dilatadas" aquella tarde. Un pequeño favor a una amiga, acabó costándome caras. Esto se traduce a una generosa porción de tiempo regalado frente al monitor de la oficina. A últimos de junio, unas repentinas averías en el aire acondicionado convertían esas dos horas extra envuelta en papel apilado en la inverosímil aventura de la desdichada chica que ahora mismo que ahora mismo se debatía entre morir de calor o de jaqueca. Mis párpados esclavos no resistían su peso. Caían, pero luego se volvían a levantar, miraba al reloj, acto seguido trataba de concentrarme en la pantalla que tenía enfrente, no conseguía entender lo que tecleaban, casi mecánicamente, mis ásperos dedos. Si había algo que impedía a mis pestañas cayeran definitivamente sobre mis mejillas era la vista desde mi ventana de un espléndido sol de junio, radiante alegoría del galardón desinteresado por mi altruismo.
Por eso digo que quedé a A CUADROS cuando a mis oídos solitarios llegaron los primeros truenos. El chaparrón no tardó en llegar, un minuto antes de que el reloj digital se retrasara dando las seis. El éxodo se había presentado tarde, acompañado de una implacable jugada del destino. Contemplé el aguacero que había saboteado el largo paseo que llevaba en mente cuando me levanté de la silla y me dispuse a marcharme. ¡Cómo lamenté no haberme echado justo ese día el paraguas a mi bolso de mano!, fue lo que pensé mientras me encaminaba hacia el perchero donde en teoría estaría colgado mi bolso. Pero sólo en teoría... porque en el primer vistazo, alguien parecía haberse llevado mi aburrido y pesado bolso negro que nunca llegaba a jubilar... lo más fuerte fue que... colgando de la percha había otro bolso, un bolso que no había visto jamás en la vida, a ninguna de las colegas de oficina, ni siquiera a ninguna desconocida por la calle... Resultó ser un bolso precioso, saltaba a la vista que había sido hecho con cariño, tanto que me enamoré de ese saquito en cuanto su estampado... A CUADROS atravesó mis retinas. ¿Qué había sido de la lluvia? Aquello daba lo mismo... Primero debía de encontrar mi bolso, donde realmente se encontraba mi dinero, mi DNI, las llaves de casa, el llegar mojada (al tiempo que irremediablemente escarmentada) había pasado ya a un segundo plano. Volví a quedarme A CUADROS, pasaron muchas cosas a la vez. Primero, mis manos de árbol debieron de dar un movimiento en falso, con este, el perchero ganó inestabilidad y cayó al suelo, cuando me agaché para volver a levantar la ligera barra de aluminio pude imaginar que, como no podía ser de otra manera, el contenido del bolso se había desparramado "accidentalmente" por el suelo enmoquetado. Antes de nada, una por una habrían de volver a su sitio. Pero una vez más, el estampado del bolso sustituto se percibía en mi expresión... Tú también te habrías quedado, te lo digo de verdad, A CUADROS que esas pertenencias no te eran ni mucho menos desconocidas. Reconocí primero la pantalla rayada de mi NOKIA, después allí estaban mi cartera de fieltro, mi paquete de kleenex a medio terminar, mi espejo de mano roto (a quien atribuía siempre mi nada ocasional adversidad), mi barra de labios MAC que empezaba a derretirse, y las llaves de mi piso, sobre cuya cama deseaba poder pronto despertar de esta pesadilla que sólo podía tener lugar en la infame atmósfera de la oficina. Pero volvamos a eso de A CUADROS. A CUADROS estaba yo entonces cuando de no sé donde saqué fuerzas para levantar del suelo el bolso misterioso. Sin saber por qué, introduje la mano, metiéndola hasta el fondo. Inesperadamente, di con dos, tres, cuatrocincoseissiete... cuentas forradas de lo que, como inmediatamente pude comprobar después de extraerlo era un original collar que, perla por perla, cuadro por cuadro, mostraba el idéntico impreso del bolso que lo contenía... Definitivamente, era muy raro, pero el collar era bellísimo, sí, verdaderamente bonito, de tal modo que no ya no pude con el impulso y me lo colgué del cuello, en principio solo para probar que tal me quedaba. Que no suene a fanfarronería decir cual fue mi reacción al verme reflejada en la ventana, pues cual Narciso, quedé prendada de mi imagen, aun con la expresión cansada y completamente boquiabierta, quizá no fuera yo... sí, era yo, pero no era fácil de explicar, ese collar tenía algo, aparte de cuadros y más cuadros que nublaban mi cabeza... Las gotas d lluvia seguían cayendo violentamente sobre mi reflejo, gracias al cual pude recaer en que mi mano zurda seguía dentro del saco cuadriculado. Pero poco antes de sacarla, noté el tacto plastificado de una etiqueta... Rápidamente, mis ojos volaron hasta la fina lámina cosida al interior, ya no sabía lo que podría encontrar allí impreso... Habían pasado demasiadas cosas en un plazo de tiempo demasiado corto como para volver a quedar a cuadros tras leer lo que leí... En un gran dominio de la caligrafía, con una letra estilosa y bastante pequeña, había escritas una serie de palabras que componían un texto dirigido a nadie mejor que yo, que decía lo siguiente:
“Querida Izza, sé que te ha gustado tu nuevo descubrimiento. No sé tus gustos, pero puedo apostar cualquier cosa a que te ha dejado A CUADROS, ¿no? Es lo que pasa, es un bolso precioso, y ese collar te sienta de maravilla, no lo niegues… Desde aquí lamento mucho que ni una cosa ni la otra alberguen el poder que hace falta para redibujar el sol sobre los nubarrones del cielo, ni podrá callar los truenos, ni secar los charcos de las aceras. Aún así, ¿Qué te impide pasear por la ciudad tal día como hoy? Sólo ahora sabes que la lluvia es toda tuya y que llevas sobre la cabeza una corona de “Princesa de esta tarde”, ponte la capucha y disfruta de las calles, disfruta del paseo y disfruta del bolso con su collar a juego… Me alegro de que te haya gustado mi regalo, te lo mereces por ser como eres” YoMiss.
Sin molestarme en explicar como tanto podía caber en una etiqueta, cargando con mis ajuares reales, regalo de una encantadora desconocida… Como “princesa de la tarde” abandoné el edificio dispuesta a beber cada gota de la vida. Y por dejar a todo el mundo A CUADROS…
Gracias Natalia, por hacer arte con tus emociones como materias primas… y por hacer de nosotras princesas con tu creatividad… Te mereces un relato, y una entrada en www.laslibelulasingenuas.blogspot.es
Escrito por laslibelulasingenuas el 21/07/2009 18:35 | Comentarios (0)
Esta mañana he echado de menos despertarme a las 7 con la alarma del móvil para abrir acto seguido mis contraventanas. También me habría gustado decir otra vez "Good morning" a mi compañera irlandesa. Pero cuándo dejará de zarandearme el recuerdo de Cannes con mis filles, el clan de los tortilla, los pelmas de la sobremesa...
No he dormido mucho, me vuelvo a leventar al mediodia, se hace raro no volver a escuchar los ágiles golpecitos sobre la puerta, y la cálida voz francófona del monitor que te dice, "bonjour, lepétit-dejeuner c'est á 7:45"...
Aterrizamos en Barcelona a eso de las dos de la madrugada,durante las cuatro horas que duró el trayecto hasta la capital aragonesa, trataba de evitar pensar en lo que sería de aquí en adelante (excluyendo obviamente, el efusivo encuentro con mis padres y mi hermana, que amortiguaba el inminente de acontecimientos).
Sabía lo mucho que extrañaba a mi familia, los paseos de la tarde, volver a bloguear, a hablar con el resto de la gente, ciertas comidas copiosas, ... Tenía tantas ganas de un cielo gris como el de ahora, bien cargado de ráfagas de viento y truenos comode dormir en ese preciso momento...
Pero ¿Qué parte de Cannes me he llevado y que parte de mí quedaen Cannes?
Tengo la impresión de que esa pregunta no la puedo responder sola. Es un misterio del que todos sabemos tan sólo una parte que los demás nosaben.
Y vuelve a sonar el trueno (dicho esto, cuanto me apeteceríaleer ahora a Bradbury), intuyo nubes arremolinadas muy por lo alto de micabeza. El agua empieza a caer como allí nunca lo hizo… El tiempo atmosféricoen La côte d’azur ya ha dejado de serasunto mío, no he de ser melancólica, para nada… Ni quiero, ni puedo, aquellasdos semanas fueron demasiado increíbles como para echarse a llorar ahora…
Los voltios del cielo gris me obligan a apresurarme enterminar esta entrada… Y pensar que a estas horas estaríamos cenando… De unmodo u otro, esta noche trataré de hacer una sobremesa, en nombre de todas… queno se apague nunca el faro de la Playa de Niza, y que esa luz sea la que esperenuestra respuesta, dentro de unos años, que sea la que guíe nuestros caminos enla misma dirección…
Esto va por y para todas… Ya me ha quedado claro que las cosas van perdiendo su precio conforme se va haciendo más difícil explicarlas…
Y esto ha sido sencillamente único… Ya no tengo palabras… nitiempo, he de apagar el ordenador antes de lamentarme por tener que volver acomenzar de 0 la entrada…
Gracias, mes filles, espero encontrarme pronto con todas vosotras encualquier rincón de Zaragoza…
Besa y vuela…
Isa
Escrito por laslibelulasingenuas el 20/07/2009 19:10 | Comentarios (7)
HOlittta Laura!! Dijiste que querías ver mi blog no... Pues aquíestá, y está entrada va para ti!! Como ves se está perfectamente tranquilo...N'est personne... Ni un comentario, y juraría que ninguna visita, a pesar de las veces que he insistido en clavar bien la dirección a mes amis, me da que ninguno se ha metido, ni mucho menos le ha dado propaganda... Así que bueno, si eres la primera que realmente entra para leerlo, esta entrada va para ti. Acabo de leer tu mensaje, y ahora no tengo mucho tiempo para responderlocomo es debido, porqueno sé si esta tarde vamos a ir al pueblo o nos vamos a quedar aquí, o bajar al centro... bueno... la cuestión es que estaba preparando las maletas y luego me he conectado a la red porque me he dicho que ya era hora. He leido tu mensaje y he encontrado varias cuestiones a debatir... Por cierto... Me has dejado conlas ganas de más fotos!! jaajaj, y yo que sólo te pasé una!! No te engañes,todos merecemos una buena dosis de narcisismo, y más después los exámenes (te hasparado a contar la de veces que has repetido la palabra"estudiar"??)... Ah, y Sienna no es tan guapa... jiji... Emocionante historia real del asalto en la puerta de tu casa, que no te suene a hipérbole pelotera, pero realmente me has dejado a cuadros y al terminar e dicho que menos mal que se había pasado ya... Siento una vez más los de Jackson (era por eso por lo que ponías tantas jotas no??), a mí tambíen se me escapó alguna lágrima, aunque me enteré nada más despertarme, a las 12:10 (sí, nadamás despertarme) a.m. de la mañana siguiente, sobretodo cuando los de la 3 sacaron las imágenes de los Jackson 5 cantando, era guapísimo, por el amor de Dios... Por cierto, Laura, imagino que habrás oído hablar de este poeta romántico,entre otras cosas por el estreno en Cannes (oiba Cannes, parecía haber olvidado que me voi pasado mañana) de la película sobre su corta vida y su romance con su vecina Fanny Brawnse... Otro dato a destacar de la peli, que estoy deseando verla, creo que la estrenan aquí algún día de estos de julio, espero paraentonces haber vuelto ya de Cannes, es que al Keats este lo interpreta Ben Whishaw, a quien, pese a que últimamente lo había perdido un poco de vista, entre otras cosas porque el mozo no es que se deje ver mucho, al menos en España,y las últimas veces que lo he visto (que son precisamente en esta peli) se me ha aparecido más bien feo... Laura... creo que lo sigo amando... Te contaré más historias de mis amores platónicos (que, aunque bastante más cercanos que Whishaw siguen siendo igual... o sea, platónicos...), aunque lo más seguro esque tengas que esperar a la segunda quincena de julio, cuando haya vuelto ya de nuevas experiencias de la côte d'azur... Hay una larga cola de personas que ya me han dicho que aproveche y lo pase bien por la France (luego están las que me agobian con "cuidate, cuidate", que suelen ser siempre las mismas), así que prometo no defraudaros a ninguno... Pásalo muy bien tú allí por donde pises y por si por las noches no hay quien tehaga dormir piensa que Robert Pattinsson está contigo (eso último no esque esté muy inspirado), o que nos encontramos en Madrid y vamos a un conciertode Vetusta Morla (eso mucho mejorr) y saluda a Curro y dile que te arrastre a Zaharagoza si Zahara vuelve a pasarse por aquí, es una crack de la leche, lo puedes leer si reunes la paciencia necesaria en el post anterior... Bueno, no sé que más decirte, porque tampoco me parece del todo correcto comentar aspectos de la vida o cosas que antes me has contado en un sitio queno deja de ser un lugar público, aunque francamente ni a Lisbeth Salander le daría por pasarse por aquí... Sólo que aquí te dedico este poema, y de paso lo dedico a todos los que quieran (a quienes agradezco en vano no haber caído enesta parte de contenido personal) y también a mí y a todas las Isas que blogueen a la deriva, que mañana es nuestro santo!! (Ah, también a MichaelJackson, bailarás eternamente en nuestras discos, aunque nunca consiguiera ver entero thriller, hasta el pasado jueves, claro...) Mil besitos, Lauriiis!! PD: Laura, me alegro de que te guste mi foto!! me la hice en Madrid, en una exposición temporal de vacas que trajeron de enero a marzo.. en total eran ciento y pico, de las cuales sólo vimos veintialgo o así... Esa era la sevillana, en opinión general... la más divertida... como tú!! La caída de Hiperión (Sueño)
Tienen los locos sueñosdonde traman elíseos de una secta. Y el salvaje vislumbra desde el sueño más profundo lo celestial. Es lástima que no hayan transcrito en una hoja o en vitela las sombras de esa lengua melodiosa y sin laurel transcurran, sueñen, mueran. Pues sólo la Poesía dice el sueño, con hermosas palabras salvar puede a la Imaginación del negro encanto y el mudo sortilegio. ¿Quién que vive dirá: "no eres poeta si no escribes tus sueños"? Pues todo aquel que tenga alma tendrá también visiones y hablará de ellas si en su lengua es bien criado. Si el sueño que propongo lo es de un loco o un poeta tan sólo se sabrá cuando mi mano repose en la tumba.
Soñé que en un lugar estaba donde palmera, haya, mirto, sicomoro y plátano y laurel formaban bóvedas cerca de manantiales cuya voz refrescaba mi oído y donde el tacto de un perfume me hablaba de las rosas. Vi un árbol de boscaje recubierto por parras, campanillas, grandes flores (...)
Versión de Gabriel Insuasti
Escrito por laslibelulasingenuas el 03/07/2009 20:14 | Comentarios (2)
Pasé todos esos minutos removiendo, escachando, bombeando y exprimiendo al máximo el sabor de mi chicle, apoyando todo mi peso en la barandilla. Espero sobre uno de los primeros peldaños de las escaleras que conectan la planta calle con la planta baja del FNAC Plaza España (Zaragoza, claro).
No sé que pensar. Aun habiendo llegado 25 minutos antes de y media, una esperanzada fila de fieles nos recuerda que lo que yo había temido… No va a ser tan sencillo ver y escuchar a Zahara desde “primera fila”, si bien cuando los del FNAC quieren ganar espacio retiran todas las sillas del forum y, encantados de la vida (q remedio, no??) nos apretujamos en la moqueta azul, y eso de primera, segunda, octava… fila no viene muy definido… vos ya me entendéis…
Muchos de los aguardábamos allí hasta que dieran y media y abrieran el forum, nos olíamos que la sola mención de Zahara en el FNAC (traducido a palabras como directo, cerca, muy, muy, cerca y, sobre todo gratis) provocaría que todos nos tuviéramos que quitar alguna prenda para poder pasar dentro, pues al final ya no cabría ni una aguja.
Por eso mi madre, que me acompañaba y nunca había oído ni nombrar a Zahara y por tanto, su idea era prácticamente contraria, se llevó una surprise como si la secuestráramos mientras está dormida y dejamos que se despierte entre los pasillos del Louvre, sólo que cambiando la satisfacción de haber compartido sueños con la sonrisa de Monalissacon la perspectiva de que “falta casi media hora para entrar y ahora estoy aquí pegada sin poder mover ni la cabeza todo porque la cansada de mi hija lleva toda la semana y la anterior dando la chapa con que la acompañe a ver a una chavalilla a la que… bueno, a la que desde luego parece que conoce más gente de la que creía…” - o algo por el estilo…
Fue un auténtico golpe de suerte disponernos justo enfrente de un stand donde más temprano que tarde terminarían por desaparecer decenas de ejemplares apilados de la trilogía “Millenium”. Mi madre retomó su lectura de “Los hombres que no amaban a las mujeres”, que había separado sin reparos de sus semejantes, al tiempo que yo, desganada de ir en búsqueda de la emocionante historia de “La importancia de las cosas” (Marta Rivera de la Cruz, por supuesto “Planeta”) empezaba a construirme en mi cabeza las primeras líneas de esta entrada.
Quizás lo único que necesitaba hubiera sido lápiz y papel, aunque pienso que de igual forma hubiera perdido la concentración. No podía dejar de mirar a ambos lados: a esos que seguramente se agenciarían un sitio mejor que el nuestro por pura norma de jerarquía para el que llega primero, y a los que no habían de descender un extenso tramo de escaleras para continuar una perfecta fila india que protagonizaba una espera progresivamente más corta.
En general público joven, pero no tachemos ninguna franja de edad (si bien estoy casi segura de que yo, a punto de cumplir 15, era allí la más niña), pues después de varios barridos con la mirada sobre toda la parte dígase “fija” en medio de la siempre ajetreada tienda, se colaban personas de todas las edades (y es que, ¿Por qué habría de limitarse la música de Zahara a la juventud cuando su poesía vitalista llega fácilmente en cualquier etapa de la vida?). Lo que no alcancé a ver (tan poco es que llegara a hacer un estudio psicoanalítico de todos los asistentes, uno a uno) fueron admiradores solitarios. Casi la gran mayoría acudieron repartidos en simpáticos grupillos o parejas que se tomaban de la mano, se regalaban piruletas y se fotografiaban espontáneamente. Haciendo oídos sordos a mi padre (que nos introdujo sin miramientos en el enorme saco que guarda para los que él tiende a definir como “postmodernistas alelados”), la fila guardaba un estilo tan simple como homogéneo, lo que se traduce a que nadie se salía de la norma (salvo algunos que parecían haber salido echando humo de la increíble máquina de teletransporte instalada en uno de los tantos áticos mágicos de Chueca u otros devorados por una extrema necesidad de declarar que su grupo sanguíneo fluía indefinidamente en la corriente indie).
Con mayor o menor parecido, todos teníamos en común algo en nuestros IPOD (eso no es más que una forma de generalizar, lo que en mi caso diríamos “Zipi MP3 WMB FM”), lo mismo que evitaba a cada momento que nos comiera la ansiedad producida por el particular fenómeno que hace que cada minuto cuente el doble. Pero, no hay por qué engañarse, con más o menos paciencia todos aguantábamos a que dieran y media para que el dichoso empleado que fuera nos abriera paso detrás de las puertas del forum, aunque cuando la verdadera espera había comenzado, en algunos casos, casi semanas antes, poco trascendían cinco minutos más o menos.
No llevo la cuenta de qué hora sería cuando se presentó la ocasión (aunque doy por hecho que y media, exactamente las siete y media, como que no). Mi madre avisó justo después de volver a colocar a Larsson en su sitio, pillándome en pleno estallido de mi burbuja de chicle sobre la punta de mi nariz. Abandoné acto seguido la meditación y empecé a preocuparme más por asuntos que concernían al momento presente, como buen ejemplo, dar con un buen sitio.
Sin duda, el mejor que pude encontrar (no es fácil explicar, ni mucho menos entender el furor desatado en el interior del forum a partir de dicha hora). Ubicada entonces en el centro, me senté sobre mis talones (quizá una de las pocas partes de mí que no disfrutaron tanto la actuación), para compensar esa estatura que, tal como tengo asumido desde hace tiempo, no irá mucho más allá en próximos.
Las reservas de oxígeno se agotan en el forum en lo que termino de acomodarme. En un último vistazo, observo por encima de las cabezas que ya comienzan a tararear para evadirse de esos últimos instantes vacíos. Todos entonces la esperábamos a ella, en efecto, gran parte de nuestro tiempo era un regalo para Zahara.
Corazones de piruleta rojo brillante centelleaban en cualquier esquina del forum, que, conforme se iba abarrotando, parecía más pequeño que mi cuarto de baño.
Pierdo de repente la concentración. Mis ojos están atados a la pantalla del fondo, donde tientan nuestra paciencia con la proyección de la fabulosa historia de Zahara (que así es como justamente se llama). Con este breve documental, además de sentir junto a ella el proceso de grabación (vista su experiencia, tan cansado como emocionante), conocer a su banda de chicos fabulosos y un poco más al majete de Carlos Jean, nos deja finalmente “Con las ganas” de escuchar esa canción y el fabuloso disco entero.
La proyección está bastante bien, pero más de uno allí deseábamos que se acabara de una vez. Allí sí que no hubo decepciones, casi nada más apagarse de golpe la luz en la pantalla, la luz de Zaraha atraviesa la puerta de entrada de artistas, dando paso a no media (como es la tradición en la FNAC), sino UNA HORA ENTERA en la que se da a conocer más allá de la apasionada joven cuyo corazón de piruleta se divide entre Barcelona y Andalucía y su tiempo se reparte entre su música, una inmesa afición a series como “A dos metros bajo tierra” o “Dexter”,el atractivo universo de la blogosfera y otras muchas inquietudes que escriben sobre cada segundo de su vida, su fabulosa historia (ojo que creo que me voy a repetir un rato en concreto con estas dos palabricas).
Lo cierto que el carácter de la ubetense no guarda ni el más cercano paralelismo con la profundidad de sus canciones. Pues ante todo, Zahara es sencilla; sencillamente sincera, sencillamente extrovertida, sencillamente ocurrente, sin rodeos, una chica brillante, que puede incluso llegar a engañar haciéndonos creer que la conocemos e toda la vida. Cara a cara, a quien quiere que veamos es nada menos que a ella misma, dentro de lo que el tiempo le permite, mientras vamos cayendo en la cuenta de que es nada menos que la joven que hará bailar nuestras ideas ella sola, con la única compañía de su guitarra.
En pie, a pocos pasos de cualquier ángulo del forum está Zahara, tratando de no pisar los cables que conducirán sus melodías del micro a los altavoces que llenarán con su música, mínimo toda la planta baja. Más menuda, y bastante más delgada (lo que fácilmente se asocia a la saturada agenda de conciertos de describe como “unas semanas tan agotadoras como felices”)que esa chica que aparece en la cubierta de su disco. Viste su frágil figura con frescura y elegancia unos shorts en denim nevado siempre a juego con una camisa fina a cuadros verdes (dicho sea que hoy, primer día de rebajas, casi me vuelvo paranoica intentando buscar una similar) con la que acabará achicharrada. Parece muy relajada, qué menos para retoma energías que un buen chute de música de cosecha propia ¿no?, pero es todo claro… soportando el peso de la maravillosa (pero seguro que pesada como el plomo) madera de su acústica, que se descuelga de su cuello, no le cuesta trabajo reconocer a los fieles que han seguido sus pasos y con los que ya se ha visto las caras en otros FNAC que ha pisado.
No cuesta creerla cuando dice estar gozando en nuestra ciudad (se le dan francamente bien los juegos de palabras), que casualmente es la que pone punto y final a estas dos semanas de gira (y gira, y gira, y gira, dando vueltas por España) que le han cargado el cuerpecillo de emociones y sus pupilas nuevas experiencias que llegan a su mente, la que, por su parte (digo yo) no hace sino encontrar cada vez un nuevo sentido en sus canciones, conforme nos las muestra.
Sólo hay que verle la cara para descifrar sus intenciones de alegrarnos la tarde, encantada de compartir esta hora con nosotros y conociendo de sobras que nuestras idénticas miradas como niños que ven caer el agua del grifo por vez primera (sin saber que a la larga el problemilla va a estar en cerrarlo), se olvida de todo y, sin siquiera darse cuenta, empiezan a brillar su risa y su voz, en unos instantes Zahara brilla bajo la avergonzada lamparita que hay en el escenario del forum del FNAC plaza España (Zaharagoza, claro).
Y comienza a cantar, manteniendo ese aspecto frágil, pero arrastrando energía a chorros. Esa es Zahara, sencillamente, una chica pop. “Chica pop” fue también la primera canción que se decidió a cantar, acto seguido de presentarse, respaldada por su acústica. La chica pop (detrás de esa máscara de palabras “Made in Barcelona” se escondía nada menos que la fabulosa audrey Hepburn)) de tan cerca parecía materializarse, escapando de los altavoces, saltando entre los escasos espacios libres al tiempo que nos regalaba una de esas miradas capaces de enredar en nuestras cabezas razón y sueño, dispuesta a recorrer todo el FNAC y encontrar la salida para salir a conquistar Zaharagoza en una sola noche. Mientras nosotros allí sentados, tratando de retener el sabor dulce y único de la piruleta, deseando que, del mismo modo, la canción no acabara nunca.
Pero, visto de otra manera, no hubiera servido de mucho seguir con la chica pop hasta cascar de puro viejo en el diminuto habitáculo que entonces era el forum del FNAC. Y más teniendo en cuenta de que aún quedaba mucho por llegar. Entre canción y canción, Zahara no consiguió estar callada. Parecía hablar entre risas, víctima de una gripe de carcajadas sin disimulo que acabó en epidemia.
Y luego digamos que las canciones que siguieron no eran precisamente las que se escuchan en verbenas… De igual modo “Photofinish” y “Funeral” estaban compuestas sobre un fondo mucho más personal, con un significado un tanto complejo, pero que, a fin de cuentas, dos buenas canciones que hasta resultaban pegadizas.
Luego vino “Diciembre”, la cual yo no había escuchado ya que se trataba de un tema inédito en su disco que sólo pude reescuchar después, al meter el CD en mi ordenador y acceder al llamado Opendisc (al que me temo que la única forma de entrada es comprando el disco original… que yo tengo… J ). De nuevo la letra toma protagonismo y ante nosotros se dibuja un paisaje invernal del que luego salir no es tan fácil como se puede pensar.
Pero el paisaje se desdibujó súbitamente, quizá por el efecto de la pregunta que Zahara lanzó al aire una vez terminado “Diciembre”:
- Ya sé que lo he preguntado en los demás FNACS, y las respuestas siempre han sido parecidas, pero… ¿alguien de los que están aquí (y no tenga problema en confesarlo) va a hacer el amor esta noche?
Hubo un par (sí, exactamente dos, y no más) que levantaron el brazo, sin tembleques. Por otra parte no creo que hubiera más de tres que se quedaran indiferentes. Desde luego, la chica iba cada vez más allá… Desde que entró por esa puertecita blanca asignada a los artistas, no había dejado de hacernos reír. Pero esa vez, interrumpió nuestras carcajadas, y pensó que ya era hora de cantar la canción que le tocaba: “Olor a mandarinas”, que precisamente hablaba de eso… el estrecho vínculo con la pregunta vagamente atendida del preludio no se dejaba escapar si ponías atención. De nuevo, un merecido aplauso, cuya respuesta fue una reverencia en la que su voz entonó dulcemente una nueva identidad… “Soy una mandarina”. Con semejante infección de creatividad ninguna fruta se le pone por delante a esta princesa indie hechizada por el influjo de las ramblas.
Muchas de esas canciones están sacadas de su propia experiencia, como es el caso de “La canción más fea del mundo” (ignorad el título). Y a continuación pasó a contarnos con ella la no tan fabulosa historia: la canción supuestamente fea era una forma descaradamente indiscreta de compadecer a un amigo a quien en más de una cita se había dejado el corazón atrapado en un tiramisú de amargo sabor.
Y sé… que pensé… que era el momento de hacer algo… antes de… darnos cueeenta de que… estaba pasando otra vez…
Hay que llamar a las cosas por su nombre… esto acabó en el momento en que empezó…
Sería interesante rodar el videoclip de esta canción, pero no seamos morbosos… Dejemos al pobre chaval con los pocos recuerdos personales que Zahara no decidió contar a media red de usuarios de myspace.
Llegados al final (aunque la mayoría sabemo que no va a ser la última canción de la tarde), elige para terminar la canción que justo sale este fin de semana, y que tanto deseo escuchar en septiembre… Con “Merezco”, Zahara ha tocado dos de sus más ambiciosas metas: politono y sintonía de la vuelta ciclista al mismo tiempo… Y llegados a este punto, la artista (a estar alturas Zahara MERECE sobradamente este título) leyó en nuestras caras la resignación que iba y venía en gestos como agitar levemente la cabeza, palmear algo a destiempo, susurrar trocitos de la letra sin siquiera llegar a pronunciar una palabra entera… No era cuestión de ponerse a gritar en tan pequeño habitáculo pero para todo había excepciones, o dejémoslo en término medio: encantada de la vida, Zahara nos invitó a cantar con ella…
Si bien todo lo que una vez empieza, y por lo maravillosamente bien que marchen las cosas ha de terminar, no siempre vale cualquier final. Sin siquiera esperar a los bises, Zahara cerró el concierto con la canción que según ella era la más pastel… Sí, esa misma que en un trozo dice:
El metro hasta arriba, tú y yo, compartimos cascos, cantamos, a pleno pulmón (cosa para la que ya no hacía falta apelación previa, pues la entonábamos enérgicamente todos aquellos que conocíamos la letra), comienza nuestra noche, de baile en cada vagóóóóóóóónn…
La canción que ayuda a las románticas a iluminar la espera de nuestro “chico fabuloso”. Precisamente con estas dos palabras tocó su fin el concierto… Vamos, lo que decimos la parte melódica… Porque todavía quedaba su cálida despedida y agradecimiento y lo mejor… la firma de discos (con foto incluida!!)…
Pasé la primera, sosteniendo la libretilla de “la fabulosa historia” desplegada y todavía irreconocible entre otras. Zahara acababa de aparecer, recién salida, como no, de la puerta de artistas. Desde el mismo sitio donde se había desenvuelto con absoluta naturalidad durante toda esa hora, sonreía a los que guardábamos cola, esperando repartir esa expresión a cada uno de nosotros.
- Ola guapa. – me saludó, y yo, feliz como una lombriz, cómo no…
Cierto tembleque en sus manos al dejar constancia en el CD, con un fino permanente que se agitaba entre sus dedos de uñas escarlata, delató las prisas que la acechaban por todos los costados. Al terminar, fui yo la que le dediqué “Las alas de tu inocencia”, nos dimos dos besos y eso sí que fue la despedida.
Al llegar a casa e instalarme de nuevo entre las paredes de mi cuartito, no hice sino colocar su disco sobre la repisa que se sostiene bajo la ventana, para ser precisos, descansando sobre uno de los varios altares Audrey que puedes encontrar sin tener que buscar mucho. Definitivamente, ése era su sitio, y no compartiendo polvo y radiaciones solares con los demás CDs retoños de la fértil Emule, prietos en sus fundas de plástico azul.
Hasta ahora, serán 5 ó 6 la de veces que lo he escuchado entero (intentaré hacerlo alguna más antes de llegar a aborrecer “Merezco” – sé que ese día llegará- ), echando en falta claro, su simpatía en directo pero recordando siempre esa fabulosa actuación de hace una semana, justo un mes después de la salida a las tiendas de su fabulosa historia. Gusta recordar que esa historia no ha hecho más que empezar.
BRAVO ZAHARA::
Escrito por laslibelulasingenuas el 02/07/2009 13:53 | Comentarios (0)
El día que caperucita roja se desprendió de su inocencia, el sol se puso sobre todo alrededor del bosque, de los matorrales y hierbajos secos, crecieron amapolas, todos los lobos dejaron de aullar a la luna, y, según dicen, del canto de los pájaros nacieron hadas que custodiaban los sueños de todos los niños de las zona.
El día que caperucita roja se desprendió de su inocencia, se dio cuenta de que había caído perdidamente enamorada, esta vez no había engaños, pero tampoco nada que la pudiera salvar...
Cuando salió a pasear por el bosque y fue consciente de toda la belleza que la envolvía, comprendió lo difícil que era dejar de ser una niña para siempre. Pero no pudo hacer nada por frenar, sus jóvenes pupilas recorrían el hermoso prado una y otra vez, sin terminar de encontrar lo que en un principio las había encandilado. Le aterró pensar un sola vez en cómo habían cambiado las cosas, pese a todo, respiró hondo y llenó su cabeza adolescente de recuerdos e historias en un solo segundo.
"Y lo que me queda..." pensó mientras la mano le temblaba al deshacer la lazada que rodeaba su cuello. Decidió no mirar abajo cuando la capucha que la había acompañado toda su vida cayó sobre las raíces de un frondoso pino. Y, casi bailando, se perdió entre los arbustos de bayas, con una sonrisa que mostraba a los lobos sus dientes y ocultaba a su abuela el temor al cambio. Conforme avanzaba hacia su casa, dando brincos, la magia del bosque avivó en su mente la esencia del amor, esta vez no había engaños, pero tampoco nada que la pudiera salvar... y mientras el sol se proyectaba sobre la mejilla izquierda de la joven, que muy pronto sería besada, supo entonces que, con o sin la capucha, siempre la llevaría consigo la luz, dentro de su cesta.
Escrito por laslibelulasingenuas el 23/06/2009 11:14 | Comentarios (1)
Durante aquellos días de verano, aunque nadie se hiciera la idea, el tiempo transcurría muy rápido, casi tan veloz, que la aguja corta del reloj igualaba en velocidad al segundero y en lo que te costaba bajar corriendo la cuesta del bulevar, donde se dice que los mosquitos siempre velan por el destino de los paseantes antes de morir calcinados por el fulgor de las farolas, el sol se ponía y te sorprendía con que debías regresar a casa porque ya era hora de cenar. Si en alguno de los recovecos del camino de vuelta, tu vista topaba, casi por casualidad, con un enjambre de libélulas, el delicado manto que tejían sus siluetas, te prendía en las ansias de acompañarlas en su infinita travesía, fuera cual fuera su sino. Se trataba de un estímulo tan poderoso que podías notarlo correr por tus venas. Una vez dentro, no podías parar, habías de ir a un sitio u a otro, volando, tal y como lo hacían ellas, y, mientras ese bichillo del ansia relampagueaba en tu encéfalo saturado de ideas infantiles e historias aún por contar, te debatías entre volver a casa como el niño que tus padres conocían hasta entonces o aparcar tu vida y tu forma humana, todo por seguirlas como uno más en el grupo. Pero cuando querías darte cuenta ya las habías perdido de vista, y volvías a casa con la cabeza gacha, aguantando el tipo hasta caer rendido en la cama, esperando que, al menos en sueños, volvieras a escuchar su leve zumbido que en el fondo sabías, que llegado un día acabarías olvidando.
Pero, nunca olvidarás esa última noche de verano, todo estaba a punto de terminar, pues había que centrarse, aplicarse a lo que tenías delante. Sin duda, y por mucho que ahora prefieras el cielo de octubre a las lunas de agosto, nunca olvidarás esa última noche de verano en la que no pusiste reparos en dejar tu infancia.
Allí, tendido en la cama, y aún con la mínima ropa, las sábanas descoloridas por el sudor y, aunque nunca se lo reconocerías a ninguno de tus amigos, no te habrías negado a ninguno de los cuentos de tu madre si así finalmente conseguías pegar ojo para escuchar, ya por última vez ese zumbido mágico que sólo escuchabas una vez hundido en las aguas dulces de tu inconsciencia. Pero el ruido de tu respiración acalorada acaparaba toda tu habitación oscura. Realmente creías que te ahogarías allí dentro, aun con las ventanas abiertas de par en par desde hace media hora.
Como claro estaba, que podías soñar perfectamente, dormido o despierto, como un sin-techo, mirando por la ventana comenzaste a garabatear constelaciones en las estrellas que las nubes no cubrían. Y te perdiste en el etcétera de tus ilusiones, para ti perfectamente tangibles. Pero bien sabías que sólo había una cosa capaz de liberarte de esas redes. Y tuvo que ser en el preciso momento en el que ibas relajándote y tus ojos dejaban de resistir el peso de tus pestañas, cuando lo escuchaste. Fue tu reacción más instantánea hasta ahora, con los ojos casi fuera de sus cuencas, la viste, posada en el alféizar, parecía esperarte. Sabías que te estaba mirando, quizá desde hace rato, aunque sus ojillos eran diminutos y, en proporción, su cabeza todavía más. A ambos lados de su fino cuerpecillo sus alas se removían intermitentemente. Emergía en tu cuerpo un temblor involuntario y tu cabeza, solo llevaba la idea de seguirla. Antes incluso de reconocer a las demás que, con la misma gracia y delicadeza, la acompañaban, quedó tras de ti tu ventana, tu oscuro cuarto y tu cálida casa.
Ni sabías, ni te importaba lo que habrían significado en un principio nada de lo que tenías. Se movían rápido, pero no tú tenías dificultad en seguirlas. Te arrastraron calle arriba, por donde solías jugar, las aceras con baldosas de colores, todos los comercios cerrados, irreconocibles bajo la luz de la luna, las farolas, familias enteras de mosquitos muertos yacían sobre los Watios impacientes por ver salir el sol para dejar de trabajar. Dentro las casas en las que se veía luz, había siempre una señora durmiendo frente al televisor encendido, y de vez en cuando, algún que otro coche te sonreía con las luces puestas, mientras el hombre de dentro te contemplaba atónito. Estabas alucinando; tus enormes ojos negros exploraban a la gente, de arriba abajo, a los coches, hasta que se perdían en la rotonda, a las casas, fachada, ventanas, cortinas, muebles, y entrabas en los sueños de la gente dormida sin haber sido invitado, a las farolas, cuanto más las mirabas, más parecían decirte encenderse para ti, a los pobres mosquitos, ¿También soñarían ellos?, y, por supuesto, al enjambre de libélulas que, ahora mismo, te conducían al parque que bien conocías desde que tenías amigos, donde todos solíais compartir risas y helados sin límite. Pero en el fondo te sentías cansado, agotado de tanto viaje, de no haber parado los pies desde que saltaste del alfeizar, de mantener los ojos tan abiertos y la cabeza tan cerrada tanto tiempo, en el fondo cansado de soñar, dormido, o despierto, fuera como fuese, de vivir de noche. Aprovechando que, por una vez, tu columpio favorito estaba libre, te subiste y empezaste a darte impulso, poco a poco, mientras notabas como el ángulo de movimiento se iba haciendo más pequeño, en proporción con tu vitalidad. Poco después de escuchar el primer trueno, viste que las primeras alas traslúcidas despegaban del banco de madera donde se habían ido posando, sin despedirse, ni tan siquiera decir, “gracias, he pasado una noche maravillosa”, “que te vaya bien el colegio” o “espero verte en el próximo sueño”… ni eso. Con cada uno de relámpagos que siguieron al primero, ibas perdiendo la cuenta de cuántas se marchaban y cuantas quedaban en el banco. También perdías algo conciencia, pero, por suerte, no perdías estabilidad. Ni las primeras gotas ni las últimas gotas de la última tormenta de verano consiguieron despertarte.
Eso fue cosa de tu padre, a la mañana siguiente, tuvo que darte bastante fuerte en a cara para lograrlo. Había lo menos cuatro agentes a su alrededor, y tu madre, que daba gritos sin saber si reír, llorar, abrazarte o matarte, se abría paso para ver tu cara. Te envolvieron con una toalla y te llevaron derecho a casa. El colegio empezó para ti dos días después.
Desde entonces, nunca has vuelto a fiarte de algo aparentemente tan ingenuo como una libélula ni nada que se le parezca, ya ni siquiera resuena en tu cabeza el dichoso zumbido que te llevó derecho al terapeuta. Te hartaste de todas las trifulcas que te había dado tu imaginación y espabilaste considerablemente. En definitiva, nunca olvidarás esa última noche de verano en la que, con 12 años, ya por fin, dejaste de ser un crío.
Y pese a esto, de vez en cuando aún sigues vislumbrando pequeñas libélulas por las noches, y te quedas allí un buen rato, como si te hubieras enamorado de un simple insecto… pero jamás te dejas arrastrar por su aleteo, pues eres exactamente, la persona quien mejor sabe que, aunque soñar es gratuito, acaba pasando factura.
Escrito por laslibelulasingenuas el 19/06/2009 16:14 | Comentarios (0)
Hoy me parece que todos los gritos, peleas, burlas, risas de todo tipo me pertenecen, después de todo. Como también las decepciones, los deberes corregidos y los que quedaron sin corregir, al igual que los exámenes escritos, y la paciencia eclipsada de algunos profesores...
Y ahora, en medio del aula que se tiñe de la luz de una mañana perezosa , en la que hace literalmente cuatro días era extraño que pasaran dos horas sin que vieras algo de esto, me tienta la imaginación, y no dejo de pensar que todo lo que se sucedió durante el curso consta a mi nombre… todo… incluso las notas que siempre he evitado sacar y las broncas que nunca querré recibir… más lo que ni siquiera alcanzo a recordar me pertenece… al menos en este instante.
Se trata del pensamiento más claro que me surge en todo el día, la primera sensación nítida que se manifiesta esta mañana, un miércoles a últimos de junio. Y cada vez estoy más cerca de acertar en que todo esto es cosa mía, que no es sino un juego autohipnótico por parte de mi mente, evitando esta que su dueña se sienta demasiado sola entre este desierto de sillas vacías, que se pregunte una vez más qué es exactamente lo que ha venido a hacer hoy, o que se ponga a pensar en las cosas que ella le prohíbe pensar, sabiendo de sobras que no es siempre ella la que manda, por desgracia… o por suerte… ojalá alguna de las dos lo supieramos…
Al caso, que tan cierto como que el curso se termina, cierto es que aquí no hay ni un alma aparte de la mía… Los dos que parecían haber venido se fueron antes de que contara el primer minuto,
por la puerta de entrada que da a la calle, y ¿por qué será que el profesor no viene? Son muchas mis teorías… Pero la verdad es que es la primera vez que me encuentro yo sola en clase (bueno, sin contar las ocasiones en las que me quedaba la última recogiendo mis cosas, cuando todos ya se habían ido). Y aquí solo busco el soplo de inspiración del que surja la línea siguiente, mientras paseo la mirada por la fila de grandes ventanas en línea, a mi izquierda, por la pizarra, justo en frente, los murales de trabajo a mano derecha… Sé bien que la clase que tenga el año que viene será idéntica o parecida, pero tenía que encontrar alguna forma de despedirme tarde o temprano del habitáculo compartido que ha guardado durante todo este tiempo una parte importante de mi vida… Pero caigo en que no hace falta ni volver ya la espalda y no ver más que una papelera de plástico blando, medio rota y tres mesas garabateadas, las que solían corresponder a quien se lo ganara a pulso, sé que de esa forma no voy a dejar de sentirme como dromedario que avanza y retrocede a la deriva en este desierto de sillas vacías, sin quedar libre del impulso frenético de hablar… aunque sea con las paredes.
En mi vida ha llevado reloj, pero ahora mismo sé exactamente que son las nueve y veinte en la mañana perezosa de un miércoles a últimos de junio, acaba de sonar el timbre y los gritos de muchos de los pocos que han venido salen a devorar los pasillos… Por mucho que yo los oiga aquí dentro, dudo mucho que despierten a esos que han decidido dormir hasta el mediodía, cuanto los comprendo… Pero tampoco se está tan mal aquí tranquilo…
Mi silencio, hasta entonces vagando por este desierto de sillas vacías y pupitres mudos, ahora se desquebraja entre el bullicio de las aulas contiguas…
Clavo los ojos desechos de dioptrías en el filo de una baldosa no muy lejos a mi asiento, y me absorbe la visión de manchas de barro y resquicios de goma de borrar que cubren el suelo… Entonces… ¿Esto es todo lo que ha grabado en el granito?
Las voces del pasillos ya se van apaciguando, de cara al próximo cambio de clase. Poco a poco me voy dando cuenta de que la gente irá llenando dentro de poco este desierto de sillas, sin otra preocupación que la de marcharse cuanto antes… Y, conforme pasan los segundos, cada vez son más las historias que se proyectan en mis pupilas… también hay ganas de ponerse a filosofar tan prontito… Descansa un poco, por favor, que no mereces soportarte semejante chapa en vistas de lo que viene a partir de este viernes…
A partir de pasado mañana, el espectro de la noche de sábado vendrá a visitarme cada veinticuatro horas, y a la semana y media ya habré olvidado salir a saludarlo al aparecer la primera estrella… Lo sé de sobra… Ahora pienso en cuántos desearían regresar al decimoquinto verano de sus vidas… Pero, a fin de cuentas, las vacaciones siempre son una buena época para nostálgicos de todas las edades, pues a ninguno nos queda tiempo para recordar… Así que aprovecho para preguntarme por última vez adónde habrán ido a parar todas las historias que llenaron estos nueve meses fotovoltaicos… Y todo lo demás… ya quedó fuera de la historia.
FELICES VACACIONES
Escrito por laslibelulasingenuas el 18/06/2009 17:30 | Comentarios (0)
Lo primero de todo, he de decir que sin tiempo no hay ideas, y sin ideas, ya puedes luego recuperar todo ese tiempo perdido, que igual da porque de allí nada surgirá después... Quieran o no, ha llovido bastante desde entonces.
Me acerco a mi blog, al cual no me atrevía ni a pensar, por los remordimientos que me produce mi nula perseverancia. Resulta estraño que, con tan sólo teclear el usuario y la contraseña y pulsar intro, la puerta se te abre y en esto aparece un acceso directo al sitio, como si el polvillo del umbral de la puerta digital de mi blog me impidiera abrirla. Lo que no me sorprende es lo idéntico que está a como lo dejé: los mismos dos articulos, mi mediocridad, mis faltas de ortografía y todas mis extrañas expresiones entre unas líneas que apenas me atrevo a recorrer. Y, como era evidente suponer, las mismas cero visitas... cuando pienso que escribo para nadie, que estoy perder un tiempo que podría emplear en otra cosa más instructiva, como avanzar un poco la lectura de "un árbol crece en Brooklynn", un clásico, una joya brillante y sepultada en el fondo marino de los años cuarenta, un regalo hermoso y grato de BEtty Smith (pregúntenle al gran Paul Auster acerca de Betty Smith, si es preciso, porque se la puede definir muy bien), que por cierto la biblio municipal lleva echando de menos desde hace un tiempo... Luego pienso un poco mejor eso de para quien escribo, cuando podría estar repasando para mis finales, que bastante falta me hace, o estar con mis padres, que al fin y al cabo son mis padres, ¿qué más da la programación que pongan esta noche? Y sigo pensando, ¿por qué escribo? (a estas alturas ya supondran que hace tiempo que tengo la respuesta de esa pregunta pero, como saben, la escritura, incluso si es mecanografía llega con efecto retardado, y que en este caso los dedos nunca suelen seguir a la mente) con lo cual no le he de dar más vueltas: Y mientras un, ahora vagamente recordado Mika me canta desde Spotify eso de...
This is the way that we love, Like it's forever. Then live the rest of our life, But not together.
Es una melodía hermosísima, con una letra bastante más triste de lo que aparenta, la voz de este chaval siempre me ha dicho muchísimo más de lo que de por sí canta, y creánme, es el tipo de canción, que ahora recordar más por el contenido y porque no te imaginas a dónde puede llegar... y lo cierto es que el impulso y la fuerza con la que Mika dejó muy claro que los finales felices nunca más regresarían a su realidad, y más tarde suplicaba un poco más de amor, un poco más de amor, yo sigo tecleando, convencida de que NECESITO seguir escribiendo, si no es, de momento, por nadie, lo haré por el pasado, por el día que comencé a ser consciente de que podía transmitir lo que vivía a los demás, y además expresarlo de una modo tan bello como yo quisiera (o pudiera), por el presente, por mantener las manos ocupadas, la mente despierta y las ideas renovadas, como quien cambia sus sábanas semanalmente, y ¿Por qué no? por el futuro, porque los sueños rara vez coinciden, y por ello no me voy a atrever a decir que esto, años después, sirva de algo, pero siempre estará allí... Pasado, presente, futuro... ¿qué parte de sueños y qué parte de realidad hay en cada uno de ellos? Porque sé que crear es una forma hermosa y sencilla de construir un puente para ir de un sitio a otro... Y a suvez escribir es una forma sencilamente mágica o mágicamente sencilla de crear, ¿Entienden ahora?
Ya se puede extinguir la humanidad un millón de veces, pero la historia siempre seguirá allí, muerta de asco sin nadie que pueda ni tenga ganas de escucharla, pero irremediablemente viva porque, alguien ha hecho que ocurriera, y esperemos que, mientras el ser humano siga en pie, haya alguien dispuesto a contarla y a escribirla para evitar que se pierda... Porque cada historia es única, y es lógicamente imposible pasar por el mundo y contarlas todas, al menos vamos a crear unas pocas no??
Gracias a todos los que estén dispuestos a leerlas, al fin y al cabo a escucharlas... y especiales saludos a quienes inconscientemente las protagonizan...
He aquí mi dulce y más que inesperado regreso...
Podría decir, que en este caso sí que existe un final feliz, si no fuera porque sería bastante triste llamar a esto final no??
Jude es un conocido personaje beatleriano que inspiró una canción engrasada de genialidad en cada nota.
Si no fuera porque soy chica y no soy inglesa, añoraría tener ese nombre, que conste como declaración, me da igual, que quiera decir Judas, sabiendo lo que se tiende a pensar de los padres que bautizan a sus hijos así.
La verdad no creía que los beatles me fueran a impresionar tanto a estas alturas: Suelo adaptarme a toda corriente musical que no contenga elementos reggeaton/máquina/pachangagitanil, de eso que sale más rentable hacer ahora, y además que saben que vuelve locos a la España discotequera que a las ocho de esta tarde se preparará para salir hasta no ser conscientes de dónde van sus pasos.
Pero los beatles ya son otra cosa, y no será precisamente por la escasez de discos escarabajiles que que coleccionan motitas de polvo en la galería audio de mi padre, no... Se debe más bien a la inmensa popularidad que los clavó para siempre en su época, entonces a mí aún me faltaban unos tantos nudos del destino y muchas paciencia hasta que de decidiera a asomar la cabeza... y para entonces john Lennon era sólo muchas fotos míticas, un memorial por año y canciones entonadas en todos los lugares del mundo.
Y pasadas todas las lluvias predestinadas antes de mi existencia, aparece mi desinterés beatleliano, quizás innato, surgido de su estrellato contrarrestado con la manía que tengo siempre de dar por sentado que acabaría enormemente decepcionada.
O quizá fuera su interminable discografía la que activara mi indiferencia y frenara mi afán por alcanzar un superávit de cultura musical.
Y lo cierto es que, no excesivamente imantada por "El cuarteto de Liverpool", llegó un buen día a mi vida esa canción. Fue a través de la película "Across the universe", que doy por sentado que, merece la pena por un millón de razones,
(entre ellas la complejidad artistica... es superior... OHHHHH)
La cuestión es que es precisamente Jude el nombre del protagonista (JIm Sturgess se llama el actor) y hay un momento en que el personaje de Joe Anderson (que tampoco tiene mucho que envidiar del primero), de cuyo nombre no me acuerdo canta esa canción, que va dirigida a Jude, que en la película es su mejor amigo (podría haber empezado contando la película, pero no vengo a eso... además es que hay que verla...).
Y esa escena es una de las mejores del film, rodado con una nostalgia enorme a la percepción '60, aunque se nota algo llevado a los '00, sobretodo por algunos diálogos, o porque los actores no transmiten ese cambio de década a lo Life on Mars.
En cuanto terminó, me enamoré perdida e irrevocablemente (además del personajes, bueno, de los personajes, porque eran dos) de la canción.
Desde entonces, Jude pasó a ser un personaje clave en la todavía corta historia de mis inquetudes por el pop británico (que hasta entonces sólo conocía a los Blur, Oasis, Travis y como mucho Pulp... y ya me parecía mucho...).
Había veces en las que quedaban registradas 4 ó 5 reproducciones de "Hey Jude", esta vez la original, en mi packardbell.
Hasta entonces orgullosamente ajena al escarabajismo, acabé profanando los CDs piratas de Paul, John, George y Ringo del rinconcillo de mi progenitor...
Progresivamente más beatlemaniaca... Quién lo habría creído...
Pero aquí quien realmente trasciende es Jude, que como trama de una novela mala de Bradbury, ese fue el principio de muchas cosas. La que, en concreto vengo a destacar es el renombramiento de mi mascota. Así, mi longevo pececillo pasó a tomar el nombre que en español se relaciona tan malamente con el catolicismo.
Puede parecer DEMASIADO obsesivo, pero ahí empieza la historia.
Escrito por laslibelulasingenuas el 06/07/2008 19:57 | Comentarios (0)
Durante aquellos días el tiempo había transcurrido muy rápido, muy,muy rápido, casi como volando, simulando su ligero aleteo suave y continuo que la impulsaba al aire. De modo que lo que en un principio fuese una mañana clara y risueña, de estas que invitan a sobrevolar los campos de centeno o balancearse sobre el haz de una hoja podía pasar a convertirse en cuestión de un segundo en la noche, un universo oscuro y enígmatico transitado por criaturillas insomnes y sus ojos enrojecidos parpadeando acompasados, en la que la intensa concentración de luz [artificial] en las farolas le impedía volar tan alto como ella hubiera querido.
Sin embargo aquella noche, posada sobre la fría alambrada del parque, mientras contemplaba el firmamento y soñaba con una existencia más significativa, con poder dejar una huella tras su paso por el mundo, una impresión acerca de la belleza de las cosas, el por qué de los fenómenos meteorológicos y la influencia de estos en su especie, sus diminutos ojos se iluminaron levemente y, a menudo que obserbaba como las estrellas iban desapereciendo y eran devoradas por un ejército de nubarrones negros, sobre su pequeña cabecita empezaron a brillar con tanta intensidad que creyó estar rozando su sueño con la punta del ala. Y justo cuando las primaras gotitas empezaron a arremolinarse sobre los hierros de la alambrada le sobró tiempo para creer que su sueño estaba a punto de cumplirse, por fin podría demostrar algo que la hiciera diferente de ahora en adelante, ya no sería un simple insecto aéreo, sería un ser vivo que habría dejado una impresión tras su paso. Estaba equivocada, sin embargo, conforme caía una gota, veía un sueve hilo de luz o escuchaba un fuerte ruido procedente de lo más alto, se convencía más y más de que algo podía ocurrir en cualquier momento. No debería haberlo pensado, es más, debería haber vuelto a su refugio en cuanto empezó la tormenta. Estaba equivocada, aunque no del todo, pues, efctivamente, algo pasó. En el momento en que un fuerte rayo de luz salió de sus ojos y se proyectó en el vacío, otro más potente todavía, salió del vacío y se proyectó en la alambrada, que tembló durante un buen rato. Tras aquel momento ya nada importaba, al menos para ella, ese potente hilo de luz se había tragado todo el brillo de sus ojos, su sueño había acabado desmenuzado y esparcido por cualquier parte del mundo (de todas formas no importaba dónde) y su delgado cuerpecillo había caído al suelo, sin ánimo de volver a emprender el vuelo por mucho que el sol hubiera vuelto a salir una y otra vez. La ingenua libélula desapareció, en efecto, sin dejar ningún rastro de lo que fue en el mundo, ninguna impresión a su paso. Dejando atrás todo eso, estoy segura de que le habría encantado saber que el centeno siguió creciendo más y más alto, siguiendo su ciclo anual, mientras miles insectos alados ,después de todo, normales y corrientes, sin ideas, ni ambiciones, ni sueños, lo sobrevolaban. Y más cerca o más lejos de todas las superficies de centeno que puede haber en este planeta encerradas en sus cuartos, mirando el firmamento tras la ventana, no eran pocas las jóvenes cabezlas que soñaban con poder ser más pequeñas, tener alas y poder cruzar esa ventana definitivamente y volar libremente para no volver a ser vistos, para no ser nadie, exactamente lo que ella fue y nada parecido a lo que ella quiso. Sí, en cierto modo siempre fue especial, y estoy segura de que si ahora mismo se enterara, esté donde esté, le sobraría tiempo para volver a emprender el vuelo, dejarse de soñar y concertrarse en el centeno.
Escrito por laslibelulasingenuas el 20/06/2008 16:04 | Comentarios (3)
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